Artículos Colaboraciones

Galdós y el enigma

Jesús Villegas Cano

A propósito del artículo sobre Galdós publicado en estas misma páginas y la efeméride recordada, he visto la oportunidad de seguir ahondando en la literatura del genial escritor, lo que siempre resulta pertinente.

Es ya un lugar común que se proponga Galdós como el máximo exponente del realismo español y si quisiéramos ir un paso más allá en el análisis literario deberíamos añadir el adjetivo “decimonónico” porque realistas y realismos hay muchos y más aún tratándose de España. Tradicionalmente se ha dicho que una de las características identitarias de la literatura española (quizá del arte español) es el realismo. Es más, podríamos decir que en literatura, el realismo se inventó en España. Lo inventó el autor del Lazarillo y lo llevó a su perfección Cervantes. Aunque fue Cervantes precisamente de quien pudo aprender Galdós la sublimación del realismo a una especie de, cuesta encontrar el adjetivo, universalismo.

Con el realismo siempre se da el mismo problema: corre el peligro de acabar cayendo en el localismo o en el socialismo. Explicaré en qué sentido utilizo ambos términos. Por localismo ha de entenderse el interés por lo concreto, no “lo local” sino “lo localizado”, lo referente a un ámbito espaciotemporal demasiado definido. Esta circunstancia hace que “lo histórico” a la larga, se convierta en un lastre y con el paso de los años, la novela sea leída, extemporáneamente, como una novela histórica, como una experiencia de erudición, como un documental o como una curiosidad para profesores relamidos.

Con respecto al término “socialista” lo he utilizado con toda la intención. En realidad, podría haber utilizado la expresión “caer en la sociología”, lo que ocurre es que creo que se debe poner de relieve el hecho de que toda novela realista puede acabar, y de hecho acaba en muchas ocasiones, siendo novela marxista, lo que, por otra parte, a nadie debe espantar. La deriva del Naturalismo, de Zola, por ejemplo, salvando todo anacronismo, así lo muestra, pero si queremos no correr el peligro de los anacronismos, vayamos a la novela social de los años cincuenta en España donde la impronta política, militante, es preclara.

Desde el punto del vista del arte, lo primero y lo segundo resultan ser una limitación. Ya decía Claudio Rodríguez que “la poesía política ni es poesía ni es política”. Hacer hincapié en lo local, localista, costumbrista, si se quiere ser aún más pudoroso con las etiquetas, da como resultado una literatura “de museo” cuya pertinencia con el paso de los años se difumina. Lo mismo con la novela ideologizada: funciona en un contexto histórico determinado pero resulta discutible, incluso se ve ingenua y “buenista” con la perspectiva de los años.

El buen realista irremediablemente acaba trascendiendo el realismo. La directriz la marca muy claramente Cervantes: de la realidad social a la verdad humana. Le ocurrió a Galdós como le ocurrió a Goytisolo, por poner solo algún ejemplo, aunque las direcciones adoptadas fueran diferentes, quizá influidos por los avatares ambientales y las filosofías del momento. O por la disposición espiritual personal. Quién sabe. Mientras la evolución de Galdós fue “centrípeta”, hacia adentro, hacia la concentración del sentido y la búsqueda del universal humano, la evolución de Goytisolo fue “centrífuga”, hacia afuera, hacia la dispersión del sentido, el relativismo y la nada.  El paso definitivo lo da en Señas de Identidad que es a la vez retrato de una época así como disolución del yo en un magma ambiental confuso. En Reivindicación del conde don Julián es el lenguaje mismo el objeto de la máxima dispersión.

Galdós hubiera sido un buen escritor realista si no fuera porque acabó siendo algo mucho mejor, un escritor “universalista”. Dio el salto de la sociología al espíritu y supo captar el “alma” de una época a la par que profundizar en el “sentir” y en el enigma, el genio y la miseria del ser humano trascendiendo lo meramente histórico. Por eso sus novelas están vigentes y conmueven a los lectores de todas las épocas. Lo mismo que Cervantes y todos aquellos a los que hemos dado en llamar clásicos. Es habitual entre los que estudiamos literatura hacer referencia a la tercera época de Galdós como “espiritualista”, toda vez que cristaliza en él la influencia de Tolstoi, y que hace referencia a la solidaridad humana. Pero leer Misericordia (1897) solamente desde la perspectiva “solidaria” reportaría carencias y una cierta miopía desaconsejable. Ni “solidaria” en el sentido político (aunque se acerca en la vida de Galdós la época en la que comparecerá como diputado socialista) ni en el sentido “humanitario”. Tampoco “espiritualista”, que nos parece un término incluso feo: “espiritual” o “religiosa” siempre que se adopte el término “religioso” desde una perspectiva amplia, no del todo confesional. No es que tenga que justificarse pero no era Galdós un piadoso practicante. “Religiosa” como esa parte de la persona y de la vida que trasciende lo social y lo circunstancial y que aporta sentido. Incluso “mística”. Esta dimensión no la da ni la materia “social”, “activista” que diríamos hoy, comprometida, solidaria sino el enigma de la pura bondad, de la “misericordia” que es un concepto religioso y desde luego mucho más complejo. El enigma (enigmáticas, aunque bien conocidas, las palabras que Benigna dirige a Juliana cuando ésta le pide que le mande creer: “y ahora vuelve a tu casa, y no vuelvas a pecar”) de la fe religiosa, entre otros muchos aspectos que no pocos han tenido ocasión de destacar, hace que Galdós adquiera una dimensión humana atemporal, universal y trascendente.

 

 

 

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