Artículos Historias de antaño y de vida

Apuntes históricos, políticos, económicos y costumbristas de la manchega ciudad de Manzanares (1)

 

Manuel Díaz-Pinés Fernández-Prieto, ‘Galmango’.

A veces pienso que soy un tío de suerte porque, afortunadamente, los manzanareños de mi generación, aún podemos seguir escribiendo la Historia de nuestro pueblo, bien a través de publicaciones de nuestros mayores, bien porque son muchos los que, enrolados en Asociaciones culturales varias, trabajan e investigan sobre su pasado cultural y costumbrista. En mi caso, tengo el privilegio de conservar información de mi padre, sobre etapas pretéritas de Manzanares, que intento aglutinar y publicar en la Revista desde hace unos años. Son hechos, sucesos acaecidos en el pasado de nuestra ilustre villa, que la gran mayoría puede conocer a través de estas publicaciones. Voy a preparar unas notas, apuntes de mi padre, escritos en los años 50’, con el ánimo de recordar y a veces, enriquecer, nuestro conocimiento sobre el lugar que nos vio nacer y, a algunos, nos vio marchar para siempre.

 A través de un par de entregas, iré transcribiendo apuntes de Melchor Díaz-Pinés (1909-1981), tal como indicaba, escritos a finales de los años 50′ del pasado siglo, relacionados con Manzanares. Yo diría que son como datos investigados años atrás, que fueron anotados para ser utilizados en su momento y que, al leerlos, encuentro en ellos       asuntos de interés. El resultado de su lectura es un resumen breve de nuestro pueblo en los años señalados, que precisamente coincide con la visión anterior y posterior de nuestra ciudad y su inminente transformación de futuro.      

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Manzanares, el más bonito rincón de los lugares manchegos, está situado en el centro de una dilatada altiplanicie, en el cuadrante sureste de la meseta castellana. En lugar apacible y a seiscientos noventa y cinco metros sobre el nivel del mar en Alicante, su clima es eminentemente sano y totalmente antipalúdico, pues precisamente por su configuración, no se producen estancamientos de aguas pluviales.

Desde hace más de un siglo, está ciudad goza de renombre y fama en los aspectos de urbanización, saneamiento, limpieza pública y adecentamiento en general. Sus calles son amplias y bien pavimentadas; su edificación, armoniosa en su conjunto y los habitantes, precisamente por concurrir en ellos la poderosa circunstancia de su situación geográfica, son el tipo genuino del manchego hidalgo, pundonoroso, ilustrado y bonachón. Es algo así como el resultado de la fusión de las dos tendencias que preconizara Miguel de Cervantes en su inmortal Don Quijote. El carácter de los nativos es ese: mitad Quijotes, mitad Sanchos, en una dosificación muy equilibrada.

 Los datos históricos que de Manzanares han podido lograrse a través de los siglos, aparecen envueltos en una densa niebla que el tiempo no ha podido disipar, a pesar del empeño de algunos de sus hijos, que pusieron en estas incansables gestiones, el mejor de sus ideales.

  Los historiadores -llenos como es lógico de la mejor voluntad- señalan datos que nos conducen por dos caminos muy diferentes, que al final llegan a converger. Uno de ellos, que se remonta a los siglos X y XI, deja entrever la posibilidad de que el actual Manzanares pudiera llamarse en aquellos entonces Argamasilla de Pilas Horras. Estos, aducen que precisamente en unos deslindes llevados a cabo, al instituirse las Órdenes de Calatrava y Santiago, aparecía una aldea o lugarcillo ganadero, a algo menos de una legua de la actual Membrilla, pero ya en terrenos de Calatrava, poblado este pequeño lugar por gentes trashumantes ya estabilizadas, que pastoreaban por estas llanuras. De esta legendaria aldea, según los defensores de esta tesis, quedan vestigios aún y son los pozos que alimentaban los abrevaderos para el ganado que transitaba por las Cañadas Reales que entroncaba esta demarcación, pues ya la historia romana nos cuenta que, en su invasión, encontraron en España una muy bien organizada red de caminos pastoriles o vías pecuarias. Estos pozos no se han secado a pesar de sufrir esta zona de Manzanares grandes estíos. Son ellos el pozo que existe en los soportales de la Plaza de Las Palomas, junto a la entrada de la Biblioteca Lope de Vega y, el aún existente, en el corralillo de la Parroquia de la Asunción. Hasta aquí la versión vanguardista, pero atención a la denominación «Pilas Horras», que aparecerá en la versión que seguidamente relatamos.

