Editorial Opinión

La sociedad va por delante

En el día a día informativo al que estamos acostumbrados en nuestra sociedad, desafortunadamente nos hemos acostumbrado a un debate político bronco, áspero, a veces incluso a un cruce de reproches y acusaciones rayanas en la procacidad. Como sociedad, lo político se nos infiltra de tal manera, que lo que debería ser un sentirnos concernidos natural y responsable se convierte en una militancia a veces burriciega y acrítica: o somos de unos o somos de otros. Sin concesiones.

Por otra parte, esta “hiperpolitización” de todo, este medirlo todo en términos de administración política y/o militante, nos hace exigir a los políticos que sean responsables de nuestras vidas en todo. No entendemos la vida social y los asuntos de la res pública sin los políticos y sus tejemanejes.

Sin embargo, ocurre a veces, que del centro de las sociedades, las comunidades o las vecindades, surge un espíritu de colaboración, de ayuda y de solidaridad que, ante crisis importantes, rebasa los cauces de resolución profesionales, administrativos y políticos. La gente va por delante. No espera a los políticos: se ayuda, se sostienen unos a otros, se acompañan y buscan soluciones para mitigar el sufrimiento de su prójimo. Es una síntesis perfecta y hermosa entre la responsabilidad social y el amor que nace de lo individual, de la propia persona: sin que nadie se lo ordene, sin coacciones, desde la pura gratuidad.

Todo esto no es más que una manera un tanto enrevesada de decir dos cosas: que la sociedad civil va por delante, no se aturulla ni en burocracias, ni en partidismos ni en gestión administrativa; simplemente se ayuda. La gente se quiere. Por otra parte, y es consecuencia de lo anterior, que la gente es buena.

Personas que dedican su confinamiento, emplean su tiempo a coser mascarillas y trajes; que dedican horas a realizar máscaras y piezas para respiradores, empresas que regalan comida o equipamientos, que acercan a las casas los suministros sin cargos de ningún género; vecinos que se ocupan de que no le falte nada al anciano que vive solo al lado; que escriben cartas para que los que viven en las residencias no se sientan solos; profesionales de la sanidad o de los supermercados que soportan turnos densos y prolongados; profesores y maestros que se desviven porque hacer llegar una lección a todos su alumnos; efectivos de cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que patrullan sin haber sido provistos del material sanitario adecuado… No miran a quien le hacen el bien y no esperan ser reconocidos. No se cuidan de decretos o instrucciones. No esperan a la política. Son gente buena y forman parte de una sociedad verdaderamente humana. A veces no hacen falta consignas ni leyes ni ideologías. Basta con que cada uno sea bueno y haga lo correcto para alcanzar una sociedad mejor.

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