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La solemnidad del Corpus Christi

Mª Teresa García Perales

Ayer la Iglesia celebró la solemnidad del Corpus Christi, fiesta en que cada año, siguiendo su recorrido habitual, el mismo Dios pasa por las calles de la mayoría de los pueblos de toda la geografía española. 

Dicha solemnidad se celebra sesenta días después del Domingo de Pascua de Resurrección y gozó de gran esplendor en los siglos XVII y XVIII. Según la leyenda, en 1246, una monja llamada Juliana de Cornellón, tuvo la visión de una luna llena ensombrecida por una de sus partes, lo que interpretó como que la Iglesia estaba triste por la falta de una fiesta que honrase al Cuerpo de Cristo Sacramentado, lo cual transmitió al Obispo de Lieja (Bélgica). Sin embargo, no sería hasta 1264, cuando el Papa Urbano IV instituyera esta festividad para toda la Iglesia.

Existe un refrán castellano muy conocido que dice: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el Sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión». Desgraciadamente, con el tiempo este dicho ha ido perdiendo vigencia y desde 1989, la festividad del Corpus fue trasladada al domingo siguiente, de forma que el jueves pasa a ser día laborable, aunque en algunas localidades como Toledo, Granada o Sevilla se siga celebrando en jueves.  

Para los cristianos, es una fiesta muy importante, puesto que celebramos la fiesta del Amor de Dios, manifestado en Cristo, lo cual se hizo patente en nuestro pueblo, que respondiendo a un llamamiento de la Asociación de Cofradías de Manzanares para adornar el recorrido de la procesión, se engalanó para recibir al mismo Dios en sus calles, después de la Misa en la Iglesia de la Asunción, a la que asistieron como invitados especiales los niños y niñas que este año hicieron su Primera Comunión en ambas parroquias,  acompañados de sus catequistas, así como todos los sacerdotes de Manzanares, las autoridades y los representantes de las diferentes cofradías.

Como en muchos lugares de España, este año se prepararon algunos Altares a lo largo del recorrido, donde la Custodia fue parando mientras el sacerdote que presidía la procesión invitaba a la oración y al recogimiento, entre el olor a incienso y los cantos eucarísticos para honrar al Santísimo.

Al llegar la procesión a la plaza, resonaron los aplausos en honor al Dios de la Vida, poco antes de recibir la bendición eucarística en el interior del templo para así dar por concluida la procesión.

 

 

 

 

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