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Jesús Mozos

Quizá no sea la persona adecuada para escribir este artículo, pues podría interpretarse que no soy imparcial o simplemente podría pensarse que escribir sobre tu propio hermano no es cosa bien vista. Tal vez deberían ser otros los que lo hiciesen, sin embargo, escribo porque siento la necesidad de mostrar a las nuevas generaciones de Manzanareños, quién era ese artista plástico llamado Jesús Mozos, que esta Semana Santa nos ha dejado repentinamente. (En la biblioteca, en el museo y en los fondos del Ayuntamiento hay obras suyas).

Cuando Jesús era joven y vivía en Manzanares, sus amigos le llamaban el «pelos», imagino que era por la gran melena rizada que lucía al estilo de Jimi Hendrix. Desde que se dedicó a las artes plásticas firmaba como Jesús Mozos, consiguiendo acortar nuestros largos apellidos compuestos que tan frecuentes son en nuestro pueblo.

Durante su juventud en la Mancha fue de los pocos jóvenes artistas que se atrevió a focalizar su obra en lo abstracto, cuando la mayoría de los artistas y el público en general, preferían ver un paisaje figurativo a unas líneas y manchas sobre un lienzo o tabla. Fue un artista adelantado en muchas ocasiones a las tendencias, sin dejarse llevar por lo fácil o lo políticamente correcto, sin cambiar nunca su personalidad por el dinero, por lo convencional o por lo que gustase a la mayoría. Jesús, con su rebeldía cultivó el arte desde el punto de vista de los colores, de los materiales, de las líneas, de las formas curvas y a la vez geométricas llenas de aristas, ángulos y perspectivas. Nunca exento de provocación para que aquellos que no aman, no conocen, no admiran y no cultivan las artes, pensasen: «eso lo hago yo con los ojos cerrados».

Salió de Manzanares hace más de treinta años para instalarse en Madrid, esta ciudad tan grande y a la vez tan acogedora a la que le debemos mucho todos aquellos que vivimos en ella. Sin embargo, no por esto hemos olvidado nuestras raíces, ni renunciado a nuestro querido pueblo, al que siempre hemos vuelto un fin de semana sí, otro no, y a veces, hasta el del medio.

Con su esposa Nieves, también Manzanareña, y su hija Lucia, vivió todo este tiempo perfeccionando, cultivando y siempre atento a los numerosos cambios, que han experimentado las artes plásticas en estos últimos años. Resulta necesario recordar la dificultad de sobrevivir en el mundo de las artes cuando la sociedad está en constante evolución y más preocupada en los últimos modelos de «gadgets», los grandes coches y el ladrillo, que en disfrutar de una obra de arte en la que el autor ha puesto todos sus conocimientos y sentimientos para expresar sus interioridades plasmando la belleza que puede brotar de unos pinceles o de unas gubias como conseguía Jesús.

Amante de los museos, visitaba El Prado a menudo para observar y aprender de los más grandes. Acompañarle a una sala de exposiciones fuese quién fuese el autor que ese día exponía o a quién se le rendía homenaje, era todo un regalo. Te mostraba las obras descifrando las técnicas, las historias y las anécdotas de cada autor, porque como todo gran lector y artista autodidacta ha tenido que estudiar, ver y conocer a los grandes virtuosos desde los clásicos a los vanguardistas.

Sus últimos trabajos estaban motivados por su admiración por el arte y el pensamiento japonés Sumi-e. Una técnica que tardó años en perfeccionar, estudiando a los maestros de la luz y de las sombras, priorizando la naturaleza y los sentimientos antes que lo material, lo agresivo o lo tóxico. Aprendió a utilizar sus mismos materiales y técnicas, se sumergió en la lectura y en la poesía antes de emprender un nuevo proyecto ya fuese un cuadro o una escultura. Jesús Mozos era capaz de pintar un cuadro de grandes dimensiones mientras te explicaba en una pequeña hoja o lienzo lo sencillo que resulta dibujar el bambú siguiendo las técnicas primarias de los orientales.

Padre, tío y hermano, amigo de sus amigos, sin importarle condición social u oficio. Me viene a la mente cuando en sus inicios en la capital iba a visitarlo a la recién cerrada tienda de Manuel Piña en la calle Valenzuela, quien ya enfermo le prestó para que utilizara como estudio y tuviera espacio para sus grandes obras. En casa siempre esperábamos deseosos que llegasen nuestros cumpleaños u onomásticas para que viniese el tío Jesús con el mejor regalo, a veces un pequeño dibujo, otras una escultura, bien de colores oscuros o con ese color añil de nuestra tierra que tan bien manejaba ya fuera sobre lienzo, madera, papel o acetato.

Ahora andaba ilusionado con su licencia PER, con el deseo de poder alquilar una pequeña embarcación y disfrutar de la libertad que da el mar o marchar a Portugal con sus amigos y  vivir en un pequeño pueblo en medio de la naturaleza para sentirla más cerca. Con estas líneas espero que hayan podido hacerse una idea de cómo fue Jesús como persona y como artista. Mi deseo es ahora que desde allí arriba, junto a nuestros padres, también amantes del arte, siga cultivando y llenando de color el cielo que tan bien reflejaba en sus cuadros.

Te queremos hermano,

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