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Martín

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No estaría de más, Martín, que te presentases a nuestros lectores. De muchos eres conocido. Quizá de otros, los jóvenes, no tanto. 

Muy buenas a todos, mi nombre es Martín Tébar Hernando, tengo 22 años y soy, como acostumbramos a decir aquí, “del pueblo”, de Manzanares. Muchos me habéis visto crecer, por lo cual, me hace especial ilusión poder compartir mi vivencia con todos vosotros.

Todavía recuerdo cuando iba a catequesis al Carmen y cuando hice la primera comunión en la Parroquia de la Asunción. Justo entonces, me apunté de monaguillo, cosa que nunca he dejado (y de esto hace ya tiempo, calculo que desde 2004), por eso hubo una temporada que era conocido como “Martín el monaguillo”.  

Fui creciendo y, sin dejar de servir en el Altar, colaboraba con la Parroquia en otras cosas, como por ejemplo: ponía la pantalla los domingos para la Misa de las familias, fui catequista, hice la página web de la Parroquia, me gustaba hacer vídeos, estaba también en el grupo de los jóvenes que surgió a partir de la JMJ de 2011. Digamos que en la Parroquia tenía mis amigos y me sentía como en mi «segunda casa».

Mientras tanto, tenía una vida de estudiante normal. Tras terminar la ESO, decidí estudiar informática y eso es lo que hice.

¿Por qué te decidiste a realizar tus estudios de informática? Terminaste los estudios y después hiciste pinitos en tu trabajo profesional ¿cómo te fue?

– Decidí estudiar informática, porque era algo que me gustaba mucho y, desde pequeño he estado siempre con un teclado entre las manos. Por tanto, cuando acabé 4º de la ESO, comencé el grado medio de sistemas microinformáticos y redes, en Valdepeñas y, justo al acabar éste, tuve la suerte de poder estrenar y ser de la primera promoción del grado superior en Desarrollo de aplicaciones multiplataforma de la EFA Moratalaz. Este grado superior tenía, además, el plus de que era una formación dual, lo que quiere decir que tenían un convenio con una empresa, en este caso Indra, en la cual también recibíamos formación, realizábamos prácticas en ella y teníamos la posibilidad de quedarnos a trabajar allí.

Estos años del grado superior disfruté mucho, aprendí a programar y a hacer aplicaciones móviles (cosa que me encanta) y pude haberme quedado en esa empresa tras realizar las prácticas, pero en el interior de mi corazón tenía una llamada que no podía seguir acallando y a la que tenía que responder.

¿Cómo es que cambiaste la informática por otros estudios, en concreto por los que te exige el Seminario?

– Llevaba varios años (más o menos desde la JMJ de 2011), en los que sentía, como a mí me gustaba llamar, una “inquietud”. Constantemente me rondaba la siguiente pregunta: ¿Qué quiere Dios de mí? Y yo creo que me lo preguntaba tanto porque en el fondo lo sabía, pero no quería responderle. 

Esto es un poco difícil de explicar; no es un simple pensamiento, es también un sentimiento, como cuando alguien está enamorado y no puede parar de pensar en la persona que quiere, pues algo así me pasaba. ¿Qué hice entonces? Fui hablando con sacerdotes, teniendo contacto con el Seminario, rezando… y vi claro que era el momento; si no me arriesgaba y me lanzaba entonces, luego sería tarde y me quedaría para siempre con ese vacío, con esa pregunta sin responder.

Y una vez más Dios me sorprendió. Dar el paso de entrar en el Seminario me daba mucho miedo, en mi mente había preguntas de este tipo: ¿Dónde me estoy metiendo? ¿Y si estoy equivocado y este no es mi camino? ¿Qué pensará la gente? ¿Cómo reaccionará? ¿me darán de lado? Pero luego la realidad fue que desde el día que dije sí, tuve una gran paz y alegría y, todo el miedo que tenía se fue desvaneciendo y viví unos días verdaderamente felices hasta que el 13 de septiembre de 2015, por fin, di ese “salto” que tan grande me parecía y comencé mis estudios en el Seminario.

Ese primer año que cursé se llama fundamentación y, como su nombre indica, sirve para “fundamentar”, es un año de reflexión, de discernimiento, de mucha lectura y mucha oración para ver con más claridad lo que Dios quiere de ti y, si lo que quiere es que seas sacerdote, dar el paso a los estudios de Teología. Ese año me enriqueció muchísimo, me sirvió también para conocerme más a mí mismo y ver como el Señor ha estado siempre ahí, presente a lo largo de toda mi vida.

Al año siguiente comencé el primer curso de Teología y este año he terminado segundo, por lo que, si Dios quiere, en septiembre empezaré el tercer curso ya de los estudios eclesiásticos.

¿Te costó mucho reciclar y avanzar en los estudios eclesiásticos?

– No demasiado, puesto que vas entrado poco a poco en este mundo de la Filosofía y de la Teología. El primer curso de teología tiene muchas asignaturas que son “introducciones” y, también el año de fundamentación da una buena base para los futuros estudios, por lo que no tuve demasiados problemas en ir adquiriendo este “nuevo lenguaje”.

Cuéntanos algo de tu nuevo centro de estudios, del Seminario.

– Bueno, pues el Seminario, para quien no lo conozca, es el edificio situado en la carretera de Porzuna, en Ciudad Real, justo enfrente del E. Leclerc y siempre está abierto para aquel que quiera conocerlo.

