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La importancia de llamarse María

María José Soria Moreno

Continúa la incógnita y, esto es así porque la vida es como un laberinto. Hoy te quiero, mañana no, pero si me dejas lo pagarás muy caro.

Entiendo que hasta ahora no hayáis encontrado sentido a los escritos que cada mes os voy dejando. De ahí que sea tan importante ir siguiendo el camino, como llamarse María.

Feministo” cuando en realidad busqué “tomate”

Yo, que no se de nada, intento comprender un poco de todo, con tan mala suerte que pongo en el buscador “blanco” y automáticamente me dice “blanca”.

Ahora sí que he perdido la cordura.

Nací hace ya “… y muchos”, lo cual no quiere decir que sepa mucho de la vida; simplemente lo estrictamente necesario, después de haber tropezado unas tantas veces en la misma piedra y en la del vecino, por qué no decirlo.

Salgo a la calle casi con miedo, no vaya a ser que mire algo más de la cuenta a un hombre y me acuse de acosadora, total que como no miro, mi pequeña miopía me impide saber si he de saludar porque lo conozco o no.

Efectivamente eso me ha traído complicaciones, pues han llegado a tacharme de “estúpida”, “odiosa” y un largo etcétera. Pero, nada más lejos de mi intención y por tal motivo he decidido salir a la calle con las gafas de uralita y no levantar la vista del suelo.

No llego a entender, hacia donde se dirigen estos nuevos pasos.

Ayer, por casualidad, leía los comentarios de alguien que se proclama feminista y, la verdad es que no entendía nada, pues por otro lado en sus comentarios se dedicaba a insultar y vejar a quien no compartiese su opinión y a quien en algún momento tomase partido por el hombre.

Entonces creí entender que lo que se lleva es “la ley de embudo”, me parece que, esa sí funciona.

Por otro lado, leí comentarios de quien defendía la infancia, pero no tenía ningún pudor de reírse de un niño con un grado de discapacidad, de ahí mi opción de salir lo justo a la calle sin antes haberme puesto el disfraz.

Últimamente mido mis palabras o palabros, tal vez palabres, porque es casi imposible expresarse con propiedad sin herir algún sentimiento.

He quedado de acuerdo con mi marido y mis hijos que para expresarnos en casa usaremos algunas enseñanzas de la vieja escuela, que, si yo digo “niños”, me refiero a los dos, por eso de la economía del lenguaje, que no importa si a veces estamos a favor de las mujeres, otras de los hombres y otras de los gays. Que primará el respeto, tanto si es masculino, como femenino o neutro, que todos somos iguales, pero que reconocemos que en cuestión de fuerza siempre hemos de pedir ayuda a él o a su padre y por supuesto en cuestión de maña han de pedírsela a mi hija o a mi.

He llegado a la conclusión, que no paramos ni un momento para mirarnos el ombligo y que deberíamos hacerlo por lo menos una vez al año como acto de contrición.

Lo que pasa por mi cabeza nunca lo sabré, tan solo que la lluvia me moja los pies, el sol calienta mi cara y la luna me mece para dormir, una y otra vez.

 

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