La opinión más generalizada es la que sigue: Manzanares empezó a poblarse a finales del siglo XII bajo el mando del Maestre de Calatrava, D. Martín Martínez, y se formó en los alrededores del Castillo que ya había mandado edificar y al que le llamó Castillo de Pilas Horras. ¿A qué se debe, pues, este título? ¿No encuentra el lector cierta relación con la pista reseñada en primer lugar? En marcha la historia, la ciudad de Manzanares, cuyo arranque como lugar se debe a los fundadores o colonizadores caballeros de Sagasti, oriundos del Valle de San Millán, en tierras vascas, creció muy rápidamente, merced al influjo y seguridades de su castillo. Definitivamente, el origen de su nombre, muy posiblemente provenga de ese lugar junto al río, habitado por pastores y labradores, al que los árabes comenzaron a llamar Mansil Nahar, que significaría ‘caserío del río’.

Ya no volvió a pisar el musulmán estas tierras manzanareñas, a pesar de las incursiones y tentativas que organizaban con frecuencia. Manzanares, con el lema de su escudo «No temo, que más puedo», fue invulnerable y permaneció fiel a sus Reyes, aún produciéndose convulsiones como la de los Comuneros de Castilla, Padilla, Bravo y Maldonado. Estos insubordinados, intentaron apoderarse del castillo, pero sus defensores, aliados con las fuerzas de Villarrubia y Daimiel, lograron alejar, no sin pérdidas, a sus atacantes.

Manzanares creció con los ininterrumpidos aluviones de trabajadores de todas las latitudes. Trabajó con denuedo en su campo y forjó un tipo inconfundible de hombre. Surgió de esa amalgama de razas, a semejanza de las grandes empresas colonizadoras, el manzanareño duro y sobrio de costumbres; el trabajador sin tacha y el hidalgo más señero, tanto, que en el discurrir de los siglos, Manzanares llegaría a ostentar en su escudo el lema de «muy noble, muy leal y fidelísima ciudad de Manzanares».

Muchas casonas, a pesar de la destrucción implacable del tiempo, ostentan blasones. La nobleza, hoy virtualmente desaparecida, dejó constancia de ello a la Historia con esa dignidad innata del gran señor. Los Sagasti, Pérez Valiente, Merino, Jaraba, García Noblejas, González Elipe, Manzanares, Ochoa, Tello, Rabadán, Salinas, Caballero, Peñuelas, Carrascosa, Enríquez de Salamanca, Cantalejo, García Vao… y tantos otros títulos nobiliarios, engrandecieron el pasado y presente mediante una total entrega de honrar los lares patrios, en aquellas fechas del pretérito del «nunca tiempo pasado fue peor».

 De aquellos terrenos de pastoreo, de selvas interminables e incultas, ha surgido un pueblo que es orgullo de la ManchaManzanares es hoy el espejo de miles y miles de kilómetros a la redonda; Manzanares supo conquistar con su trabajo, honradez y seriedad un nombre y una fama. Es una ciudad que pesa en todos los ámbitos nacionales de la cultura, del comercio y del agro y, si en tiempos que ya van quedando alejados de nuestros días, habitara en las Ventas de Quesada o Quijada, el Caballero de la Triste Figura y su peón de brega, Sancho Panza, quién sabe si de nuestro carácter, fuera tomada la impronta de la caballerosidad en este núcleo urbano regado por el río Azuer, para que D. Miguel plasmara en su Quijote toda esa personalidad que nos es tan peculiar.

Manzanares, en estos instantes, es agro-vitivinicultora, pero en un futuro no lejano, pasará a ser un complejo industrial, un Polígono de los recientemente proyectados para la descongestión de la capital de la nación y que, por la privilegiada situación geográfica y su tupida red de carreteras de todas las categorías, la han hecho merecedora. Carreteras de primer orden de norte a sur y de oeste a este y otras seis carreteras de segundo orden, cañadas reales de categoría nacional, ferrocarriles al sur, norte y oeste, agua potable y alcantarillado, en fin, esa serie de condiciones que se hacen indispensables para empresa de tal rango, pues es sabido que el presupuesto del Manzanares Bis – ese injerto siamés de la industria en un pueblo agricultor – baraja cantidades que se calculan en miles de millones de pesetas.

(Continuará) …

 

 

 

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