Artículos Colaboraciones

Ante el próximo centenario: Cervantes y La Mancha en Galdós

Ángel Casado

Profesor Emérito

                                                                       Universidad Autónoma de Madrid

Dentro de unos meses, en enero de 2020, se cumplirán cien años de la muerte de D. Benito Pérez Galdós, uno de los nombres ilustres de la literatura española y uno de los testigos más comprometidos con la sociedad española de su tiempo. Las líneas que siguen, centradas en la presencia de Cervantes y la Mancha en la obra galdosiana, quieren ser un homenaje anticipado a los muchos eventos y celebraciones que con este motivo se llevarán a cabo el próximo año, en España y fuera de ella.

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En septiembre de 1863 el joven Galdós llegaba a Madrid para cursar los estudios de Derecho, que muy pronto dejará arrinconados. Tras unos tanteos literarios (gacetillas, artículos…) en publicaciones como La Nación o Revista del Movimiento Intelectual de Europa, publica La Fontana de Oro (1870), novela que inicia una extensa producción literaria: 31 novelas, 46 episodios, 21 obras de teatro, ensayos, cuentos, prólogos… Uno de los ejes que dan unidad a esa amplia producción es la preocupación del autor por reflejar la realidad social de su tiempo -la “viviente realidad” de que habla María Zambrano-. Ya en sus Observaciones sobre la novela contemporánea en España (1870), Galdós critica duramente la narrativa española de la época, concluyendo que “no tenemos novela”. Esto era así, a su juicio, porque España había olvidado su propia tradición literaria, representada en la novela por Cervantes. De acuerdo con esa tradición, Galdós reivindica una novela “de observación”, que sea “espejo fiel de la sociedad en que vivimos”.

Al repasar nombres ilustres de nuestra literatura, Galdós encuentra que esa cualidad de observación la poseía Cervantes “en tan alto grado, que de seguro no se hallará en antiguos ni en modernos quien le aventaje, ni aun le iguale”. Así, en línea con su admirado Cervantes, Galdós entreteje personajes y sucesos con elementos secundarios de la experiencia humana, originando una simbiosis peculiar que da consistencia –esto es, realidad- a la estructura narrativa. Decenas de obras admirables (La de Bringas, Torquemada, Fortunata y Jacinta, Lo prohibido…) muestran esa capacidad creadora de Galdos, que le permite recrear los rasgos vitales que sólo una literatura vigorosa puede alcanzar. De ahí la “impresión de vida” que aportan sus personajes: no son tipos ideales o novelescos, sino hombres y mujeres “de carne y hueso”, cada uno pintado “como Dios lo hizo”, como Sancho resume de forma insuperable en la segunda parte del Quijote.

En Galdós, por supuesto, hay un seguimiento continuado de la moderna novela europea (Balzac, Stendhal, Flaubert, Dickens….), y de las corrientes que la inspiran: idealismo, realismo, naturalismo…; pero todo ello lo incorpora, no sin discusión, al esquema de la novela cervantina. El novelista, en efecto, se mantiene siempre próximo a la trayectoria de su maestro Cervantes, cuya influencia es palpable en muchos aspectos de su obra: giros de lenguaje, presentación de personajes, uso del humor, estructura narrativa…

Dada la evidente admiración de Galdós por Cervantes y el Quijote -“el más contemporáneo de todos los libros”-, no puede extrañar que en muchos de sus títulos se deje sentir la sombra del ingenioso hidalgo, con reminiscencias que son un guiño intencionado al lector, bajo diferentes fórmulas:

  • Citas textuales: “¡leoncitos a mí!”, exclama Miquis ante el león de la Casa de Fieras (La desheredada, I, 1186)[1], como Don Quijote en el cap. XVIII, 2ª parte; “poca sal en la mollera”, se dice de Ponce, personaje de escaso talento (Miau, II, 1036), lo mismo que de Sancho Panza en su primera aparición (cap. VII, 1ª parte)…
  • Vocabulario de clara procedencia cervantina: “hazañas”, “deshacedor de agravios”, “caballero quijotero”, “andante”…
  • Frases y expresiones evocadoras: En Ángel Guerra se alude al “quijotismo” del protagonista, empeñado “en que todo el mundo confiese… que no hay hermosura como la de doña Leré del Toboso” (III, 222); el párrafo inicial de Tristana “…vivía no ha muchos años un hidalgo de buena estampa y nombre peregrino…” (III, 349), transparenta igualmente esa referencia a la obra cervantina.

