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Hechicería en Manzanares en los siglos XVII y XVIII (III): Ángela “La Cañamera”

                                       

         Concepción Moya García y Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil

     A mediados del siglo XVIII fueron varias las hechiceras procesadas en Manzanares. Debido a la causa seguida contra Isabel de la Maza, por las informaciones obtenidas en la misma, el secretario del Secreto del Santo Oficio de Toledo, Nicolás Juan Paniagua y Toledo, en obediencia del decreto del tribunal de 19 de diciembre de 1759, procedió contra Ángela “la Cañamera”, vecina de Manzanares.

     Las indagaciones comenzaron por una comunicación del Tribunal de la Inquisición de Toledo realizada el 29 de septiembre de dicho año. Al llegar esta a Manzanares, hizo que el familiar del Santo Oficio en la localidad, Jerónimo García Navarro, mandase el 17 de noviembre a su alguacil mayor, Manuel Fernández Castellanos, citar a los testigos necesarios para formar la sumaria contra la acusada. Las personas llamadas a declarar fueron: Josefa Gómez Pardo, Ana María Fernández, viuda de Pedro Chapiro, Josefa López de los Mozos, Alfonso Ramírez de Arellano, Inés Salmerón y Teresa Martín Maeso de Mora, todos ellos vecinos de Manzanares[1].

     Josefa Gómez Pardo de 39 años, viuda de Juan Bautista Vázquez, declaró que Ángela “la Cañamera” era “mal opinada”, según había oído a Ana María Fernández. Unos diecinueve años antes, la supuesta hechicera, le había compuesto una torta al marido de Ana María, el cual poco después enfermó y murió. La testigo desconocía el tiempo que vivió después de comida dicha torta, aunque sí sabía que “su mujer yzo juicio de que era hechizado”. También añadió que Magdalena Germán, mujer de Matías Roncero, le dijo en una ocasión que le habían hurtado un azadón, y encargó a la acusada que se lo restituyera. En esos momentos era tiempo de Pascuas y una noche que cerraron las puertas y se fueron de la casa, al volver se encontraron el azadón en las aguaderas.

     La siguiente interrogada fue Ana María Fernández, de 53 años, la cual dijo que a los cuatro meses de estar casada con Pedro Chapiro, estuvo su marido impotente, y este para justificarse le dijo que “sospechaba con fundamento que Angela la Cañamera lo tenia assi pues esta estaba ynteresada en que se casara con otra”. La forma en que había realizado el hechizo fue dándole a comer una torta un domingo, y habiéndola dejado escondida se la encontró llena de gusanos al sábado siguiente, momento en que comenzó a sentir la impotencia.

     Para buscar solución a su mal, su marido había recurrido a Manuel Guijarro, ya difunto, que lo llevó a casa de María “la Rugera”, la cual también había muerto, porque sabían que solía frecuentar la casa de “la Cañamera”. Pero no les dio solución, indicándoles que su mal “Dios lo remediaría”. Manuel le dijo entonces a Pedro, que “la Rugera” no podía quitarle la impotencia por sí sola, pues necesitaba la asistencia de la persona que había realizado el hechizo.

     Por todos estos hechos, había mala relación entre la testigo y la acusada, habiéndole expresado esta última a Ana María que se habría de acordar de ella. En una ocasión en que la supuesta hechicera le entregó una libra de cardado para que se la hilara, en pago le dio una panilla y media de aceite, si bien la declarante receló de comérselo. Pero al salir a realizar una diligencia, “su madre hizo en este yntermedio unas sopas que comidas inmediatamente se puso mala”. Al preguntarle a su madre qué aceite había utilizado, esta le dijo que el que había traído “la Cañamera” y desde entonces “estuvo totalmente sin gana de comer, seca y renegrida unos quatro meses”. Como no encontraba solución a sus trastornos, Ana María fue a casa de Ángela y “le dijo que yba a pedirle perdón si en alguna cosa le abia ofendido”, recibiéndola esta con gusto y expresándole que no la invitaba porque era Viernes Santo y comería con su hijo. El miércoles siguiente acudió de nuevo a visitarla y tras comer juntas, Ana María recuperó la salud y el apetito.

