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Muerte y desproporción

Ramón Horcajada Núñez

La muerte es el muro infranqueable que ninguna reflexión sobre la persona puede evitar. No podemos trivializarla ignorándola ni relativizándola, ni siquiera en nombre del más allá. Ella define nuestro ser. Ser mortal no es que un día moriré, es que cada momento estoy muriendo y a cada momento podría morir. Por eso define nuestro ser y el ser de todo. Todo resulta provisional. De ahí la angustia en la que el ser humano vive implantado.

Somos grandeza y miseria, y en esta conjunción estamos situados. Grandeza y miseria porque esa provisionalidad que somos hace que la existencia se convierta en biografía. Ser persona es ser biografía y no sólo biología (como un animal), por eso el límite que supone la muerte convierte la existencia en algo llamado a una experiencia de sentido. Como naturaleza el hombre vive la muerte desde la necesidad, pero como persona la vida y la muerte se afrontan desde la libertad, misterio por el que comienza la posibilidad de realizar mi biografía. Mi tiempo se convierte en autobiografía y el mundo se convierte en solicitud constante a mi propia realización. El tiempo me concede el título de autor y cuasi-creador de mí mismo. En la libertad descubro la acción que me requiere, me descubro llamado. Soy un ser “convocado”, ahí hay profunda experiencia de sentido.

La grandeza y la miseria aparecen también en el camino de mi realización porque en la tarea de hacerme a mí mismo me revelo como inconcluso y siempre por terminar. Inacabado en mi pensamiento y en mi acción, experimento una insatisfacción continua. Procuro ser mejor y constato reiteradamente mis infidelidades morales y mis torpezas a la hora de enfrentarme a las aporías prácticas a las que me lleva la vida. Experiencia de sentido y nunca encuentro el sentido pleno. El ser humano es ese ser en continua búsqueda de su humanidad. Y la razón de ello es que hay en nosotros algo sin límite ni comprensión posible, que permanecerá siempre y que es incluso constitutivo de nuestro ser.  Es por esto que padecemos una especie de incoincidencia última con nosotros mismos, una inadecuación constitutiva, que vivimos como insatisfacción y privación. Esta tensión entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, entre mi deseo de hacer y en lo que al final me quedo, ha sido descrito por la filosofía con un concepto precioso: desproporción. El ser humano es el ser desproporcionado, es el ser que contiene en sí más de lo que puede. A este ser se le quiere definir como animal y se revuelve exigiendo derechos cuando se ve tratado como animal; es el ser que vive de lo material pero que llora ante la belleza y exige eternidad ante la muerte del amado;  es el ser que cuando se le reduce a biología y a genitalidad es capaz, al mismo tiempo, de amar de tal modo a alguien que es capaz de renunciar a un rato de placer con otra persona distinta a la amada. Es el ser desproporcionado por naturaleza y quien desconoce esa desproporción no conoce al ser humano.

Somos seres desproporcionados, por eso somos seres que esperan y que viven de la esperanza. Quien sabe esto vive humanizando el mundo y el otro se convierte en “tú” que sufre y ama como yo, que vive, muere, espera y desespera como yo. Se convierte en prójimo.

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