Una referencia genérica, pero no menos significativa, es la abundancia de personajes y alusiones a la Mancha, cuyo paisaje y ambiente se ligan al recuerdo de la tierra que fuera escenario de las aventuras y desventuras del hidalgo manchego:

En La Desheredada (1881), novela que gira en torno a tres familias manchegas (los Rufete, los Pez y los Miquis), el tío de Isidora, canónigo de Tomelloso, lleva el quijotesco nombre de don Santiago Quijano Quijada; y de Augusto Miquis se dice que  “Nació en una aldea [El Toboso] tan célebre en el mundo como Babilonia o Atenas…”. En Nazarín (1895), el protagonista es un eclesiástico oriundo de la Mancha -“del mismísimo Miguelturra”-, de filiación quijotesca y evangélica…

También en los Episodios Nacionales encontramos referencias a la Mancha y personajes con cierto “aire de familia”: el quijotesco patriota D. Santiago Fernández (Bailen, I, 458)[2]; Nicomedes Iglesias (de Daimiel), que espera “la ínsula que ambicionó su compatriota Sancho Panza” (De Oñate a la Granja, II, 1049); don Bruno Carrasco y Armas, de Granátula de Calatrava, “manchego de buena sombra” (Montes de Oca, III, 220)…; todos ellos con cualidades quijotescas, sanchescas o ambas.

La perspectiva cervantina, fundamental en la obra galdosiana, se mantiene desde sus escritos de juventud -p.e., “Un viaje redondo en torno al bachiller Sansón Carrasco” (1861), de título y dedicatoria cervantinos-, hasta sus últimos trabajos. En 1909 Galdós renueva la admiración por Cervantes con El caballero encantado, novela de tono irónico y divertido, que recuerda la forma y la idea del Quijote, con el que casi coinciden los títulos de varios capítulos: De la educación, principios y ociosa juventud del caballero (I); Donde se verá el interesante coloquio del caballero de Tarsis con sus amigos (II); De la venida de don Gaytán de Sepúlveda con otros inauditos sucesos que verá el que leyere (VII), etc.

Esa continuada meditación cervantina ayuda a explicar igualmente la peculiar “recepción” galdosiana del naturalismo, del que subraya su filiación hispana, pues, a juicio de Galdós, no era sino el realismo español tradicional, devuelto a nosotros desde Francia como algo foráneo; sin embargo, la nueva corriente “traía más calor y menos delicadeza y gracia”; y sigue: “aceptémosla nosotros restaurando el naturalismo y devolviéndole lo que le habían quitado, el humorismo, y empleando éste en las formas narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca… Pero, al fin, consolémonos de nuestro aislamiento…, reconociendo en familia que nuestro arte de la naturalidad, con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico, responde mejor que el francés a la verdad humana…”

Buscar esa “verdad humana”, devolviéndole el humorismo “conforme a la tradición cervantesca”: he ahí la base del realismo galdosiano, que no desdeña adentrarse en consideraciones espirituales. Es justamente en esa aproximación al paradigma cervantino de humor e ironía –el ‘humor cervantesco’, con mucho de socarronería manchega-, donde Galdós ha producido algunas de sus mejores páginas, que no se entenderían cabalmente si no se tiene en cuenta el tono irónico y burlón del relato. Su efecto cómico hace que contemplemos el problema a cierta distancia: nos reímos de lo que leemos, pero, entre líneas, comprendemos perfectamente lo que autor quiere decir.

En Galdós hay, pues, distanciamiento irónico, pero la ironía, salvo excepciones, no es cómica ni burlesca, sino que nace de una honda comprensión de la naturaleza humana, que invita a una lectura entrañable y compasiva –que no dudamos en calificar de cervantina– de los defectos y debilidades humanas. Es ahí donde, a nuestro juicio, radican las claves que explican la vigencia y actualidad de su obra, cien años después de su muerte: como todo verdadero ‘clásico’, trascendiendo la realidad cotidiana y fugitiva, Galdós acierta a captar lo esencial de la condición humana, de su tiempo y de todos los tiempos.

 

[1] Citamos por la edición de Obras Completas (Novelas). Madrid, Aguilar, 1970-1974.

[2] Citamos por la edición de Episodios Nacionales de Galdós, Madrid, Aguilar, 1976-1979.

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