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La educación en cuestión

Juan Villegas Cano

La expansión a nivel mundial del coronavirus y la enfermedad  COVID-19 que provoca en el organismo humano  están poniendo en jaque a la humanidad entera -muy en especial a nuestro país-  y supondrá sin ninguna duda un punto de inflexión en nuestra historia contemporánea. En estos momentos  todavía toca dedicarse a la urgencia de poner freno  al virus y parar su propagación  hasta hacerlo desaparecer y ocuparse de los enfermos.  Pero después de esta guerra tendrán que venir necesariamente los momentos de la reconstrucción y la reflexión. Tras la crisis será necesario replantearse  algunas realidades que, de una manera u otra, se han visto afectadas en el transcurso de esta batalla contra el coronavirus. Actividades, modos de vida, conductas, protocolos, medidas políticas adoptadas u omitidas, respuesta de los ciudadanos, entre otros muchos aspectos, deberán ser analizados y sería triste que estas circunstancias tan especiales por las que estamos pasando no sean motivo, después de todo, para aprender y reforzar aquellas realidades  que el virus nos ha mostrado que son más vulnerables.

Uno de los muchos aspectos sobre los que habrá que sacar conclusiones, con el fin de aprender, corregir situaciones y, en definitiva mejorar,  es el de la educación. A nadie se le escapa, y mucho menos a quienes estamos relacionados directamente con ella, que nuestro país está inmerso desde hace años en una profunda crisis educativa. Prueba de ello es que los distintos gobiernos que se han ido sucediendo a lo largo de nuestra democracia han intentado mediante las diversas leyes educativas atajar los problemas que adolece nuestro sistema educativo, que han sido detectados y denunciados tanto por instituciones nacionales como por Organismos internacionales. El último intento es el nuevo proyecto de ley orgánica  presentado en el Congreso de los Diputados (LOMLOE, Ley Orgánica para la Mejora de la Ley Orgánica Educativa) que por distintos motivos no arranca con buenas expectativas.  Una de las medidas más drásticas que se han debido de tomar en relación a esta crisis del coronavirus ha sido la suspensión de todas las actividades lectivas en todos los niveles educativos. Se han cerrado guarderías, colegios, institutos y universidades, laboratorios, centros de investigación, se han  suspendido las clases y todo tipo de actividades escolares de modo presencial, con carácter  indefinido en Castilla La Mancha. Esto no quiere decir que se haya mandado a los alumnos de vacaciones a sus casa. La actividad docente continua durante estos días a través de un seguimiento por medio de las distintas plataformas informáticas con aplicación en el ámbito educativo (en el caso de Castilla La Mancha la Consejería de educación dispone para sus usuarios de la plataforma  Papás,  a través de la cual se gestiona toda la comunicación entre los distintos miembros de la comunidad educativa, aunque  existen también  otras muy utilizadas habitualmente por profesores y alumnos).

El hecho de que la actividad educativa continúe en ausencia de los centros abiertos debe provocar una reflexión profunda ya no solo sobre el papel de las nuevas tecnologías en el ámbito de la educación sino, más allá aún, sobre la necesidad o no de la presencia simultánea y real del maestro-profesor y los alumnos en una aula física para una adecuada formación (especialmente en las enseñanzas primarias y medias).

Y al igual que en otros ámbitos laborales la crisis va a ser un impulso para promover reformas importantes de cara a una cada vez mayor implantación del teletrabajo, de igual manera habrá quienes crean necesario replantearse en serio la viabilidad de la educación virtual y de su cada vez mayor implantación. Cuando haya que evaluar este periodo de “teleeducación” habrá que plantearse si es necesario que los alumnos pasen tantas horas a lo largo del día  en un centro educativo y si muchas de ellas no las podrían pasar  en casa más cómodamente  sin que esto fuera un impedimento para el normal desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje y de su óptimo  aprovechamiento. Por su puesto que este tipo de reflexiones deberán plantearse desde un punto de vista exclusivamente pedagógico dejando al margen (si es posible) el problema social, muy importante y que hoy determina muchas de las medidas que se adoptan en educación, de la conciliación de la vida familiar.

La cuestión nada baladí que demos plantearnos es hasta qué punto va a haber que asumir (e incluso promover) o no la sustitución progresiva de la figura del maestro-profesor real, de carne y hueso, por instrumentos tecnológicos y la deslocalización del aula real-física hacia un entorno educativo virtual. En estos días de reclusión en nuestras casas todos hemos podido comprobar cómo nuestros hijos intentan seguir con una cierta normalidad el curso escolar. A través de las plataformas antes mencionadas (Papás o Classroom entre otras muchas), el correo electrónico, videoconferencias o de los famosos tutoriales de YouTube los alumnos, una vez superado el desconcierto inicial, intentan responsablemente adaptarse a tales circunstancias para que estas no les impidan terminar adecuadamente el curso.

 Pues bien, en relación a esta cuestión cabrían dos posiciones (que planteamos de manera muy sintética y que exigiría un desarrollo pormenorizado): una, la de aquellos que consideran que la labor del maestro-profesor es fundamentalmente de mediación y que su función principal es la de asistir como supervisor al recorrido que cada alumno por sí solo debe hacer en la construcción del conocimiento. Se sustenta este este modelo teórico sobre determinadas corrientes de la neuropsicopedagogía en las que se termina considerando al educador como un buen conocedor  de los procesos cerebrales que intervienen en el aprendizaje y los medios técnicos necesarios para estimular y favorecer estos procesos que él solo deberá procurar o “recetar”. En este sentido, la relación alumno-docente es concebida básicamente como una relación técnica en la que la presencia simultánea en la clase es prescindible si no totalmente sí en gran medida. Por otro lado, el otro modelo pedagógico, enraizado sobre una concepción del ser humano muy diferente, consideraría que es incuestionable la necesidad de la utilización de los medios técnicos, de los instrumentos que la tecnología nos brinda para su uso en los entornos educativos, así como también son imprescindibles los conocimientos sobre los mecanismos neurológicos  que hacen posible el aprendizaje y que enseñan cómo actuar sobre ellos. Pero sin restar importancia a estos elementos, se considera que más importante aún es la relación personal , inmediata y real, para una adecuada educación.  Frente a un modelo pedagógico que termina considerando al alumno como un “cerebro que aprende” estas otro modelo entienden que el fundamento de la educación lo constituye básicamente una relación ética, donde el alumno es considerado en su integridad personal, que debe crecer como un sujeto libre y responsable y que esto solo es posible que acontezca en un entorno de relaciones personales y humanas, en las que el diálogo y el reconocimiento entre iguales y de quien es autoridad en el saber son imprescindibles en el camino hacia el conocimiento.

La sociedad en su conjunto deberá reflexionar y decidir sobre qué tipo de educación quiere para sus menores y no olvidar que gran parte de los enormes gestos de humanidad a los que estamos asistiendo en estos momentos (sin los cuales sería muy difícil superar la crisis que atravesamos) puede que tengan su origen en una educación en la que era considerado y valorado como lo esencial el maestro vocacional e ilusionado que mira y les habla a unos niños que lo escuchan con respeto y curiosidad.

 

 

 

 

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