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Elegir en Libertad

Jesús Villegas Cano

 

Las diferentes administraciones, en el ámbito de sus competencias en educación, han ido variando las condiciones de elección de centro escolar y los cambios en uno u otro sentido nunca han estado exentos de controversia. Son, básicamente, dos los modelos de escolarización que se suelen proponer dependiendo de las Comunidades Autónomas y, en ocasiones, de las circunstancias políticas en las que se ven inmersas: Por una parte existe el modelo por el que una determinada población se divide en distritos y se prioriza la admisión en un determinado centro a los residentes en ese distrito. El otro modelo es el distrito único por el que, independientemente del lugar de residencia, la familia puede elegir el centro que crea que más le conviene para la mejor educación de sus hijos. En ambos casos existen otros factores que condicionan la escolarización en el caso de no haber plazas suficientes para todos los demandantes de un centro: el número de hermanos en el miso o la renta familiar son los más habituales.

 

Ambos modelos se guían por las mejores intenciones, como no puede ser de otra manera. O se apela a un reparto equitativo de los alumnos por centro o se atiende al derecho de las familias a elegir en un aspecto tan sensible como es la educación de los hijos.

 

No será ajeno a cualquier lector el hecho de que supone una angustia considerable para la familia que su hijo sea escolarizado en un centro que no es el de su preferencia. Las razones pueden ser diversas. Da igual que todos los profesionales y sus colegios sean de una excelente calidad; el caso es que cada centro tiene su perfil distintivo, su manera de organizarse y su propio carácter. Esto no sólo es normal sino que es deseable pues supone una riqueza ahondar en la diversidad y la autonomía de los centros. Hay rasgos de los centros que las familias tienen derecho a poder elegir como podrían ser la exigencia en los exámenes, la importancia que se le da a los deberes, las actividades extraescolares que organice o los valores que se transmiten a los alumnos.

 

Esta disquisición entre los dos modelos de escolarización no sólo afecta a las familias y a su libertad de elección sino que afecta a los centros de una forma considerable. Con el modelo de distritos escolares, cada centro realizaba un número determinado de admisiones tan sólo condicionado por una variable, la demográfica. En el caso del distrito único, es bien cierto que existe el peligro de la desproporción dado que algunos centros quizá hagan acopio de más alumnado que otros lo que afecta, claro está, no sólo a la plantilla docente o al presupuesto del colegio sino al planteamiento pedagógico mismo de la escuela. Se introduce entre los centros una suerte de competencia que incrementa el estrés de la plantilla puesto que lo que está en juego muchas veces es la supervivencia del centro.

 Sin embargo, algunos tenemos el convencimiento de que esta desproporción siempre es transitoria y de que, con los años, tiende a equilibrarse de manera natural el número de alumnos de los centros porque la libertad de las familias fomenta que se elija con un sentido de la heterogeneidad.

Sin embargo, no son pocas las experiencias que podríamos aducir en este artículo sobre las bondades de un tipo de sana competencia: los centros mejoran su oferta educativa, amplían sus servicios, buscan financiación para mejorar sus instalaciones, ofrecen novedosas actividades, quieren enseñar más y mejor dando mejores oportunidades a sus alumnos y ampliando sus posibilidades de éxito y hacen que sus familias se sientan cómodas y acogidas. Los profesionales de la educación deben sortear, no obstante, con rigor y profesionalidad los peligros de que esa competencia provoque simplemente obviar las necesarias exigencias académicas o caer en el riesgo de hacer atractivo un centro desde la vacuidad y el prejuicio.

 

En el ámbito de lo social, ¿que mayor ventaja que promover la movilidad social desde una primera movilidad “geográfica”, facilitando que las familias puedan elegir el barrio dónde se sitúa el colegio de sus hijos y los que serán sus compañeros, vertebrando las ciudades de una manera más orgánica y cohesionada y evitando así la esclerotización de las barriadas que a veces acaban siendo guetos? Los colegios se enriquecen admitiendo alumnos de todas los lugares de la ciudad que los demanden y perseveran en su carácter propio, en su necesaria autonomía desde la heterogeneidad de sus alumnos.

 

Y, con todo, siendo la perspectiva de los centros importantísima y no menor el de la posibilidad de movilidad social, el tema fundamental que aquí se dirime es el de la libertad. Garantizar la libertad de opción es garantizar la posibilidad futura de un pensamiento libre, no condicionado por nada. Cada familia , en la educación de sus hijos, debe poder elegir en libertad.

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