Artículos Historias de antaño y de vida

Hechicería en Manzanares en los siglos XVII Y XVIII (IV)

Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil y Concepción Moya García.

En el año 1789 tuvo lugar otro proceso inquisitorial contra dos supuestas hechiceras en Manzanares: María Montoro “la Niña” y Catalina Ángel de Torres “la Coja”. Una denuncia de Catalina Guijarro el 18 de abril dio comienzo a la actuación inquisitorial, ordenando el 27 de abril el inquisidor fiscal Yeste al cura de Manzanares que iniciara el procedimiento. Los interrogatorios dieron comienzo en junio y se prolongaron hasta octubre, llegando a ser más de veinticinco las personas interrogadas, actuando el fiscal contra las acusadas el 12 de febrero de 1790[1].

     En ambos procesos, predominaron las actuaciones con un trasfondo amoroso y sexual, como conseguir la atención de un enamorado, recuperar al novio o a la persona amada que había buscado otras relaciones, a un amante, a un marido infiel, o ligar a un hombre para evitar que tuviera relaciones con otras mujeres o desligarlo para que recuperara su capacidad sexual. Un hombre era ligado cuando quedaba impotente, siendo achacada dicha acción a la realización de un conjuro. En estos conjuros se utilizaba la sangre menstrual, por creer que tenía poderes.

     La primera de las acusadas fue María Montoro, alias “la Niña”, viuda de Santiago Navarro, de unos 35 años, de oficio lavandera de ropa blanca, que vivía en un pajar de la calle Carrilejo esquina con la de los Serranos. Era de estatura mediana, color blanco, pelo castaño obtuso y crespo, ojos de color de pasa, cejas arqueadas y negras, cargada de hombros y pie mediano. Tenía fama de mujer libidinosa “dedicada a este vicio desde su tierna edad con todo genero de personas, por lo que a sido reprendida distintas veces por esta real Justicia…y es tenida por algunas gentes por supersticiosa”. La otra acusada era Catalina Ángel Torres, alias “la Coja de Parada”, viuda de Juan Parada, de 47 años que vivía en la calle Estación, en una casa propia lindera con la fábrica de jabón. Tenía 4 hijos, era de estatura mediana, coja del pie izquierdo a resultas de una sangría, color blanco y cabello corto. “Su conducta fama y opinion es de una mujer prostituta, dedicada a apadrinar obscenidades, permitiendo en sus casas un lupanar, y estafando con sus supersticiones a quantos puede”[2]. En sus andanzas era acompañada en ocasiones por Antonia “la Carrilla” de Argamasilla de Alba.

     El primer hechizo que aparece en las declaraciones fue el realizado por María Montoro al carabinero Melchor Crespo, con el que tenía relaciones, para que no pudiese realizar acto carnal con otras mujeres. El 3 de diciembre de 1788 le pidió carne y tripas a Catalina Guijarro para hacer dos chorizos, cuando estaba ensartando y envasando chorizos de su matanza, y al preguntarle para qué los quería, contestó que para “hecharles unos polvillos con un poco sangre suia, para darselo a Melchor Crespo que al presente se halla en Almagro en su compañía, para que este no pueda estar con alguna otra muger”, aclarando que los polvos se los había facilitado “la Coja”, los cuales tenían el color de los cominos rayados.

     Un caso muy similar era el de María Gracia Rodríguez “la Gracica”, que buscaba el remedio para que su novio, Ignacio Manrique, dejara de visitar a María Candelas “con quien andaba mal entretenido”, entrase de nuevo en su casa y se casase con ella. A finales de noviembre de 1788, al hablar con su lavandera María Antonia Navarro “la Pelina”, por si conocía a alguien que pudiese recuperar una manta perdida por su hermana, esta le aconsejó que contactara con Ana de Marín, que estaba en Venta Quesada o Puerto Lápice, dándole Gracia una peseta para las gestiones. Al no poder localizarla, le comentó que María Montoro y Catalina Ángel, le podían solucionar sus problemas, pues tenían habilidad para buscar cosas perdidas y para que los hombres se apartasen de amistades poco deseables. Tras entrevistarse María Antonia con Catalina, le pidió a Gracia 10 reales para comprar los medicamentos para el remedio, que tenía que adquirir en Membrilla. Con posterioridad, tras recibir un nuevo pago de seis reales, ordenó a María Gracia que preparase el día siguiente a las cinco de la madrugada una buena lumbre, sal común y aguardiente.

