Artículos de opinión Opinión

Acabar con los abandonos de bebés.

Francisco Burruezo Martínez

El pasado 3 de marzo apareció, en la localidad guipuzcoana de Mondragón, una recién nacida,  abandonada debajo de un coche, aún con restos de la placenta, y las autoridades no pudieron sino certificar su defunción. Mejor suerte había corrido un año antes otra pequeña de apenas tres días, dejada a las puertas de una iglesia en Madrid. Un vecino la encontró, la puso a resguardo del intenso frío, y dio aviso. El nombre del bebé, que constaba en un papelito, era toda una premonición: María Milagros.

Hay mecanismos para evitar situaciones de este tipo. La Comunidad de Madrid, por ejemplo, dispone de un programa: “Antes de abandonarme, haz una llamada”, por el cual se ofrece a las madres en situación desesperada dos números telefónicos a los que llamar; todo “confidencial y con las máximas garantías jurídicas y de seguridad” para la madre y para su bebé, que puede ser dado en adopción, un destino bastante más afortunado que el de acabar en un vertedero.

Sin embargo, entre las condiciones para el procedimiento habría algunas que a determinadas mujeres les parecerían problemáticas, como que “la entrega debe hacerse en condiciones de legalidad, de modo que no exista sospecha de tráfico de niños, presiones indebidas o incentivos económicos”. Un caso tratado de este modo presupone entrar en ciertos detalles, y quienes quieren guardar el anonimato de cara no solo a su comunidad, sino a su propia familia, pueden verse tentadas a evitar ese camino y optar por una salida más drástica.

En varios países han advertido ese problema, y grupos privados han ofrecido una solución peculiar: los buzones para bebés, una fórmula por la que la mujer que se halla en una situación personal muy difícil puede entregar a su hijo a los servicios sociales desde el total anonimato. En el imaginario popular, un compartimento en el que colocar el bebé, dar media vuelta y marcharse, evoca el torno de los conventos en otros tiempos. Pero los buzones contemporáneos, bien acolchados, con calefacción y aire acondicionado, y con un sistema de alarma silenciosa que avisa prontamente a los equipos de rescate, garantiza, a la vez que discreción a la madre, el mayor bienestar del niño.

Priscilla Pruitt, miembro de Safe Haven Baby Boxes, explica que el programa surgió cuando una activista provida, Monica Kelsey, descubrió a los 37 años que su madre la había concebido tras una violación y la había abandonado dos horas después del parto. Se fijó así un propósito personal: acabar con los abandonos de bebés.

La iniciativa surgió en 2015, pero comenzaron a trabajar en abril de 2016. Han ayudado a unas 2.000 madres en crisis, a través de su línea directa, y cuentan con 14 refugios seguros para niños.

Las cajas están diseñadas para instalarse en la pared exterior de una estación de bomberos o de un hospital, y se pueden abrir tanto desde fuera como desde dentro del edificio. Una madre se acerca, la abre, y salta una alarma que en 30 segundos avisa al personal de emergencia. El bebé se coloca en el interior, donde hay una cuna, bien ventilada y climatizada. Luego la madre presiona un botón que alerta también al número de emergencias. Esto es más psicológico, para que ella experimente un cierre de su acción y una sensación de saber que está haciendo lo correcto.

En cuanto se cierra la puerta, los bomberos y médicos llegan en 3 ó 5 minutos, abren la caja desde el interior y rescatan al bebé, que se entrega al Departamento de Servicios Infantiles.

Desde abril de 2016, gracias a esta línea directa, han podido informar sobre 200 casos de embarazos críticos, han instalado 14 cajas para bebés, y rescatado a tres de ellos. Se han facilitado además cuatro adopciones.

Lo que sí podemos confirmar es que Safe Haven Baby Boxes y su línea de emergencia ofrecen a las madres el anonimato completo. Estas mujeres quieren ser anónimas, temen ser reconocidas. Han visto esa necesidad y la han atendido. Esas madres las necesitan, y también estos bebés. Es lo que importa.

Están gestionando para instalarlos en Johannesburgo (Sudáfrica), donde encuentran de 2 a 5 bebés muertos por día, y en Belice y Honduras.

 

Las baby boxes pueden parecer un tema muy típicamente estadounidense, pero no lo son. Las hay en sitios de graves inequidades sociales, como Pakistán y Sudáfrica, pero también en Europa. En Suiza funcionan dos (una en Einsiedeln y otra en Davos), y en Alemania, más de 90. En Alemania, el diario Bild informaba en 2017 de un estudio publicado en 2011 sobre el funcionamiento de la iniciativa en sus diez años de implementada –el primer buzón se instaló en Hamburgo en 2000–. Se conoció así que en ese período se había colocado en ellos a 278 bebés, es decir, más de 27 por año; 27 vidas de las que, de otro modo, no se hubiera tenido noticia jamás (o al menos, no noticia feliz…).

Al sur, en la República Checa, el vicepresidente de la Fundación Statim para Bebés Abandonados, Emil Machálek, cuenta que desde 2005 han rescatado a 185 bebés (80 varones, 105 niñas).

Hay un consenso social positivo. Solo las personas que viven pueden identificarse a sí mismas. Su único deseo es que no encontremos más niños muertos.

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