Artículos Colaboraciones

El comercio en Manzanares en la Edad Moderna(II).

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García.

A mediados del siglo XVIII, como nos muestra el Catastro del marqués de la Ensenada, la Plaza Pública continuaba siendo el lugar donde se concentraba el mayor número de tiendas de la localidad, habiendo aumentado hasta siete. Todas son descritas como cuartos tiendas para vender frutas y legumbres. Tres eran de pequeño tamaño, una de Alonso Villarreal, vecino de Membrilla, que gestionaba Eugenia Muñoz, con cinco varas de frente y fondo, otra de Francisco Triviño, que tenía alquilada Isidro Martín Carrión, con seis varas de frente y cinco de fondo, pagando la primera cuatro ducados anuales y el segundo 80 reales de vellón[1], mientras que la tercera, propiedad de Cathalina León, se encontraba desalquilada.

     Otras dos tiendas tenían el mismo frente que las anteriores pero con mayor fondo, siendo su propietario el Conde de Sevilla la Nueva. Una contaba con cinco varas por dieciséis y la otra seis por veintiuna, teniendo arrendada la primera Ana María de Penas y la segunda Juan Navarro, por seis ducados cada uno. Finalmente, había dos de mayor tamaño, una de Juan Merino con 10 varas de frente y 13 de fondo, que la alquilaba Miguel Castellanos por diez ducados y la otra, propiedad de Joseph Montalbo, clérigo de menores, con 8 varas de frente y 18 de fondo, que tenía arrendada Juan Blanco Pacheco por ocho ducados[2].

     Como podemos apreciar estas tiendas se ubicaban en el mejor lugar de la población, y eran propiedad de nobles, hidalgos, personas adineradas y religiosos, los cuales no las gestionaban directamente, sino que las arrendaban a comerciantes y tenderos, que vendían en ellas sobre todo frutas y géneros frescos. Los edificios, en el caso de los más pequeños, tenían las tiendas en la planta baja, en el segundo suelo solían contar con cocina y dormitorio, y en el tercero, cámaras o más dormitorios, mientras que los mayores tenían además corral, pozo y cueva. Los balcones de las casas que daban a la plaza eran dos y se alquilaban por 30 o 40 reales, para las corridas de toros y otros espectáculos.

     Además de las tiendas de la plaza, había otras siete personas con establecimientos dedicados al comercio. El primero de ellos, Juan Antonio Fernández Caballero, de 32 años, era descrito como mercader de por menor y tratante de nieve, sal, aguardiente, hierro y otros géneros. Tanto él como su mujer, Mariana Barrera Sánchez, eran oriundos de Laredo (Cantabria) e hijosdalgo. Tenían abierta la tienda en una casa situada en la calle Empedrada esquina con la Plaza Pública, con 32 varas de frente y 14 de fondo, en la cual también estaba su vivienda, contando con un corredor de seis ventanas que daban a la plaza, abonando 30 ducados por su arrendamiento a la capellanía que administraba Juan Bermúdez. Para atender el negocio contaban con dos criados, uno de 23 años al que pagaban 24 ducados anuales “por la asistencia que el dicho tiene en la tienda que en esta villa tengo de Mercader”, y otro de 16 que percibía 16 ducados por el mismo trabajo. Poseían además un caballo para sus viajes de negocios, obteniendo unas ganancias anuales de 1.500 reales.

     Otros dos tenderos tenían los mismos apellidos, por lo que posiblemente serían familia. El mayor, Pedro de la Torre de 50 años, se definía como “tendero de tienda avierta de mercería, con alguna quincallería”, vivía con su mujer y dos sobrinas huérfanas de su hermano Jerónimo, una de 15 y otra de 12 años. Su negocio y vivienda estaban ubicados en la calle de la Cárcel, con 15 varas de frente y 53 de fondo, teniendo en la planta baja dos salas, una cocina, despensa, horno, caballeriza, patio con corredor, traspuesta y cámaras, mientras que en la calle Ancha tenía otra casa, propiedad de sus sobrinas, lindera con la ermita del Santísimo Cristo Arrodillado. Las ganancias eran unos 6 reales diarios. Alfonso de la Torre, con 41 años, estaba casado y tenía dos hijos y cuatro hijas, todos pequeños, y se consideraba “tendero de especería”. Su establecimiento se encontraba en la calle Ancha, contando con cuarto bajo, tienda de especiería, cocina, casa horno, dos cámaras, pajar y cuadra, estimando sus beneficios anuales en unos mil reales.

