Artículos Colaboraciones

El estilo de vida cristiano

Que sólo es pobre el que es libre y sólo es libre el que es pobre. La pobreza y la libertad caminan indisolublemente unidas. La persona auténticamente libre es pobre, se mueve en el orden del ser y se ha olvidado del tener

La economía en la que nos vemos envueltos es devoradora. La cultura consumista en la que nos movemos tiene una grandeza: hacer creer al consumidor que consume, pero es al revés: el consumidor es consumido por lo que consume. Nuestra dependencia de las cosas materiales es tan grave que algunos autores contemporáneos están empezando a cuestionarse el hecho de hablar de la libertad. Simplemente se nos ha reducido a seres que consumen y de los que hay que sacar el máximo beneficio.

El orden del ser ha sido devaluado por el orden del tener. “Eres lo que tienes”. Y en esa obsesión por el tener se pierde la humanidad y la grandeza de ser persona. No importa engañar en la venta de un coche o de una casa con tal de sacar un dinerillo de más, no importa la estafa a hacienda o a lo que sea con tal de que el propio beneficiado seas tú. Y es que la obsesión por el tener separa, rompe y divide. Mounier decía que el burgués es el hombre que ha perdido el sentido del ser, que no se mueve más que entre cosas, cosas utilizables e inservibles cuando ya no son utilizables. El hombre del tener es un hombre aislado, incluso dentro de su propia familia, porque el tener rompe el diálogo y rompe el encuentro.

¿Qué podemos decir entonces? Que sólo es pobre el que es libre y sólo es libre el que es pobre. La pobreza y la libertad caminan indisolublemente unidas. La persona auténticamente libre es pobre, se mueve en el orden del ser y se ha olvidado del tener. La persona pobre es libre y a nada se ata porque le impediría llegar a ser lo que tiene que ser. Esto es doctrina humana y -¡cuánto más!- cristiana. Las cotas de pobreza y libertad a las que llega Cristo nos enseñan que el cristiano y la familia cristiana no pueden llegar a ser lo que están llamados a ser si no se mueven en esos niveles de pobreza y libertad.

Hemos de ser claros y no engañar el sentido del evangelio: la economía de la familia cristiana ha de ser austera y al servicio de los demás. En nuestra casa ha de reinar la hospitalidad y la generosidad. En la primera carta de Juan leemos que el que no ama a su hermano no ama a Dios, y Jesús dice que no se puede amar a Dios y al dinero. Un estilo austero es el idóneo para el crecimiento sano de las personas que forman una familia. La mejor educación no se da dando todo lo que se pide. La excesiva preocupación y obsesión por crecer en lo económico y por ostentar un determinado nivel mina gravemente nuestro ser cristiano. Educar a los hijos en clave cristiana es también sentarse con ellos y compartir decisiones también a estos niveles. Hace poco he recibido una invitación a una primera comunión de una familia cristiana. En ese hogar se ha decidido que el dinero de todos los regalos que se iban a recibir vaya destinado a un proyecto en Sudamérica. Así celebra la familia cristiana una primera comunión. ¡Así grita la familia cristiana al mundo cómo desea vivir! Como Cristo, sencillo y entregado. Todo lo demás es secundario. Y la familia cristiana tendrá que decidir si hace de lo secundario lo importante o prefiere no extraviar su tesoro.

 

COMPARTE

Deja un comentario

*

Artículos Colaboraciones

Un café con… Sonia Delgado

Creación literaria

Historias de ayer (XI)