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Días grandes en el barrio de la Virgen de la Paz.

Este fin de semana, punto culminante de las fiestas en honor de la Virgen de la Paz

R.S.

 

Este fin de semana, Manzanares se vuelca por entero hacia la Ermita que en tiempos fue de Santa Quiteria y que hoy está dedicada a Nuestra Señora de la Paz.

 

Allí, este sábado tendrá lugar a las cuatro y media, el rezo del Santo Rosario; la Santa Misa a las cinco de la tarde y, a los ocho de la noche, se procederá a la quema de la hoguera, mientras los manzanareños visitarán la Ermita y le pedirán a la Virgen por sus necesidades y las del prójimo. También tendrán oportunidad de pasar un rato de esparcimiento, disfrutando de todo lo que se les ofrecerá a las puertas del templo.

Al día siguiente, función solemne a las 10:30 horas en la Ermita de la Virgen de la Paz y por la tarde, a las cinco, procesión por el recorrido habitual, con la bella imagen de la Virgen en su carroza, bendiciendo nuestras calles y nuestras casas y, sobre todo, nuestras gentes, que la adoran.

Fiestas entrañables, momento de disfrute, de encuentro, de oración, de recuerdos y añoranzas.

Ha llegado a nuestras manos, esta historia o relato en la que se cuenta cómo nació la advocación mariana a la que nos venimos refiriendo y que no nos resistimos a copiarles, por si les gustara conocer la tradición y el origen de esta celebración:  

 

Nuestra Señora, la Virgen de la Paz

La advocación se originó en Toledo, hacia fines del siglo XI.  Está estrechamente ligada a San Ildefonso que fue uno de los más importantes obispos de la Iglesia en España y doctor de la Iglesia. Desde ahí se extendió su devoción por toda España, y más tarde pasó a América.

 

En la vida de San Ildefonso, arzobispo de Toledo y devoto fervientísimo de la Virgen María, se relata cómo el 18 de diciembre del año 645, tras el décimo Concilio de Toledo, el santo prelado, en compañía de su séquito, se dirigió pasada la medianoche a la Catedral para cantar los maitines. Al tiempo de entrar se produjo en el altar un fuerte y deslumbrante resplandor.

Los acompañantes de San Ildefonso huyeron asustados, pero él, avanzó resueltamente y vio a la Santísima Virgen, que había descendido de los cielos y estaba sentada en el trono episcopal del santo. La Madre de Dios habló con dulces palabras a su fiel servidor y le entregó una casulla, después de lo cual desapareció.

Por aquel particular beneficio, la Iglesia de Toledo decretó que el día 24 de enero, se celebrase en todo el arzobispado, con festividad especial, el memorable descenso de la Virgen María a la Iglesia Catedral. Desde el siglo VII, la Catedral de Toledo, quedó consagrada a la Santísima Virgen.

 

El nombre de Nuestra Señora de la Paz le fue impuesto tres siglos después, en el año de 1085, por un acontecimiento memorable. Alfonso VI, llamado el Bravo, rey de Asturias y León, reconquistó a los moros la ciudad de Toledo. Una de las condiciones estipuladas en el tratado de paz fue que el templo principal de la ciudad quedase como mezquita para los moriscos.

El rey Alfonso firmó el tratado y enseguida se ausentó de Toledo, dejando a su esposa, la reina Constanza, como gobernadora de la plaza. Pero sucedió que los cristianos consideraron como cosa indigna que, si eran dueños de la ciudad, no lo fuesen de la Iglesia Metropolitana consagrada a la Santísima Virgen. En consecuencia, los cristianos fueron a presentar sus quejas ante el arzobispo, Don Rodrigo y ante la reina Constanza, quienes compartieron su disgusto de que la Catedral sirviese para los cultos del profeta Mahoma y apoyaron sus peticiones.

Alentados por aquella tácita autorización, los cristianos trataron de apoderarse de la Catedral con gente armada, sin tener en cuenta el compromiso del rey ni el peligro a que se exponían en aquella ciudad donde era mayor el número de infieles. En efecto, los moros, al advertir el ataque, tomaron también las armas y, juzgando que el rey Alfonso quebrantaba el pacto juramentado, se lanzaron furiosos contra los cristianos para vengar la injuria. Se entabló combate frente a la Catedral y no cesó hasta que la reina y el arzobispo se presentaron en el campo de batalla para aclarar que el ataque se había lanzado sin saberlo el rey.

Enseguida, los moros enviaron embajadores al monarca para denunciar el atentado, y volvió Don Alfonso a Toledo precipitadamente, con el firme propósito de dar un escarmiento en la reina, el arzobispo y los cristianos, por el quebrantamiento que habían hecho a su real palabra. Tan pronto como los cristianos de la ciudad tuvieron noticia de la cólera del rey, salieron a su encuentro en procesión, encabezados por el arzobispo, la reina y la hija única de Don Alfonso.

Pero ni las súplicas de aquellos personajes, ni los ruegos del pueblo para que los perdonase, atento al motivo que los animó al ataque y que no era otro que el de tributar culto al verdadero Dios en la gran iglesia de Toledo, consiguieron que el monarca accediese a faltar a su honor y a la palabra que había empeñado.

Don Alfonso anunció a los solicitantes, que la Catedral quedaría en poder de los infieles como lo había prometido. Pero en ese momento se produjo un acontecimiento extraordinario, que todos tomaron como una señal de que Dios había escuchado sus plegarias. Los moros tomaron en consideración el peligro a que se exponían si mantenían el culto en la iglesia principal de aquella ciudad cristiana y enviaron al encuentro del rey a una comitiva de sus jefes.

Postrados ante Don Alfonso, le suplicaron que perdonase a los cristianos y que se comprometían a devolverle la Catedral.

El rey y su pueblo vieron en aquella solución inesperada una obra de la Divina Providencia. El monarca ordenó, con el beneplácito del arzobispo y de todos los fieles que, al día siguiente, un 24 de enero, se tomase posesión de la Catedral y se hicieran festividades especiales en honor de la Virgen María, a la que, por haber restablecido la paz en la fecha de su fiesta, se la veneraría en adelante como Nuestra Señora de la Paz.

Aquel 24 de enero de 1085, se celebraron en Toledo magníficas ceremonias y espléndidas procesiones en honor a Nuestra Señora de la Paz, con cuyo título se venera hasta hoy a la Madre de Dios. Desde entonces, primero en toda España, después en América, fueron reconociendo con gratitud este título a la Santísima Virgen.

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