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Donde nunca habitará mi olvido

Carolina Gil Vicario

Algunas palabras por su sonoridad o por su significado siempre que las pronuncias te producen una sonrisa. Es como cuando lees una matrícula con las letras GGG o dices tenderete.  A veces esto también sucede con las que te generan recuerdos. A mí me sucede con unas cuantas, por ejemplo, cuando le digo a alguien “este fin de semana voy a Manzanares” o “hemos quedado en tal sitio con mis amigos manchegos”.

La primera vez que situé a Manzanares en el mapa fue en el año 2003, cuando a mi marido le tocó en suerte una vacante en uno de sus institutos. El viaje en sí ya era especial, porque nos íbamos a vivir juntos y suponía entrar de lleno en la vida adulta. Cuando llegué allí, para nosotros que somos muy del norte, muy del mar y muy del verde me pareció que esos paisajes estaban en las antípodas de mi hábitat natural. Y creo que fui consciente de mi geolocalización exacta  al ver una señal que ya no informaba de la distancia a Bilbao, Burgos u Oviedo, si no a Jaén y Córdoba.  Ahora  cada vez que volvemos, o cada vez que sonreímos pronunciando ese nombre,  la sensación no es de vértigo  sino el equivalente a decir “casa”.  

Muchas veces he pensado en que tuvimos suerte y conocimos a gente muy especial y que por eso fue fantástica la vivencia. Pero luego, si le doy otra vuelta más racional a ese pensamiento, la conclusión es que los que nos gusta casi con fascinación de ellos  es que igual que nosotros somos muy del norte y del verde, nuestros amigos manzagatos son muy de su pueblo, de sus tradiciones y de su gente. Admiro de ellos el saber disfrutar de sus fiestas, de su Jesús del Perdón y de la hoguera de la Candelaria. La sencillez de la cotidianeidad en un pueblo al que amas.

Recuerdo de mi primer año allí sobre todo risas y sensaciones. Y contar con el sol a todas horas. En las tardes de invierno para pasear por la calle empedrada (en realidad empedrá) o en las primaverales, permitiéndonos disfrutar de las vistas a la Iglesia de la Asunción tomando una cañeja en alguna terraza. Ahora que cada seis meses debería volver al médico a por la  receta de vitamina D, echo más en falta esos días siempre azules y tengo la necesidad de un poco de sur manchego.

Lo bueno lo fue tanto que dejamos de añorar de continuo  la bruma, la lluvia e incluso la cercanía  del susurro Cantábrico. Los amigos de allí  lo son tanto que nos presentaron a sus amigos, nos abrieron sus casas y nos incorporaron a su cotidianeidad. Y cuando llegó el momento de decidir donde construir nuestro hogar la vuelta al norte ya dejó de ser una certeza.

Comprendimos que los significados de las palabras casa y familia son más amplios de lo que a priori pensábamos. Que hay una familia que uno elige. Y que Manzanares, aunque la tengamos a 628, 6 km de distancia, siempre será hogar para nosotros.

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