     “La Coja”, María y “la Pelina” acudieron a la casa de “la Gracica”, situada en la calle Ancha, y tras cerrar la puerta de la cocina, realizaron el conjuro que consistió en sacar un poco de brasa, tirar la sal con violencia tres veces a la lumbre al tiempo que la revolvía haciendo rayas, recitando el conjuro: “Ignacio ven que te quiero te adoro y te estimo, y te traigo devajo de la suela de mis zapatos”, echando a continuación el aguardiente al fuego. Una vez repetida la acción tres veces, “la Coja” indicó a la “Gracica” que debía realizar la misma operación. Al dudar María Gracia de si estaban haciendo “una cosa mala y sera necesario confesarlo”, la hechicera le contestó que eso no causaba daño a nadie. Tras ello la “Gracica” les entregó un pan, una tajada de tocino y una morcilla como pago.

     Eusebia Madrid, mujer del pastor Juan Antonio Peñasco, declaró que María Montoro utilizaba otra variante del hechizo para que un hombre no pudiera “querer ni cohavitar con otra mujer”, por el que mojaba tres pedazos pequeños de pan en sangre de su menstruación, luego los quemaba y los majaba en un almirez, mezclándolos con un poco de carne adobada, “pero no le dijo nada de polvillos”. Eusebia, siguiendo sus indicaciones, había ligado a su amante, el carabinero Josef Risueño, que así no podía tener acto carnal “con mujer alguna”.

     Josefa Martín del Campo alias “la Dorotea”, viuda de Alfonso Maldonado, vecina de Manuela Gómez y de Eusebia Madrid, indicó que María Montoro solía conversar con ellas, y hacía unos ocho meses le había recomendado que ligara a Manuel Cortés, “carabinero residente oy en Almagro” con el que tenía relaciones, como habían hecho ella y Eusebia con sus amantes. Eusebia le comentó que cuando Josef Risueño iba a Almagro “no me da cosa pues lo mas que puede hacer es tener un rato de conversación”. Ante el interés de Josefa, María le explicó la forma de hacer el conjuro y que los polvos se los podía facilitar “la Coja”.

     María Montoro, lo mismo que ligaba a los hombres los desligaba, de ahí que cuando Manuela Gómez “la Cazadora”, viuda de Vicente Montoro, contactó con ella, porque el carabinero Manuel Lozano, al que le lavaba la ropa desde hacía dos meses y con el que “tenía amistad”, le había reconocido que no podía tener relaciones carnales, porque llegó ligado de Almagro, no le quiso dar el remedio porque “son unas cosas mui delicadas”. Finalmente le dijo que a un tal Crespo lo había sanado, recuperando su capacidad sexual, al darle unos polvos disueltos en agua por las mañanas, los cuales se hacían acudiendo a la iglesia parroquial o a una ermita, y “quando no parezca gente, levantar los manteles de qualquier altar, y con una navaja levantar un astilloncico del mismo sitio donde cae el caliz y echo polvos darlos a el sugeto ligado en comida o bebida”. Para obtener la astilla le recomendó que la sacara “quando pasare por la ermita del Santo Arrodillado”.

     Los interrogatorios permitieron descubrir otros hechizos utilizados por las acusadas para atraer a los hombres, uno consistía en buscar el huevo de una gallina negra y entrar con él en lo más hondo de la casa entre las doce y la una, durante tres noches consecutivas, recitando ciertas fórmulas. En la primera noche se oiría un poco de ruido que iría aumentando en las dos siguientes, viendo en la última “infinitas bisiones”. Tras ello debía dirigirse a la casa donde estuviera “el sugeto que se queria atraer y aunque las puertas estuvieran cerradas haciendo una cruz en dicho huevo y diciendo ciertas palabras”, el hombre querría a la mujer que realizó el hechizo. Otra fórmula era utilizar unos polvos “y dirigiendolos con el soplo al hombre inmediatamente lo atraia”. En el caso contrario, para que un hombre repudiara a una mujer, Benita Díaz Peñalver, había sahumado la ropa de Antonio Barrera con el excremento de la mujer con la que tenía amistad, para que se apartase de ella.

