Artículos de opinión

Despoblación e iniciativa empresarial

Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas

“Manzanares consiguió remontar el vuelo y recuperar la población perdida a finales de los 70 gracias a las inversiones públicas (hospital, cárcel de Herrera, centros de enseñanza, etc.) y al sector privado con la instalación de grandes empresas en el nuevo polígono industrial”

En el número de marzo de la revista Siembra se suscitó un interesante debate sobre el cierre  de locales comerciales, la disminución de la activad económica y la bajada de población en Manzanares (unos  1.200 habitantes menos en los últimos ocho años). Este fenómeno no es nuevo en nuestra historia reciente. La población de Manzanares, que hasta los años 60 del siglo XX rondaba los 18.000 habitantes, se redujo a poco más de 15.000 habitantes en los años 70. En aquel periodo el causante de tan abrupta caída de la población fue la emigración a las grandes zonas industriales como Madrid o Barcelona. Esta emigración se vio reforzada por la crisis del sector agrícola y especialmente del sector vinícola, que había sido desde el último tercio del siglo XIX el motor de la economía manzanareña.

Manzanares consiguió remontar el vuelo y recuperar la población perdida a finales de los 70 gracias a las inversiones públicas (hospital, cárcel de Herrera, centros de enseñanza, etc.) y al sector privado con la instalación de grandes empresas en el nuevo polígono industrial.

Actualmente, sin embargo, los valores que dominan en nuestra sociedad no facilitan que la inversión privada pueda volver a ser el motor del crecimiento. Las exigencias medioambientales, la aversión al riesgo y cierto egoísmo que nos lleva a querer disfrutar como consumidores de las últimas novedades pero que, al mismo tiempo, rechaza cualquier inconveniente asociado a la actividad económica,  ponen todo tipo de obstáculos a muchas de las iniciativas empresariales que podrían generar la riqueza y prosperidad necesarias para atraer o retener población. Son demasiado frecuentes las noticias, no sólo en Manzanares sino en toda Castilla-La Mancha, de empresas que ven fracasar sus proyectos por los impedimentos que imponen las diferentes administraciones y la oposición de buena parte de la sociedad.

En 2017, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha realizó una declaración medioambiental negativa para un importante proyecto de minería en el Campo de Montiel de tierras raras, materiales imprescindibles para la fabricación de teléfonos móviles y pantallas táctiles. El gobierno autonómico también ha aprobado una ley, que por las exigencias que impone, hace inviable la extracción de hidrocarburos utilizando técnicas de fracturación hidráulica (fracking).

En sectores más tradicionales en Castilla-La Mancha, como el ganadero, hay plataformas ecologistas que están en contra de las granjas de cerdos, por la contaminación que producen los purines, y que han conseguido con sus presiones que la Junta deniegue en algunos casos la concesión de licencias a nuevas explotaciones.

El sector que quizá encuentre mayor oposición es el energético. Todas las tecnologías de generación de electricidad tienen detractores. La generación nuclear por el riesgo de accidentes, las centrales térmicas con combustibles fósiles por la contaminación de la atmósfera y su contribución al efecto invernadero. Incluso las energías renovables también suscitan rechazo: la energía eólica por la contaminación acústica y visual y las muertes de aves que producen las aspas de los molinos; la hidráulica por alterar el curso de los ríos e, incluso, los proyectos solares que se anuncian en Manzanares han sido criticados en algunos artículos de esta misma revista.

Ni siquiera el sector servicios, a pesar de tener un menor impacto medioambiental, se escapa de este rechazo generalizado a la iniciativa empresarial. Algunos ejemplos significativos son la oposición que encontraron la construcción de campos de golf, aunque usasen para el riego agua de las depuradoras, o el aeropuerto de Ciudad Real, que estuvo parado durante muchos meses por las denuncias presentadas por grupos ecologistas y que agravaron su ya precaria situación financiera.

Si fuéramos coherentes en nuestra vida diaria con las exigencias que hacemos a las empresas deberíamos renunciar a nuestro móvil u ordenador porque en su fabricación se usan materiales cuya minería repudiamos;  tendríamos que dejar de comer carne porque los purines de los cerdos son muy contaminantes o los gases que emiten las vacas contribuyen al efecto invernadero; deberíamos iluminarnos con velas y refrescarnos con abanicos en verano, en lugar de usar el aire acondicionado, porque todas las tecnologías de generación de electricidad son dañinas.

La pobreza o riqueza de las naciones no está determinada por el destino sino que es fruto de las decisiones acertadas o erróneas que toman sus sociedades. Un ejemplo positivo es Irlanda, que gracias a su apuesta por las empresas de tecnología y a una política fiscal que incentiva la actividad económica ha conseguido en pocas décadas convertirse en uno de los países con mayor renta per cápita del mundo y centro de atracción de trabajadores cualificados de todo el mundo.

Si no conseguimos que la legítima ambición de proteger el medio ambiente sea compatible con el desarrollo de proyectos empresariales responsables tendremos que resignarnos a una progresiva despoblación, a ver cada vez más vacías nuestras calles y se agravará el problema de falta de actividad económica que es cada vez más evidente ante nuestros ojos cuando paseamos por las principales poblaciones de nuestra  provincia.

 

 

 

 

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