En él se estudia la carrera para ser sacerdote que son seis años, puesto que estudiamos medio grado de filosofía (2 años) y el grado de teología (4 años). Más el año de fundamentación del que ya os he hablado.

Para los más pequeños, se puede estudiar allí los cuatro cursos de la ESO y Bachillerato.

Este año estaremos cursando 20 chicos en la ESO y Bachillerato, 2 en fundamentación y 15 en Teología.

La verdad que los que estamos allí, somos una familia.

¿Tienen altura intelectual esos estudios, realmente te llevan a una maduración cristiana y humana?

Sí, claro. Lo bonito de estudiar Teología es que, de alguna manera, no solo es teoría que aprendes de memoria para poner en un examen, sino que son cosas profundas que te ayudan personalmente y a crecer interiormente en el conocimiento de Dios.

¿Qué es lo que más te seduce de la vida de los jóvenes de hoy, tú que eres uno de ellos?

Juventud para mí es sinónimo de fuerza, de iniciativa, de alegría…

Creo que el joven de hoy se caracteriza por todo eso, por ponerle ilusión y esperanza a todos sus proyectos, no hay obstáculos que valgan. Eso es lo que más me gusta y de la manera que yo trato también de vivir este momento de mi vida, poniéndole ganas, coraje y mucho esfuerzo a aquello en lo que estoy trabajando y a la vez tratando de disfrutarlo al máximo.

Me atrevo a hacerte esta pregunta: ¿Temes al mundo? ¿El Seminario podría ser para ti un refugio en este temor?

No, todo lo contrario, no solo no temo al mundo, sino que me estoy preparando para ir lanzado de cabeza al mundo. El sacerdote es un servidor, y un servidor de su tiempo y de su gente. Ciertamente estamos viviendo unos momentos de la historia tal vez un poco difíciles para la Iglesia, pues está siendo rechazada por mucha gente y sobre todo por los jóvenes, pero eso no debe asustarnos, más bien motivarnos para, como los primeros apóstoles, llevar el mensaje de Cristo (que siempre es actual) a aquellos que se encuentren más alejados o que no conozcan de Él. Y para ello se nos está formando en el Seminario. Por tanto: no; miedo no, más bien ganas de ir al mundo.  

¿Qué le dirías a tus amigos y amigas desde tu planteamiento de vida?

– Primero les invitaría a que de vez en cuando parasen e hiciesen silencio. Vivimos unos tiempos, en los que, sin darnos cuenta, vamos de manera muy rápida, de aquí para allá, de allá para acá. Nunca nos paramos, siempre rodeados de ruido, y cuando nos damos cuenta, la vida ha pasado y se nos ha “escapado”. Creo que es muy bueno hacer paradas de un día, o un fin de semana, ir a un sitio bonito a descansar o a rezar. ¿para qué? Para poder pensar las cosas con más tranquilidad, para poder ponerlas en las manos de Dios. Porque a Dios solo se le escucha en el silencio; y ese es el problema de hoy, que no hay silencio, ni externo, ni interno. Necesitamos tiempo y silencio para plantearnos las cosas más importantes de nuestra vida y para hablarlas con Él.

Y luego, aparte de invitarles a que hagan esos “silencios”, les pediría, como dice San Pablo, «que sean dignos de la llamada que han recibido», esto es, que se comporten como verdaderos cristianos, que se note que no son del montón, que tienen vida interior, hay algo que les mueve por dentro y por eso son diferentes. ¿Esto en qué se traduce? Se traduce en que el trato con la gente del día a día es bueno, en que estamos siempre dispuestos a ayudar y a servir, en la «fidelidad» (valor importantísimo que veo que por desgracia está perdiéndose). La fe es un gran don, pero conlleva una gran responsabilidad, que es cuidarla y llevar un estilo de vida acorde con la misma.

¿Merece la pena entregar la vida por la misión evangelizadora desde el sacerdocio?

– Yo creo que sí, creo que es una labor que merece la pena y a pesar de que hay que trabajar mucho (y en ocasiones hasta sufrir), indudablemente la satisfacción y la recompensa es mucho mayor, ¿por qué? Porque esto no viene de nosotros, parte de Jesús, Él mismo es el que nos manda hablar en su nombre, y no solo hablar, sino ser también sus manos y sus pies, (de alguna manera ser Él), confesando, visitando enfermos, bautizando, bendiciendo… y lo más importante: trayendo su presencia a la Eucaristía todos los días. Si te paras a pensarlo, enseguida te sientes pequeño e indigno ante algo tan bonito y tan grande.

¿Cómo te sedujo Jesús hasta el punto de querer seguirle en la plenitud de entrega que supone el sacerdocio?

Lo que más me seducía al principio era esa entrega total y de servicio que se da en el Sacerdote, pero poco a poco he descubierto que hay muchas más dimensiones que me seducen aparte de ese servicio, como por ejemplo la unión que tiene el Sacerdote con Cristo, la labor catequética y pastoral. 

Pero sobre todo es el hecho de sentirse llamado. Esa es la mayor seducción y a la que uno, no puede negarse.

¿Quieres decirnos algo más, aprovechando el servicio que nos ofrece nuestra Revista SIEMBRA?

Nada más, agradecer esta ocasión que he tenido para poder dirigirme a vosotros y esperar que, de Manzanares, salgan muchos más chicos y jóvenes que digan sí y quieran entregar su vida al Señor.

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