     Los investigadores teniendo noticias de la amistad de “la Coja” con Francisco Canuto, de oficio zapatero, de quien se sospechaba que su casa era un refugio de prostitutas, descubrieron que ambos habían tenido una disputa el día de San Juan de 1788, en la que Canuto le dio una bofetada a “la Coja” cuando le “prorrumpió esta en voces descompuestas y le llamo picaro ladron”. Francisco Canuto declaró que había oído decir que “la Carrilla” y “la Coja” eran brujas, e iban a Membrilla por unos polvos.

     Entre las clientas de la “la Coja” estaban Ignacia Zúñiga, mujer de Juan Blanco, que tenía una amistad y buscaba un remedio “para seguir en ella o apartarse pues no save de partido para que”, Ana María Ruiz para atraer a Florencio el Carabinero, y Agustina Cano Huerta para el mismo fin con otro hombre, mientras que Antonia Ortiz, mujer de Pedro Moreno de la Paz, la había contratado para que su marido se apartase de una amistad escandalosa que tenía. Ana María Ruiz, se había valido de “la Coja” para que Antonio Freginal alias “el Jardinero”, que trataba con su sobrina Juana Sánchez de Ávila y se “avia retirado volviese a seguir su trato”, tras darle unos polvos que surtieron el efecto deseado, pagando por ellos 16 reales, que obtuvo empeñando una basquiña. Antonia Ruiz de Aragón, cuñada de Ana María, aunque dudó en un principio diciendo que estaba “muy bien con mi marido e ijos y no quiero ofender mas a Dios”, acabó solicitando ayuda a “la Coja” para recuperar la relación con el carabinero Josef Conde, que la había dejado, pagando 8 reales por los famosos polvos.   

     Ana María Ruiz declaró que viviendo en Madrid, su marido era un “hombre vinoso y por ello la irrisión del pueblo”. Como había tratado con diversos “facultativos en el arte medica” y no le dieron solución, contactó con una mujer valenciana llamada Tomasa, la cual le contó un remedio para que los “ombres estimasen a las mugeres o al contrario”. Este consistía en encargar a un herrero un clavo de un cuarto de largo, el cual debía clavar en el suelo la noche de San Juan o a las doce de la noche de un viernes, al tiempo que se decía el conjuro: “estrella que en el alto cielo estas, tres cosas que pido me las as de otorgar, la primera clavar a la persona que sea, en la cabeza, para que tenga firmeza, la segunda en los oidos, para que no olbidaran, y la tercera en el corazon para que no me deje y tres señales que pido me las as de otorgar, que son puertas sonar, perros ladrar y vorricos rebuznar”, debiendo desprenderse al decirlo de escapularios, rosarios, reliquias o monedas que tuvieran una cruz.

     Los testigos relataron un suceso singular que había tenido lugar entre el panadero Bernardo Galiana alias “el yesero” y Ana Marín, otra supuesta hechicera. Bernardo declaró que cuando venía de una huerta de hortalizas de su cuñado Manuel Rodríguez de la Paz, al llegar a las Tejeras le salió al encuentro Ana Marín, huérfana y soltera, y le pidió uvas, pero al no llevar le entregó un melón y le dijo que en otra ocasión que fuera a los majuelos le daría las uvas. Dos o tres días después, cuando se dirigía a las ocho de la noche hacia la huerta, se subió Ana Marín al carro con un esportillo y durante el trayecto le contó que había tenido relaciones ilícitas con varios hombres y que la había de llevar a Murcia, tras lo cual observó que se le deformaba la boca y le castañeteaban los dientes de forma extraordinaria, por lo que invocó a la Virgen del Carmen, le dio dos puñetazos y la echó por la parte delantera del carro, pensando que había muerto, y cual no sería su sorpresa al volver al pueblo y encontrarla en perfecto estado en la calle de La Soledad. Ana contó su versión del suceso, indicando que Bernardo se había ofrecido a llevarla a coger uvas, y que al llegar a unos olivares en el camino de la Cruces, ella le comentó de broma que podía llevarla a Murcia a por limones y acabaron discutiendo, él le dio una bofetada y la echó del carro, por lo que volvió al pueblo y no pasó nada más.

