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Entre dos aguas

Pablo Nieto-S. Gutiérrez

En el modelo educativo español se distinguen claramente dos etapas: (a) la obligatoria, entre los 6 y los 16 años, y (b) la optativa: universidad y formación profesional media y superior. Entre medias, o entre dos aguas, queda el Bachillerato, un nivel educativo de dos años tremendamente artificial, marcado, especialmente en el segundo curso, por la palabra EvAU (otrora PAU, PAEG o selectividad).

El Bachillerato parece el COU antiguo, pero ampliado y sin que, legalmente, posea esta condición.

En los centros, sin embargo, parecen no entender la condición posobligatoria y no necesariamente ligada a la universidad que tiene este nivel. Por ello, la enseñanza en estos dos años es manifiestamente mejorable… aunque no todo es culpa de los institutos, como ahora veremos.

En primer lugar, el Bachillerato se (mal) interpreta como una continuación de la ESO. Por ello, se sigue prestando una atención enfermiza a la asistencia y la participación en el aula. Mal inicio. Como enseñanza posobligatoria, sería conveniente dejar a juicio del alumno la asistencia (o no) a las lecciones. Así se refuerza la independencia del alumnado, lo que es muy necesario viendo el mal desempeño de este en instancias educativas superiores, y se hacen más fructíferas las clases.

Además, existe una fijación excesiva con la prueba final de Bachillerato (ahora llamada EvAU) y con su preparación. Por ello, temas cruciales se dejan sin estudiar “porque no caen en selectividad”. Craso error. No todo el mundo que hace Bachillerato entra en la Universidad; se puede estudiar también un módulo medio o superior. Por ello, no se entiende esta fijación con la selectividad. Desgraciadamente, el cada vez menor tiempo lectivo en 2.º de Bachillerato obliga a prescindir de ciertos contenidos, pero esto no debe ser óbice para que solo se estudien los conceptos claves. En lugar de seguir milimétricamente la hoja de cuestiones de la selectividad, se debería explicar un manual completo y dejar al alumnado (de nuevo, apostando por la independencia en esta etapa posobligatoria) elaborar el temario final —para selectividad— de la asignatura. Repito: entiendo la dificultad y el escaso tiempo para ello.

Como conclusión, simplemente quiero recalcar que es comprensible la postura docente ante la pifia legal y universitaria en la organización del Bachillerato y de la selectividad, respectivamente. Sin embargo, si esto descuida el propósito fundamental de un nivel educativo —enseñar y hacer madurar al alumnado—, entramos en el proceso actual: obviamos la “enseñanza de verdad” para resolver solo las cuestiones de selectividad. Los docentes deben luchar por volver a un modelo educativo que apueste por la independencia, la formación integral y la maduración del alumnado en el posobligatorio Bachillerato. Para ello, deberán enfrentarse a instancias superiores —universidades, Ministerio de Educación…— si lo creen conveniente. Solo así mejorará la educación de este nivel que, actualmente, se queda entre dos aguas.

 

 

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