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De ruta por el Campo de Montiel, o el renacer de la España vaciada

Consoly León Arias

La llegada del tiempo estival  va unida por excelencia a la capacidad de desconectar de nuestras obligaciones cotidianas, para dejar paso al ocio, la cultura, y el descanso, apartando a un lado la agenda y otros dispositivos digitales, que marcan los tiempos, y dirigen a menudo nuestras vidas.
Vaciar la mente de rutinas, compromisos y horarios, es muy necesario para, una vez finalizado el tiempo de relax, regresar a nuestros trabajos motivados, tras haber descansado, alimentado nuestras relaciones sociales, eliminado tensiones musculares, y disfrutado del deporte y sus beneficios  entre otras.
Tras  estudiar y sopesar diferentes ofertas para estas jornadas de asueto y calma, decidí  organizar unas vacaciones alternativas, en las cuales la naturaleza, y el turismo interior fuesen protagonistas, con un componente tan  cultural como saludable.
Con esa idea decidí reservarme algún tiempo para adentrarme en el alma de los veintitrés municipios que configuran el Campo de Montiel, una extensa comarca  de la  provincia de Ciudad Real, comprendida entre la llanura de La Mancha, la Sierra de Alcaráz, y Sierra Morena, y con una superficie que ronda los 3000 km2.
 Organicé un recorrido por estas tierras , que en los últimos tiempos se han vinculado con el movimiento de la llamada “España vacía”, al ir mermando  progresivamente  el número de sus habitantes por razones más que obvias, ligadas al mundo laboral, y al encuentro de un futuro digno.
Tras iniciar mi andadura por esta legendaria comarca, me sorprendieron gratamente, cada uno de sus pueblos, mostrándome lo mejor de una tierra tan antigua como histórica, y que bien puede presumir de tradiciones, cultura, o gastronomía; aunque  si hay algo que destacaría especialmente de esta experiencia, ha sido la amabilidad, sencillez y hospitalidad de sus gentes, no sólo los que regresan al terruño,cada mes de agosto, para revivir con dicha y cierta nostalgia las cálidas noches de verbena,  en la plaza del pueblo, bajo los acordes de las melodías pegadizas de siempre, junto a los últimos éxitos del verano; al novenario del patrón/a, a quien todos llevan en su corazón; o a los encierros, donde los jóvenes demuestran sus habilidades y gallardía al correr en la cara del toro o las vaquillas, que prestas recorren las calles del pueblo, y que como en los eventos citados, aglutinan centenares de personas, con raíces manchegas, como los oriundos, que ven cada amanecer y puesta de sol siempre en el mismo sitio, mientras  del mismo modo, observan con tristeza como los adolescentes de hoy, los mozos del pueblo, hacen la maleta en busca de un futuro mejor, en Madrid o cualquier otra capital de provincia, que ofrezca un porvenir ilusionante, y que destierre  de sus vidas la aridez del campo manchego.
En esta ruta por tierras de D.Quijote, los lugareños y sus descendientes me comentaban con orgullo que los campomontieleños son la cuna de El Quijote, la obra más leída de la literatura universal. Se reafirmaron  en señalar que Villanueva de los Infantes era el “lugar de la Mancha”, de cuyo nombre, Cervantes no quiso acordarse. Apuntaban que otros notables autores fueron: Francisco de Quevedo, Jorge Manrique y Lope de Vega. Por otro lado constaté que esta tierra fue cuna de santos y beatos como Santo Tomás de Villanueva o Fray Tomás de la Virgen, de artistas renombrados como: Fernando Yañez de la Almedina, Matías de Arteaga o Gaspar de la Redonda; humanistas como: Fernando Ballesteros Saavedra y Pedro Collado Peralta, de personajes históricos como: Pedro I de Castilla (el cruel), muerto en duelo con su hermanastro Enrique II, a los pies del Castillo de la Estrella, en Montiel.
Por otro lado hemos de citar parajes tan idílicos como el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, iglesias, ermitas, castillos, yacimientos arqueológicos, los Caballeros de la Orden de Santiago, muy presentes durante la Reconquista, cuya ayuda inestimable granjeó importantes victorias al ejército del Rey AlfonsoVIII.
En el apartado dedicado a ferias y fiestas, hemos de mencionar: Las Tacillas de Cózar, la Borricá de Torrenueva, los Encierros de San Miguel, en Villamanrique, la fiesta del pisto manchego en Villanueva de los Infantes, Mencatur en Villanueva de la Fuente, las Jornadas Histórico-Medievales de Montiel, las Jornadas Íbero-Romanas de Alhambra, las Bodas de Camacho en Fuellana, y las célebres romerías como las de: La Virgen de la Carrasca, Peñarroya,  San Isidro,  La Virgen de la Vega o Nuestra Señora de la Antigua.
Decenas de plazas, caminos, callejuelas cargadas de vida e historia, cuajados de monumentos  como la Parroquia de San Carlos del Valle, la Plaza mayor y Parroquia de San Andrés, de Villanueva de los Infantes, la Parroquia de Santa María Magdalena de Alcubillas, junto a sus ermitas de San Antón, San Isidro y El Calvario.
Los maravillosos órganos de  Torre de Juan Abad, Villahermosa y Terrinches.
También, descuellan la Casa Museo de Quevedo en Torre de Juan Abad, el Castillo árabe de Alhambra, el de la Estrella, en Montiel, el de Montizón en Villamanrique, el Torreón de Puebla del Príncipe, la Villa Romana “ Puente de la Olmilla” en Albaladejo, o las Cuevas de Huelma en Carrizosa, junto a otros muchos puntos de interés turístico y cultural, repartidos  por la inmensidad del Campo de Montiel, tintado de los colores del trigo, la vid y el olivo, olvidado por algunos, y muchos de cuyos municipios, viven anclados durante los días más duros del otoño y el invierno manchego, en el letargo de eso que algunos han venido a denominar, el fenómeno, tan triste como cierto, de la España Vaciada, donde apenas unos pocos mayores se aferran a sus raíces, la tierra que los vio nacer en otros tiempos pasados, donde la juventud era el alma del lugar, de una sociedad agropecuaria que también tuvo sus días de gloria.

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