Artículos Historias de antaño y de vida

Historias de ayer (XI)

Manuel Díaz-Pinés Fernández-Prieto – ‘Galmango’

De ánimos y ánimas. Ayuda a los decesos en los siglos XIX y XX”.

 ¡Ánimos, los que hay que tener, tras las vacaciones estivales, para iniciar con optimismo este nuevo ‘curso’ de vida que, a Dios gracias, nos vuelve a tocar! ¡Ánimas son nuestras almas, alegres almas, más o menos zarandeadas por la existencia que cada ser humano desarrolla y por la que nos ponemos en pie cada día, dispuestos a darlo todo! ¿Qué todo? ¡Alma, corazón y vida… estas tres cositas nada más te doy! ¡Casi nada, nos dan los mexicanos “los Panchos”!

Mientras escucho a los Panchos, sigo mirando al pasado, buscando noticias que publicó mi padre y que me llamen la atención. Hoy escribiré en presente, sobre una curiosa institución del pasado ¡Escribiré sobre las ánimas del purgatorio!

“Corría el año 1961, cuando en Manzanares se celebró el ‘I Centenario de la Cofradía de las Ánimas’, una de las instituciones sociales y previsoras más antiguas de España, que contaba con numerosos asociados. Recuerdo de pequeño los ruidos del bombo y el redoblete de la Cofradía, que me hacían salir a la calle para verlos pasar. Era el ‘Bombo de las ánimas’, que invitaba a los vecinos a echar una limosna, en unas huchas de lata, oxidadas, que zarandeaban, haciendo un ruido infernal. Esas limosnas, permitían el sostenimiento de la Cofradía.

La ‘orquesta’ callejera, iniciaba en estas fechas su recorrido, siempre en domingos y días festivos por las calles de nuestro pueblo. Los hombres portadores de los instrumentos, marchaban escoltados por los abanderados de la Cofradía, enarbolando banderas confeccionadas con ricas sedas y bordados, procedentes algunas de ellas de Filipinas y Turquía, que hacían filigranas al ondearlas de uno a otro lado (estilo tuna). Las pertenencias de la Cofradía, eran donadas por señoras adineradas de esta asociación piadosa.

Los afiliados en Manzanares eran algo más de trescientos, que contribuían con una cuota modestísima (2,50 pts. al año) y con la recaudación, se proporcionaba cera para el entierro y la mitad del importe del sepelio y funerales de los asociados, costeándose también becas a seminaristas y futuras monjas de familias humildes.

La institución, en honor de las almas del Purgatorio, fue fundada por cabreros y modestos ganaderos, que la administraban desde sus comienzos, gozaba de gran popularidad y, siempre, la respetuosa admiración del vecindario de la ciudad. Los actos públicos recaudatorios duraban más de tres meses, desde la Inmaculada hasta el jueves después de Ceniza. Como antes comentábamos, todos los domingos y días festivos comprendidos entre las fechas mencionadas, las calles se veían amenizadas por estos personajes, con regocijo de pequeños y respeto de los mayores.

En tiempos no muy lejanos, celebraban grandes fiestas y reñidos torneos de gran renombre. En la Plaza de la Constitución los pastores organizaban una majada natural con aprisco y ganado y en ella convivían los pastores durante dos días; encendían grandes hogueras y cocían sus peculiares tortas de pastores, que daban a comer al público asistente. Estos mismos cabreros escenificaban la “fábula del lobo y el ganado” que, por su original desarrollo y fantasía merecían los más encendidos elogios.

La culminación de las fiestas eran los torneos a caballo en los que los caballeros, armados de grandes lanzas, corrían la sortija y se hacían con las naranjas y pollos que más tarde entregarían a las personalidades que desde las balconadas presenciaban el espectáculo, reservando algunas piezas para las pujas de las subastas públicas, con el objeto de recaudar fondos.

Es de destacar la celebración de los bailes en los que la ‘seguidilla manchega’ causaba gran expectación. Se celebraba al día siguiente la Función de Difuntos con asistencia de todo el pueblo a la Misa y a la subasta de los regalos que la Cofradía recibía de forma generosa (cuerdas de uvas, melones, palomas, quesos, pollos, corderos…), destinados a conseguir los fondos necesarios para atender vocaciones religiosas, dotes para futuras monjas, becas sacerdotales y cualquier ayuda social a clases modestas.

¡Para la época, no era mal seguro de muerte! Pero para nada comparables con los de ahora, que, si te mueres, tu póliza de decesos te abona funerales, entierro y hasta sepultura en propiedad. ¡Naturalmente que vale una pasta!

¡Pues yo, en fin, me quedo con mis Ánimas, y el recuerdo del tambor y que tarden en llamarme unos añetes, aunque mi vida esté en un brete!

 

 

 

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