     Josefa López de los Mozos, viuda de 50 años, declaró al familiar del Santo Oficio que vivió durante algún tiempo con la denunciada haría unos treinta años. En aquellos momentos ella y su marido gestionaban una casa de posada, lamentándose este de que no llegaban clientes al negocio, a lo que “la Cañamera” para consolarlo le contestaba que si no habían venido, ya llegarían. Por otro lado, la testigo percibía que cuando “estaban reñidas las dos no benia nadie y amistándose con la dicha Cañamera se llenaba la casa de jente”. Algunas veces, la encausada le indicaba a la declarante que “compusiera luzes para la gente que abia de venir aquella noche” y la posada se llenaba.

     En una ocasión que había desaparecido un cerdo pequeño de su casa, y había ofrecido limosna a San Antón para recuperarlo, la hechicera le dijo: “dame algo que yo te lo traeré”. Eso ocurrió por la noche y al día siguiente se lo trajeron de la casa donde estaba, a la cual había acudido varias veces la testigo negándole que estuviera allí, pero cuando fue Ángela les dijo “no me lo nieges pues lo tienes atado en la cueba”, se asustaron y lo entregaron enseguida a sus dueños.

     Otro hecho que conocía era que al padre de Ana María, la anterior declarante, le habían robado una mula, y acudieron a pedir ayuda a “la Cañamera”, la cual se negó “y se dio por sentida para que la buscasen para estas cosas”. Ante la negativa, Ana María buscó la ayuda de otra mujer, para ver si entre las dos podían convencerla, pero al acudir a su casa “no allandola en ella ni a sus yjas se llevaron una saya” que era de una de sus hijas. Al ir la hechicera a casa de Ana María a pedirle que le devolviera la prenda, esta lo negó, a lo que le contestó que “abia estado en su casa la noche antes y que nadie sino ella se la abia llevado e ynsistiendo en negarlo dijo la dicha Cañamera tu la tienes en esa arca sácamela y se la dio como deste echo estaba descubierta”. Una vez aclarada la situación, la acusada estuvo más proclive a colaborar en la recuperación de la acémila, por lo que unos días después le dijo a Ana María que la mula había sido vendida, dónde y a quien, por lo que su padre pudo ir donde se encontraba y recuperarla.

     También indicó que “la Cañamera” tenía un borreguillo y lo sacaba muchas veces a comer a la orilla del río, por lo que en una ocasión en la que estaba Josefa junto con Alfonso, hijo de aquella, la gente que se encontraba en el rollo, les dijo “ya ba la bruja de tu madre con el borreguillo no faltara gente esta noche en tu meson”. Como podemos observar en este comentario, había varias personas en el pueblo que la tildaban de bruja.

     El siguiente testigo fue Alfonso Ramírez de Arellano, casado y con 62 años, el cual se limitó a decir que era voz pública que Ángela “la Cañamera” era tenida por hechicera en el pueblo y que lo sabía “por aberlo oydo dezir a muchos”, aunque no presentó ninguna otra prueba ni relató ninguna situación de la que hubiera sido testigo o le hubieran contado, que implicara directamente a la acusada.

     Inés Salmerón, soltera de unos 40 años, dijo que hacía unos seis o siete años que Ángela y sus dos hijas vivían con una prima suya llamada Francisca, que ya había muerto, y esta le contó que en una noche que estaba en la traspuesta o corral vio tres bestias, lo cual le extrañó pues no había ningún animal en la casa ni podían entrar sin que ella los viera. Se retiró del lugar “pasmada de miedo” y viéndola poco después la dicha “Cañamera” y sus hijas empezaron a dar grandes risotadas, “de manera que yzo juizio dicha su prima que estarían trasformadas en bestias”. La testigo apostilló que su prima era reputada por buena cristiana, recogida y devota, y que oía misa todos los días. Al preguntarle el Juez de la Comisión, qué opinión tenía sobre “la Cañamera”, respondió que “era mala”.

