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Algo que celebrar: La feria, a septiembre

Jesús Villegas Cano

Frecuentemente nos comparamos con nuestros vecinos de Membrilla quienes viven sus “Desposorios” en un arco de sentimientos que van desde el entrañable cariño o la melancolía hasta el fanatismo más absoluto. Poca gente de Membrilla habrá que se vaya de veraneo coincidiendo con sus fiestas. En las fiestas de cualquier pueblo lo común es volver y no lo contrario. En Manzanares, el que no se va, es porque no puede. En cualquier caso, pasados los sofocos de la adolescencia y primera juventud, miramos la feria como la vaca que mira pasar el tren, con absoluta indiferencia, como una mera circunstancia, como cuando es sábado y toca salir, en el mejor de los casos, cuando no con verdadero fastidio o hartazgo, si eres vecino del río o tienes niños pequeños. 

Siempre he tenido la intuición de que la causa de este desapego es que los manzanareños no tenemos nada que celebrar en julio. ¿Por qué en julio? ¿por qué no en agosto o en mayo o en enero? La feria está colocada en el calendario con una absoluta arbitrariedad que ahora, si cabe, es mayor al estar separada de la Feria del Campo. ¿Qué celebramos en julio? ¿Por qué hay una feria? ¿Qué separa estos cinco o seis días del año de todos los demás? ¿Qué diferencia ese fin de semana del resto de fines de semana del año? En todos se bebe, se baila, se trasnocha… ¿Qué hay “caballitos”, puestos ambulantes de turrones, de pollos o de perritos? ¿A quien impresiona ya este guirigay entre vintage y hortera?

Byung-Chul Han, el filósofo coreano afincado en Alemania, hace en su libro La Sociedad del Cansancio una luminosa explicación sobre el sentido de la fiesta hoy en día. La fiesta debe ser entendida como tiempo sublime, separado del transcurrir ordinario de los días y ligado si no ya a lo religioso sí por lo menos a lo ritual. Es el tiempo en el que las personas se desprenden del yugo del trabajo, de lo cotidiano y se revisten del extraordinario acercamiento al ocio de los dioses en la celebración de lo que les trasciende o sobrepasa. En cualquier caso, la fiesta tiene sentido cuando hay “algo que celebrar”. En el ámbito al que este artículo se refiere, cuando hay un sentimiento común de hermandad o de comunidad, alejado de lo puramente pragmático, que apetece destacar y conmemorar en días señalados. Lo contrario a la feria (feriae, tiempo reservado) no es sino evento (eventos, producirse de repente, acontecer)., su temporalidad es la eventualidad que es todo lo contrario al tiempo sublime por lo que no produce efecto alguno en nuestro ánimo: no nos sentimos contentos, no nos engalanamos, no descansamos, no nos sentimos partícipes del ágape de los dioses.

En Manzanares, la celebración comunitaria de la identidad, la vecindad o de un sentimiento de apego, que puede ser religioso o no, se produce en la fiesta (ahora sí) de Jesús del Perdón.

La gente no se va sino que vuelve. Hay esos días un “algo” que nos reconcilia con Manzanares y con nuestra manera de ser (sea la que fuere). Creo sinceramente que si la feria de julio se trasladara a septiembre tendría más éxito entre los manzanareños y la viviríamos de forma más entrañable. Va de suyo las ventajas prácticas (la gente no está de vacaciones por lo que hay más población, hace mejor temperatura por lo que se puede salir por la mañana y a primera hora de la tarde) pero además este periodo está verdaderamente señalado en el calendario, como la Navidad, como la Semana Santa, está ligada a ritos y liturgias comunitarios religiosos e identitarios en los que nos sentimos concernidos.

Aún estamos a tiempo, porque  la fiesta de Jesús está también desdibujándose y diluyéndose en el rosario de los días laborables, profanos, estériles. Es probable que la dictadura de la productividad y la laicidad acabe arrebatándonos este convite al ágape de los dioses y lo subvierta en un evento sin más. Por eso propongo que se traslade la feria de julio a septiembre y que este sea el tiempo sublime para nosotros donde tengamos algo que celebrar.

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