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Manzanares: Historia de un origen. La Prehistoria

                                                                                                         Pedro Villarroel González-Elipe.

 

 Una de las incógnitas de nuestra historia como pueblo, que permanece sin aclarar, es la de nuestro origen. ¿Quiénes, cuando y como estuvieron aquí, en nuestro solar, antes ni tan siquiera de ser pensados como pueblo?  ¿Quiénes, cuando y como, tuvieron la idea de construir en ese terreno el Lugar de Manzanares? ¿Cómo y por qué, dieron por nombrarle, así, “Lugar de Manzanares”?

Lo cierto es que, la respuesta a estas preguntas persiste en el terreno de las hipótesis y, quizás, el origen de Manzanares permanecerá confuso para siempre, en la oscuridad de las historias poco escritas. Pero y siempre en función de lo que objetivamente sabemos, intentaré recordar en SIEMBRA algunos hechos claves que, con la lógica interpretativa que llevan dentro, sirvan para dar la mayor veracidad posible a las repuestas que esos interrogantes plantean.

Aunque hoy sabemos que fue en la primera mitad del siglo XIII cuando se empieza a gestar y constituir el primigenio núcleo urbano de este pueblo y que, aquel tiempo está lleno de incógnitas, que darán mucho pie a futuras conjeturas; en este artículo me remontaré varios siglos antes, para recordar lo que sabemos acerca del primer interrogante planteado al inicio de este artículo: la prehistoria de Manzanares.

La península ibérica, hasta finales del Siglo XV, cuando se asienta en ella de manera estable una forma de civilización cristiana, fue conquistada en siglos precedentes, mucho antes de la propia era cristiana y, de manera sucesiva, por muy diversos pueblos con diferentes culturas y religiones, que llegaron aquí tras navegar el Mediterráneo, cruzar el estrecho desde África, o salvando los Pirineos desde Europa y, todos esas formas de civilización irían dejando su impronta y su huella en lo que hoy es España, tras mestizarse, entre sí y con la primigenia población aborigen de la Península Ibérica.

 

En la Mancha, sus pocos pobladores en aquellos tiempos remotos, solo necesitaban de alguna pequeña cueva o choza, para guarecerse, (ellos y sus animales), durante sus travesías.  Esta forma tradicional de vida en la meseta manchega y los continuos cambios de civilización que se fueron sucediendo, hizo que los asentamientos humanos fueran, durante siglos, escasos y pequeños, ubicándose en las pocas y también escasas, pequeñas elevaciones del terreno plano que es habitual en la Mancha, dando lugar a la llamada “cultura de las motillas”, término, este último, que define las primitivas construcciones de los más antiguos habitantes de la Mancha, siempre habilitadas en pequeños promontorios, con agua accesible, algo, por suerte, bastante común por el amplio y superficial acuífero existente en gran parte del subsuelo manchego. La “motilla del Azuer”, cercana a Daimiel, y recientemente restaurada, es el mejor ejemplo que tenemos hoy día de ese tipo de asentamiento humano primitivo.

Los estudios, de: Manuel Corchado Soriano, Juan Díaz Pintado, Enrique Rodríguez Picavea, Jose Antonio García Noblejas y Clara Almagro Vidal, entre otros, nos han permitido saber que los enclaves que pudieron constituir los primeros establecimientos humanos en nuestro suelo y, por tanto candidatos más probables para ser puntos iniciáticos y  embriones de lo que habría de ser el futuro Lugar de Manzanares, apuntan, sobre todo, a tres sitios muy concretos:  Las ruinas y cuevas del llamado “Cerro del Moro” y las muy próximas del molino harinero de Santa Ana, junto al  río Azuer, que posiblemente es el lugar que viene reconocido en algunas crónicas, como “Argamasiella so la Membriella” o “Argamasiella de Pilas Bonas”, localizado a mitad de camino entre Manzanares y Membrilla; el paraje denominado “Pozo del Ciervo”, en la confluencia de  los términos de Membrilla, La Solana y Manzanares; o los aledaños del Torreón de Moratalaz, (donde algunos sitúan la antigua ciudad romana de Murus). En esas motillas, las más cercanas a lo que hoy es Manzanares, existen restos y yacimientos de tiempos neolíticos, iberos, romanos y musulmanes, (Alfarería, idolillos, monedas, vasijas de cerámica y distintos metales) que indican su sucesiva elección, por todas esas culturas, para el asentamiento de sus respectivos pueblos. Lo más probable, por tanto, es que, en los tiempos previos a la creación de Manzanares, como Lugar, los núcleos de población existentes en esa zona, serían muy primitivos y elementales; a base de chozas, chabolas y, sobre todo, cuevas, como las ya citadas del Cerro del Moro, o la que queda al lado del Torreón de Moratalaz, la llamada “cueva de Roquito”, con gran capacidad para albergar personas, animales, granos y cosechas. Seguramente, esas cuevas, fueron el antecedente más remoto de nuestro pueblo, reliquias arqueológicas que sería bueno conservar para el futuro de su recuerdo histórico.

En terrenos tan amplios, de clima extremo y escaso arbolado, como los de La Mancha, las cuevas aseguraban un fácil e inmediato cobijo a las poblaciones nómadas, habituales en aquel tiempo y servían de camuflaje en momentos de batallas y saqueo, Esto se mantuvo así durante muchos siglos, hasta el siglo XII, cuando tocó el turno en La Mancha a los combates entre tropas moras y cristianas.

La batalla de las Navas de Tolosa, ya en el Siglo XIII, cerró la historia de la reconquista cristiana de estas tierras manchegas, y dio paso a una evolución histórica y cultural más uniforme, capaz de promover el desarrollo de núcleos humanos más grandes y estables, como por ejemplo el nuestro.

Aquel tiempo fue el origen del núcleo urbano primitivo de Manzanares y de su historia humana; proceso que sigue teniendo suficientes incógnitas como para ser consideradas en sucesivos trabajos.

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