     También relató la declarante que como vivía frente a la acusada, una vez que estaba alojado un soldado en su casa y llevaba su caballo a la vivienda de “la Cañamera”, un día vino esta a pedirle que le diera un pedazo de la ropa del soldado, porque tenía un puerco que se había puesto malo. Inés se lo dio, sin recordar si era de paño o lienzo, y poco después la supuesta hechicera le dijo que el cerdo se había puesto bueno “sahumándolo con el dicho pedazo de ropa”, aunque ella en ningún momento vio el puerco ni antes ni después.

     La última testigo convocada, Teresa Martín Maeso de Mora, viuda de 50 años, declaró que haría como unos siete años, le desapareció una yegua a Don Juan de Cabreros y León, al cual estaba sirviendo su marido, Juan Muñoz, como mayoral de labor. Para recuperarla, su marido contactó con la acusada, pero esta le estuvo dando largas diciendo que pronto aparecería o que ya estaba en camino, hasta que poco después la trajo un forastero, y durante este tiempo “le saco algunos dineros”.

     Finalmente, compareció Felipe Manzanares, de 60 años y casado, quien fue citado a última hora por el alguacil mayor, Manuel Fernández Castellanos. Declaró que hacía unos cuarenta años le habían hurtado una capa, y sabedor de este hecho llegó a su casa Antonio Peñalver, ya difunto, y le dijo que “la Cañamera” y su mujer María Gómez “compondrian que la dicha capa pareciese”. Pasados treinta o cuarenta días y viendo el declarante que su capa no aparecía “y que le costaba dineros, que pedia dicha Cañamera y que le abia dado cinco o seis o mas bezes” dio por concluido el trato con ella al conocer que era una embustera. Recordaba que en una de las ocasiones le habían mandado a la ermita de Santa Ana, y el testigo buscó la capa en la ermita “rincón por rincón y el cuarto del Santero y a este le obligo a que abriese una arca que abia allí que en ella allaria dicha capa”, según le había asegurado la hechicera. Finalmente no encontró nada, pasando además la vergüenza de que el santero “estuvo mui sospechoso de que yba a robarle”[2].

     En las declaraciones de los testigos se observa que la mayoría de los hechos relatados habían ocurrido hacía mucho tiempo, en ocasiones más de treinta años, y los más recientes unos seis o siete. Además todas las personas citadas habían fallecido, por lo que no había nadie que pudiera corroborar los testimonios o si los hechos relatados habían sucedido tal y como los habían contado.

     La actuación de esta supuesta hechicera se centraba sobre todo en la búsqueda de objetos y animales perdidos o de clientela para los negocios de hospedaje, por lo que parece más una mediadora, tratante y recuperadora que una hechicera. En el caso con una temática sexual, hay una relación personal entre el afectado y ella, pareciendo más una justificación de la impotencia que el resultado de un hechizo. Con respecto a la supuesta muerte por la torta hechizada, es normal que una semana después de tenerla guardada, el alimento se estropeara y suena a excusa para justificar una muerte por causa desconocida o por consumir alimentos en malas condiciones. Finalmente, la conversión de “la Cañamera” y sus dos hijas en bestias, parece una broma gastada a una persona influenciable y temerosa, favorecida por las circunstancias.

     Por ello, aunque Ángela “la Cañamera” fuera tenida por hechicera, sus actuaciones eran más livianas que en el caso de sus predecesoras, ya que no usaba supuestos hechizos ni invocaba demonios para realizar su labor, lo cual no le evitó las acusaciones de los vecinos, y el hecho de ser citada en otro caso había provocado su investigación. Incluso en el caso de su supuesta colaborada María “la Rugera”, esta solo es citada una vez y no parece tener capacidad para realizar lo mismo que Ángela, a la que uniría una relación de amistad.

 

Concepción

[1] Archivo Histórico Nacional (AHN). Tribunal de la Inquisición de Toledo. Legajo 83, expediente 8. Proceso de fe de Ángela la Cañamera. Decretos y comunicaciones del tribunal.

[2] AHN. Tribunal de la Inquisición de Toledo. Legajo 83, expediente 8. Proceso de fe de Ángela la Cañamera. Declaraciones de los testigos.

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