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Mis recuerdos sobre el Convento de las Monjas de Clausura

Francisco Herrera Torrijos

A raíz de la noticia de la marcha de Manzanares de las “monjas de clausura” y el cierre de su convento, en junio de 2018, después de más de 400 años de existencia y permanencia en la ciudad, se me han venido a la memoria todas mis vivencias alrededor de este lugar durante mi infancia y adolescencia y me ha parecido interesante compartirlas con los demás.

Nací en 1948 y he vivido cerca de este lugar, en la calle Virgen de Gracia. Durante mi infancia iba a jugar con los compañeros y amigos al “pradillo de las Monjas” que así llamábamos al jardín que había al lado del convento. Al anochecer, cuando éramos ya adolescentes, nos juntábamos por allí, después de cenar, para charlar y jugar al escondite, al “un, dos, tres”, a la pídola y a lo que se ofreciese para distraernos y pasarlo bien. Allí también iban las chicas y aprovechábamos para fijarnos en ellas y hablar en ocasiones, sentados en la paredilla que rodeaba entonces este recinto, cuando ya éramos más mayores y nos empezaba a interesar el tema.

También me acuerdo de que íbamos al templo de la Monjas con el grupo de “los Niños Reparadores” que dirigía el padre Cristino y al que le ayudaban algunas mujeres, entre las que estaba María Román que vivía en la calle Morago, encima del comercio de Tejidos Rafael y al lado del de “Pachequito”. Íbamos todos los domingos a Misa y allí nos trataban de instruir sobre la vida de Jesús y sobre los evangelios. Aún conservo una foto de todos los que asistíamos a este grupo y mi mujer también, la de su grupo (ver fotos adjuntas). Celebrábamos los siete domingos de San José y los primeros viernes y se nos decía que, aquel que los cumplía todos y comulgaba, se salvaría e iría al cielo, (tendríamos entre 7 y 10 años).

En esta época iba al templo a ayudar a Misa los domingos y durante los días de vacaciones del verano. Entonces los curas lo decían todo en latín, salvo la homilía, y celebraban de espaldas al público y nosotros respondíamos a las preces del sacerdote, también en latín y nos sabíamos todas las respuestas como un papagayo, sin entender del todo su significado. También tocábamos las campanillas para darle solemnidad al momento de la consagración y su sonido aún lo conservo en mi memoria. Me llamaba la atención el gran número de Monjas que iban a comulgar, (entre 15 y 20 y apenas se les veían las caras, vestidas con sus hábitos blancos y las tocas azules en la cabeza), detrás de la reja y de la celosía que daba al altar, desde sus dependencias, pues ellas no salían a la calle y siempre estaban viviendo dentro del convento.  A veces, los que ayudábamos en la misa, pues solíamos ser dos, aprovechábamos para probar en la sacristía el vino que se usaba para consagrar, que estaba muy bueno, por cierto. También íbamos a recoger las recortaduras de las formas de consagrar que hacían las monjas y nos las comíamos; pasábamos por la puerta del convento, en la calle de las Monjas, y las pedíamos en el “torno” que había allí, por donde se facilitaban todas las cosas que ellas daban o necesitaban, sin ser vistas. Sus cánticos gregorianos seguramente fueron los primeros que oí y los que me aficionaron a esta hermosa música. Me acuerdo especialmente del padre Tarsicio, de baja estatura y gran persona, y del padre Jesús María, más joven, con el que solía confesarme, cuando esto era lo habitual y, como no, del padre Cristino, con esa voz tan característica que tenia, de tenor, y que a menudo nos imponía con las historias que nos contaba y con las regañinas que daba al que pillaba hablando o distraído mientras él nos hablaba.

El tañido de las campanas tocando a misa, media hora antes, se me ha quedado grabado, aunque al principio el sonido era más grave y agradable, cuando las monjas tenían que tirar a mano de la cuerda para tocarlas y no duraba mucho. Luego le pusieron un motor para girar las campanas y la cambiaron por otra con un sonido más agudo, y como solo tenían que apretar un botón, el repiqueteo empezó a alargarse y ya hubo vecinos que se quejaron del excesivo ruido de las mismas. El escuchar el sonido a agonías, por la muerte de alguien, en esas tardes calurosas del verano, me producía una especial tristeza y aún conservo en la mente ese sentimiento cuando lo recuerdo.

Mi novia y después mi esposa, Mari Tere Maroto, vivía justo enfrente del convento, en la calle Dr. Fleming y cuando íbamos a Manzanares, tras casarnos, vivíamos en su casa, por lo que seguí siendo vecino del mismo y escuchando el tañido de sus campanas por las mañanas, antes de la misa de 8,30 h, los días laborables y de las 9 h., los domingos y festivos.

Así, pues, este convento ha estado alrededor de mi vida infantil y juvenil en Manzanares y tengo muy buenos recuerdos de ello, habiendo sentido una cierta pena por su cierre, aunque hace ya tiempo que no iba por allí. La vida y la experiencia me ha hecho cambiar en algunas de mis creencias y hoy en día me siento un tanto alejado de todas las ceremonias, boatos y rituales religiosos o de otro tipo, por excesivamente rutinarios, retóricos, aburridos y faltos de autenticidad y espontaneidad, a pesar de los numerosos cambios que se han producido desde entonces, para mí, del todo insuficientes.

Las nostalgias y los recuerdos que son , no solo convenientes sino necesarios para una vida intelectual y sentimental sana, tienen un peligro y es que uno puede llegar a caer prisionero de ellos, lo que te impide ver y comprender mejor la realidad actual y reflexionar sobre ella con objetividad. Personalmente, creo haberme liberado, en parte, de esta prisión y hoy en día, me siento mucho más libre para actuar, opinar y creer en lo que considero más auténtico, con todos mis respetos a los que han seguido otro camino. Aunque todo ello es “harina de otro costal”, lo que daría para hablar muchas horas y a escribir muchas páginas, pero no son ni el momento ni el lugar para hacerlo.

De cualquier modo, larga vida para el edificio del convento de las Monjas y espero que los manzanareños sepamos reconvertirlo en algo que no desmerezca su pasado y que sea de utilidad en el futuro.

 

                                                         

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