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El regalillo

Manuel Rodríguez Mazarro

Aquél comercio que conocimos, los que alguno queda todavía, en espera de jubilarse. La frase tan consabida: — “Vengo a que me enseñéis algún regalillo de poca monta, no traigo idea, tu enséñame”. –“¡Gracias, ya lo he visto, se lo diré a ella y lo que acordemos!”. Esto, después de haberse pasado quince minutos fácil, viendo y sacando artículos para agradar al cliente, género que hay que volver a colocar nuevamente en la estantería.

                  Otro día, señora que vuelve con otra persona. –“¡Hola!, venimos a que nos enseñes lo del otro día para ver que acordamos, sobre el regalillo”.  El agradable vendedor, vuelve a las andadas, por fin encuentran el atractivo “regalillo”. Total, eran unos 25 euros. Entre las dos personas pagan a medias o sea 12’50, ¡ojo!, lo hacen con tarjeta bancaria. –¡Por favor me lo envuelve en papel de regalo y me lo pone en una bolsa! –Mire usted, tenemos que cobrársela, son normas generales. –¡Pues mira!, encima que le vamos haciendo propaganda, la empresa no va a ir a menos por 5 céntimos.

                  Dos días después, vuelven las dos personas: –venimos a descambiar este “regalillo” por otra cosa, se ha juntado con dos iguales. El amable vendedor, con sonrisa de dolor molar, –¡no se preocupen para esto estamos! Otra vez el mostrador como habitación de niños. –Los clientes, después de volver a mirar lo mismo, deciden el cambio, otra vez nuevo envoltorio, la bolsa era la misma. 

                  De estos casos, a montones, venta en mostradores del pequeño comercio, tiendas que van desapareciendo poquito a poco, sin pausa. Los mismos clientes nos las fuimos cargando. Personas que no comprenden el dinero que cuesta el dependiente tras de un mostrador, atendiendo al cliente que no sabe lo que quiere, “el regalillo”

                  Es como estar sentados en la terraza de una cervecería, juntarse la “pandilla”, eso lo vemos y lo hacemos. Para nuestro disfrute tienen preparado aquel lugar, un camarero que te sirve, cerveza fría con vaso helado, aperitivo, tal vez un café, manzanilla o el vino. Una hora de “palique” y al pedir la cuenta alguien se queja del precio que le han cobrado. Eso tiene solución, la próxima vez se la toma en su casa y le sale más barato ir a un “súper”, se compra una botella al gusto y lo pasa fenómeno viendo la TV en el tresillo. –Esta frase no es de mi cosecha, es la opinión de un propietario de bar-terraza.        

Por poner un ejemplo, el hacerse un traje. Opino que cuando sales con él a la calle, la tela es aquello que menos ha costado, han sido pruebas, el coger de aquí, me tira de este lado, he engordado, la entrepierna, la sobaquera, la manga, el pliegue,… me acuerdo de la sastrería de “Perico”, “Clemente”, “Espinar”, “Cabezuelo”; tiendas de “El Blanco y Negro”, “Los Maesos o Pocharras”, “Mascaraque”, “Los Lillos”, “Antonio Enrique”, “Díaz-Pinés”, “Noblejas”, “Tejidos Rafael”, “Pacheco” y un largo enjambre de comercios de barrio que sus propietarios perdieron horas y la propia vida quedó encerrada en aquellas paredes tras del mostrador de madera, papel de estraza y báscula de platillos. Sin fiestas ni sábados, no hablemos de vacaciones.

El estudio del comercio nos los trajeron las grandes superficies, fueron enseñando el cambio de la tradición por la realidad. Hoy tienen variedad de todo y en cantidad, incluso marcas “blancas”. Cada cual coge el carrito, se despacha solo, mínima dependencia, tú mismo te haces el artículo y te lees el prospecto de instrucciones, con lactosa, gluten, caramelizado, grasas saturadas, calcio, colorante, sémola, inosinato, proteínas, fecha de caducidad. Les confieso que cuando voy a estos sitios no sé qué tipo de leche comprar.

Y lo del “regalillo”, –¡enséñame que no tengo idea de lo que quiero!  

 

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