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La familia hace a la persona

Ramón Horcajada Núñez

El hombre ha sido creado para la relación y para el encuentro con el tú. Ahí se fundaba la familia, como veíamos en nuestra entrega anterior. Si damos un paso más, igual que afirmamos que sin relación no hay persona, igualmente afirmamos que sin familia no hay persona. En definitiva, la familia no proviene de ningún tipo de indigencia sino que implica la existencia de la persona como tal. De la familia nadie puede prescindir, antes bien los daños en la constitución personal son irreversibles cuando alguien no es acogido y bien acogido en esa pequeña comunidad que es la familia. Por eso ni el trabajo ni demás ocupaciones pueden restarnos el tiempo necesario para la constitución de las personas que componen nuestras familias. Es curioso que vivamos en la época de la historia que más libros y publicaciones, charlas y conferencias, se publican y se dan en torno a la familia cuando al mismo tiempo es la época en la que menos en familia se vive.

Por tanto, la familia es una mezcla de riqueza y de pobreza, como cada uno de nosotros. La familia es riqueza porque en ella se produce de forma exponencial la ofrenda de sí mismo que cada uno realmente es. En la relación humana auténtica nadie se guarda nada para sí, nadie racanea. Y eso es la familia, el espacio humano donde nadie se guarda nada para sí mismo, sino que es pura entrega. La familia es el escenario especial en el que la persona se convierte en don y donde uno aprende a convertirse en don. La familia ha de ser el ámbito adecuado en el cual darse. El hecho de ser personas es suficiente para ser aceptados. Y así no sólo cada persona en la pareja, sino que el mismo hijo en cuanto persona es un don, un regalo. Amor más amor. Entrega que se añade a la entrega, y todo ello desde la lógica amorosa de la gratuidad. Si esto es verdad sólo en la familia se puede dar el desarrollo de nuestra propia humanidad. En la familia un hijo puede saborear su gran condición de “don”, de regalo. Pero para eso hace falta un ambiente de amor fecundo. El hijo es acogido como respuesta gratuita a la entrega gratuita.

Pero la familia no sólo es riqueza, excedencia, plenitud que se desborda. La familia es fruto también de nuestra pobreza. El hecho de la riqueza de la familia no quita que seamos finitos, indigentes, por eso también la familia. Pero indigentes en el amor. La persona es ser-amado-para-amar. Debido a la pobreza que también somos, es la propia familia la que serena y humildemente, en el día a día, nos dice quiénes somos y a qué estamos llamados. Es ese el ámbito en el que uno descubre la vocación profunda a ser persona y es en ese ámbito donde uno aprende a responder a lo que, desde el amor, se espera de nosotros. Por el amor de la familia nos atrevemos a ser lo que por nosotros mismos nunca seríamos.

En último lugar, el objetivo de unos padres es hacer descubrir también a su hijo que es el término de un amor infinitamente infinito (Dios). Así es como la persona cubre su indigencia y está llamada a convertirse en un acto de amor. La vida no es para ver si merecemos el castigo o no sino una oportunidad para crecer en el amor.

¿Cómo tiene que ser la familia para que sea promoción de personas? Una familia vivida como comunidad de personas. Un conjunto de personas unidas, con un mismo proyecto común, un sentido existencial. Una comunidad que está en camino de su plenitud y que, también como comunidad, vive en el encuentro con el resto de familias y con el mundo.

Ser familia es algo serio que incluye una responsabilidad infinita, por eso no nos cansamos de repetir que el mundo será lo que la familia sea capaz de hacer como comunidad de personas y para las personas. Más que nunca hoy en día hemos de hacer resonar la pregunta: familia, ¿qué dices de ti misma?

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