     El comerciante Joseph Miguel Perea, tenía su tienda y vivienda en la calle Empedrada, contaba con 16 varas de frente y 14 de fondo, una fachada bastante considerable para la venta. El edificio poseía un dormitorio, cuarto principal y “otro accesorio que sirve de tienda”, una cocina principal y otra con horno, cueva y pozo en la planta baja, mientras que en la alta tenía cámaras que estaban divididas en cuatro piezas, las cuales utilizaría como almacén. Con 40 años, estaba casado, tenía cuatro hijos pequeños, y se consideraba “mercader con tienda avierta de diferentes generos y ropas”. Mientras él se encargaba de atender la tienda, su sobrino Juan Ramón Romero, que vivía con ellos, “se ocupa en salir a vender por las calles desta villa algunos generos”, no pagándole salario alguno, “solo el comer y dezencia de su vestir”. Como vendía ropa y otros géneros, que ofrecía no solo en la tienda sino por las calles, sus ganancias eran altas, unos 1.500 reales anuales “libres para pago de contribuciones y manutenzion de mi familia”, aunque reconocía que los ingresos eran variables y era difícil “dar punto fijo por consistir en las propaziones de el comercio, sus bredas y su buen despacho”.

     El resto de tenderos o comerciantes de Manzanares eran: Fernando Sánchez Archidona, de 55 años, que era zapatero, pero al ser corto de vista no podía ejercer bien su profesión, de la que apenas obtenía unos 100 reales, por lo que para completar sus ingresos, en su casa situada en la calle que iba desde la plaza al convento, había instalado una sala tienda de especiería con la que ingresaba otros 250 reales. El siguiente era Thomas Moreno, de 51 años, con una situación parecida al anterior, pues aunque era alfarero, debido a sus problemas de visión solo obtenía de su profesión unos 150 reales anuales, por lo que en su casa de la calle Empedrada, que lindaba con el mesón de la fruta, había abierto una tienda “de espezeria baja” de la que conseguía otros 250 reales. Finalmente, encontramos a Joseph Andrés Palomar, que vivía en la plazuela de Don Pedro Naranjo, el cual se definía como buhonero, por lo que se dedicaría a la venta ambulante, ofreciendo por las calles objetos de poco valor (agujas, alfileres, cuchillos, tijeras, dedales y otras cosas semejantes), por las que obtenía unas ganancias anuales de unos 500 reales.

     Como hemos podido ver, el comercio de Manzanares a mediados del siglo XVIII era variado, contando con siete establecimientos en la Plaza Pública, de los que seis estaban operativos, para la venta de frutas, legumbres, verduras y géneros frescos, por lo era el principal centro comercial de la localidad. De estas tiendas, una tercera parte era gestionada directamente por mujeres, lo que nos muestra su implantación dentro del comercio local. Además, había otras siete personas con el oficio de mercader o tendero, de los cuales dos tenían locales en la calle Empedrada, con una gran variedad de productos (ropa, sal, aguardiente, hierro, nieve,…), obteniendo 1.500 reales anuales. Otros dos tenían negocios más modestos, de mercería, especiería y quincallería, con unos ingresos algo menores, de 1.000 reales. De los restantes, dos eran artesanos que debido a los problemas para ejercer su oficio debido a una mala visión, habían montado pequeñas tiendas con las que completaban sus ingresos, en las que obtenían unos 250 reales, mientras que el último se dedicaba a la venta ambulante, con ingresos modestos, pero mayores que los dos anteriores, de unos 500 reales[3].

[1] El ducado equivalía a 11 reales de plata y un maravedí (375 maravedíes), mientras que un real de plata valía 2 reales y medio de vellón. Así pues cuatro ducados suponían unos 44 reales de plata o 110 de vellón. Eran valores aproximados, que solían fluctuar según la cantidad de metal con el que se fabricaban las monedas. En el Catastro de Ensenada, cuando hablaban de reales se referían a los de vellón.

[2] Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real (AHPCR). Sección Hacienda, Catastro de Ensenada, libro 708, Cuaderno de las memorias de casas, Plaza Pública.

[3] AHPCR. Sección Hacienda, Catastro de Ensenada, libro 539, Memoriales de legos y seglares.

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