     Catalina de Torres “la Coja” negó todas las acusaciones, y las justificó diciendo que lo único que hizo fue un día que iba de paseo con Antonia “la Carrilla” de Argamasilla de Alba, de profesión curandera de lienzos, con el objeto de acompañarla para buscar piezas de lienzo que curar, pasando por la calle Ancha delante de la casa de María Gracia Rodríguez, esta las llamó y les contó que su novio andaba amancebado con otra mujer y no quería cumplir su palabra, entonces preguntó a Antonia si conocía algún remedio para ello, como era del Lugar Nuevo (Argamasilla de Alba), a lo que le respondió que “de malas lenguas como la de Vd y la de otras en siendo una muger del Lugar Nuevo o de Daimiel entiende que somos todas brujas”, tras lo cual se marcharon airadas. Más tarde “la Carrilla” comentó a Catalina que “no sera malo que a esa tontuela que nos hablo esta mañana darle unos polvos de esa goma que Vd tiene para limpiar esas madejas encarnadas y con esto me dara alguna cosa para comer, porque no tengo que”, tras lo cual machacó la goma, que era de álamo negro, y se la facilitó a María Gracia indicándole que se la diera a su novio mezclada con dos chorizos, la cual le entregó en agradecimiento dos panes y un poco de tocino. Dos meses después Catalina se encontró con María Gracia y esta le dijo que el remedio no había surtido efecto y había denunciado a su novio ante la justicia que lo había detenido. Catalina declaró que ella se limitaba a realizar lo que le habían contado “la tía Tula” y Antonia “la Carrilla” de Argamasilla de Alba, para estos casos, y lo había efectuado en muchas casas, pensando que no era algo malo.

 

     Las declaraciones de los carabineros aclararon la cuestión sobre sus ligaduras. Francisco Rosado declaró que se encontraba enfermo con unas purgaciones, y buscando el modo de sanar “le dijo Isabel Guijarro que Blas Romero alias “el Cortijero” le daria unos polvos para curar dicho mal” y tras tomarlos dos mañanas con agua consiguió “expeler el dicho mal” y que nunca estuvo ligado. Como su lavandera Ángela Muñoz le recriminaba que iba con varias mujeres y sus superiores lo debían castigar, él para excusarse le dijo que no hacía nada con ellas porque estaba ligado y le enseñó los polvos para curar las purgaciones, como prueba de que era verdad y se los tomaba para sanar del hechizo. Manuel Lozano, indicó que como su lavandera Manuela Gómez no hacía nada más que insinuarse “e instandole esta a tratar obscenamente” y él no quería tener relaciones con ella, le dijo “que no podía coavitar con ella porque avia venido ligado de Almagro, dicha expresión solo la izo para evadirse…y que jamas a padecido tal accidente ahora ni en tiempo alguno, ni menos save lo aya estado otra persona”, Manuela no desistió y no hacía sino ofrecerle remedios para curarse del supuesto mal[3].

     En este caso, vemos como las “hechiceras” María Montoro y Ángela Torres se centraban en la búsqueda de soluciones a problemas de temática amorosa o sexual, contando con una notable clientela de novias despechadas y abandonadas, mujeres viudas o casadas que mantenían relaciones con carabineros destinados en Manzanares o en Almagro, o mujeres que deseaban atraer la atención de algún hombre, mezclándose en ocasiones con personas ligadas a la prostitución. Se observa asimismo la fama que tenían las cercanas poblaciones de Daimiel y Argamasilla de Alba, como lugares donde abundaban las brujas y hechiceras, y cómo algunas vecinas de Manzanares que se relacionaban con ellas, al aplicar sus remedios, obtenían comida o dinero como un medio de subsistencia, sobre todo en el caso de viudas que carecían de recursos, apareciendo Membrilla como el pueblo donde se obtenían los productos para los conjuros y hechizos. Los carabineros lo que hacían era buscar excusas para evitar mantener relaciones con mujeres que no deseaban, alegando estar ligados, aumentando así la clientela y fama de las hechiceras.

[1] Archivo Histórico Nacional (AHN). Tribunal de la Inquisición de Toledo. Legajo 92, expediente 2. Proceso de fe de María Montoro y Catalina Ángel de Torres. Decretos y comunicaciones de los inquisidores y del fiscal.

[2] AHN. Tribunal de la Inquisición de Toledo. Legajo 92, expediente 2. Proceso de fe de María Montoro y Catalina Ángel de Torres. Señas personales de las acusadas.

[3] AHN. Tribunal de la Inquisición de Toledo. Legajo 92, expediente 2. Proceso de fe de María Montoro y Catalina Ángel de Torres. Declaraciones de los testigos.

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