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Desigualdad en el confinamiento

Diego R. Gallego Fdez.-Pacheco

Enclaustrados en casa y animados por el director de la revista a escribir sobre diferentes aspectos de la anómala situación que estamos viviendo en este inicio de la primavera, puede ser oportuno hacer una reflexión sobre lo desigual de esta obligada y prolongada estancia de cada uno en su domicilio.  

Quizás, los mejor parados en este confinamiento son aquellos que viven en casas unifamiliares que disponen de espacios ajardinados o patios en los que se puede deambular, tomar el sol y desarrollar determinadas actividades deportivas o de ocio, impensables para los que habitan en un piso de un bloque de viviendas convencional. Aunque también las diferencias son enormes en función del tamaño y las características del piso y del número de personas que lo comparten.       

Las condiciones de quien está recluido en una casa solariega amplia, en una vivienda adosada con algún patio, o en un piso con terrazas amplias, son demasiado diferentes de las de las familias que con niños y mayores tienen que organizarse para permanecer un buen número de semanas sin salir de ese reducido espacio.

Es evidente que estas desigualdades existen y se consideran como algo normal en nuestra sociedad, pero es en momentos difíciles como el de este confinamiento obligatorio y general, cuando se amplifican. Y si en ellas, intuimos siempre un determinado nivel de injusticia social, en una coyuntura como esta, por poco que reflexionemos, esa desigualdad nos tendrá que parecer inadmisible.

En el contexto de este Estado de Alarma, no es razonable, ni muy humano, que quien habita en un piso de reducidas dimensiones, con niños y personas mayores, sin disponer de ningún espacio exterior al que pueda salir, no se le ofrezca la posibilidad, con los controles que sea necesario establecer, de sacar a los niños algún tiempo a tomar el aire y el sol, para tener al menos los mismos derechos que se les ha concedido a las mascotas, y que no exista un agravio comparativo tan acusado y tan evidente con los que están en condiciones de permitirse unas elevadas dosis de movilidad, por la amplitud de sus residencias. Puede ser un asunto con ciertos componentes de complejidad, pero tiene todo el sentido común del mundo, y en justicia tendría que haberse contemplado en las medidas legisladas por el ejecutivo.

Pero de todas las situaciones, la más preocupante, o mejor dicho, la más trágica, es la del amplio colectivo de personas que no pueden ser confinadas en su casa, sencillamente porque no la tienen. Es cierto que el gobierno y las administraciones están tomando medidas para facilitarles alojamientos, pero, sin duda, son los que van a sufrir con mayor crudeza este confinamiento tan desigual.

 

                                                                        

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