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Crisis y conflictos

Ramón Horcajada Núñez

En la vida conyugal hay que contar inexorablemente con las crisis y los conflictos. Son fruto natural de las fluctuaciones de la vida. La convivencia familiar no es convivencia de ángeles sino de personas normales, personas que cargan con sus limitaciones y sus imperfecciones. Pero hemos de tener muy claras algunas cuestiones.

 La madurez de una pareja no se mide por la ausencia de conflictos, sino por el grado de sensatez que tiene al resolverlos. Lo malo en la vida conyugal no es que existan problemas y conflictos, sino que la vida familiar y conyugal sea un problema continuo y permanente, que el clima que envuelve a sus miembros sea siempre conflictivo. Habría que decir incluso que, en cierta medida, las crisis y los conflictos son necesarios para el crecimiento y la autentificación de la convivencia familiar y conyugal (igual que las crisis son necesarias en la persona para su madurez y realización personal). Las crisis son realmente la hora de la verdad. Hay que pasarlas. Es la hora de hacer patente el verdadero cariño a pesar de todos los problemas que nos vayan viniendo. Es la hora de madurar, de olvidarse de sí mismo para centrar el cuidado en el otro, en el caso del matrimonio, o en los otros, en el caso de los hijos. En la crisis y el conflicto se prueba el amor y se crece en el amor. La crisis provoca la desinstalación, la creatividad y el dinamismo. La correcta superación de unas adiestra y dispone para superar las siguientes, por eso es conveniente irlas transformando con tino y valentía.

Podemos hablar de una crisis del “despertar”, cuando uno descubre realmente lo que es tener que amoldarse al otro, es cuando uno descubre lo que es realmente convivir sin tiempo límite y sin posibilidad de evadirse. Esa pequeña crisis es fundamental para descubrir qué somos capaces de aportar realmente en una convivencia real, dejar los sueños infantiles y cargarse de realidad. El único riesgo es que no surjan rencillas para toda la vida.

Podríamos hablar también de la “crisis de la rutina y el hastío”. La vida, con el paso de los años, cae en rutinas y procesos que pueden desesperar. Ahora nos conocemos en profundidad. Percibimos que lo más seguro es que haya errores que ya no cambiarán en nuestra forma de ser. Hay ganas de huir, hay demasiadas tristezas. En esos momentos recordemos lo que Gregorio Marañón escribía a un médico que creyó haber errado en su decisión y no sabía si tenía vocación de médico. El doctor sólo le dijo una cosa: el hombre vocacionado se inventa deberes por el mero hecho de gozar cumpliéndolos. Cuando el matrimonio es vocacionado, uno y una se inventan obligaciones con el único fin de gozar cumpliéndolas. Eso es amor.

Las crisis pueden convertirse en trampas o en trampolín para la realización personal. Una crisis bien superada da consistencia y seguridad. A partir de ahí el matrimonio ya no es más el que fue. Las consignas deben ser definir el problema, no diferir su solución, hablarlo todo, hasta la cosa más nimia y, sobre todo, vivir en los deberes a los que obliga el amor saliendo de la parcela en la que el yo muchas veces nos encierra. A veces habrá que buscar consejos. Pero, y aunque suene a locura, no podemos dejar de dar gracias por esos momentos oscuros en los que se nos exigió una reacción de nuestro ser más profundo en orden a la configuración de quienes somos realmente.

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