Iglesia altagracia

No hay miedo a proclamar que está vivo

José Felipe Fernández López – Sacerdote

“ De las homilías del  Viernes Santo y Vigilia Pascual  – Altagracia 2019”

Se levanta la mañana, no muye distinta de otros días. No se ha callado el canto de los pájaros y, probablemente, la climatología es tan tranquila o tan imprevisible como esa primavera anunciaba.

No había en el quehacer de la gente nada distinto de otros días y si había algo que marcaba era celebración de la fiesta de la Pascua, esa fiesta judía que recordaba y hablaba de libertad. Pero una libertad fundada en una acción amorosa de Dios. Y el pueblo judío, año tras año, recordaba ese momento. Y se sentía heredero del compromiso de cumplir la Alianza con Dios, que se funda en la fidelidad de un pueblo que se sabe elegido.

Y en ese quehacer cotidiano pocos saben que en un sucio calabozo, o bien del Sanedrín, o bien de la Torre Antonia, edificio romano situado junto al templo de Jerusalén, hay un reo. Un predicador, que predicaba con autoridad y que se había arrogado el ser hijo de Dios. Había sido traicionado por uno de los suyos, o por varios, no estaba muy claro.

Y después de varios juicios, como los de la época, en los que importaba bien poco la verdad es condenado ¿Pero a qué? ¿Qué le hacemos?

¿Un escarmiento? ¿La muerte?

Y el odio no tiene límites. Mira éste puede ser un problema, así que mejor quitárselo de en medio pronto.

Y en vez de un juicio injusto, tampoco pasa nada por otras sarta más de mentiras. Y apretemos, que no escape, si hay que presionar lo hacemos, a la gente se la confunde fácil.

Y así amanece este día. Y el reo calla. No se defiende ¿Es un cobarde? ¿Es un loco? ¿Le da todo igual?

Tampoco importa mucho.

Los soldados se preparan, es día de ejecución. Tampoco más o menos importante que otros días.

Preparan maderas, clavos, martillo, escalera,…

Y los soldados se preparan para apartar a la gente, que en el camino ávidos de sufrimiento, quieren tomarse la justicia por su mano.

Y van a buscarlo. Este reo es tan extraño, no se resiste, parece no temer su destino.

¿Y si tuviera razón y sabe que Dios está con él?

Bueno un soldado tampoco debe interrogarse mucho. Un soldado acata órdenes.

Y le levantan, le empujan, le ponen el madero sobre sus hombros y piensan que no saben si será capaz de llegar al Gólgota.

¡Está tan débil!

Y empieza un recorrido, no muy largo, pero se va a hacer terriblemente duro para todos. Los soldados no pueden contener a la gente y se preguntan: ¿Por qué tanto odio?

Y la gente se echa encima. Algunos pasan y se aprovechan para descargar más odio sin, ni siquiera, saber quién es ese reo y lo que le ha llevado allí. Y parece que la cruz cada vez pesa más y más y más…

Y, por otro lado, algunas personas quieren ayudarle. Y enjugan su rostro y cargan con la cruz, que él ya no puede llevar.

¡Venga! Tampoco queda tanto, un esfuerzo más. No uses más el látigo, ya no se puede castigar más.

Y se divisa el monte, ese lugar donde el sufrimiento y la tortura es algo normal. Y, sin embargo, este reo al ver el monte camina con paso más decidido, no grita, no pide el indulto o la misericordia de una muerte más rápida. Va como si buscara los brazos de su madre.

Arriba ya está todo preparado. Es cosa fácil, casi una rutina.

Y este reo se recuesta sobre el madero. Lo hace como el que busca descanso en su lecho, o como el rey que, con autoridad, se sienta en su trono. Coloca manos y pies y reza. Y pide por sus verdugos.

Pero hay que hacerlo. Y una vez clavado se sube, se coloca y toca esperar. Porque la cruz es espera, es paciencia.

¿y esa gente al pie de la cruz? ¿Su familia? Sí, mujeres galileas y un muchacho. Casi mejor que no hubieran venido, aquí solo hay sufrimiento y muerte. Pero parece que esta gente es valiente.

Y el tiempo cambia, y el aire y el frío aparecen. ¡Qué cambio más brusco! Hay que darse prisa, esto hay que terminarlo.

Y, mientras se piensan estas cosas, el reo dice que todo está cumplido e inclina su cabeza ¿Está muerto? ¿Tan pronto?

Y toca verificar. Y tras la lanzada nada.

Un reo más, un muerto más,….

Y alguna gente se pregunta quién era éste.

¿Quién es el reo?

ERES TÚ, SOY YO. SON MIS PECADOS.

Su muerte me libra a mí de recorrer ese camino. Somos herederos de la cruz. Jesús nos ha comprado, nos ha rescatado, nos ha liberado. Esa cruz era para nosotros.

Y no olvidemos que nuestro destino era la cruz.

¿Qué mensaje podemos dejar a nuestros hijos en la Fe? Que Jesús entregó su vida en la cruz para que nosotros no tuviéramos que hacer ese camino. Y además que nuestro ejemplo les ayude a entender como hay que afrontar la cruz. Como hay que acogerla y vivirla.

 

VIGILIA PASCUAL

 

Amanece el primer día de la semana. Es un día de después de fiesta, de esos en los que a la gente le cuesta retornar a su vida diaria. De esos en los que hasta el buenos días cuesta de decir y el trabajo cotidiano se hace un poco más pesado.

Y en ese alba se ven a lo lejos algunas mujeres vestidas de negro. Pobres ropas y pobres caras y pobres caras. Caras de no poder llorar más, caras de luto, pero caras de serenidad.

Ahora toca hacer lo que hay que hacer. Hay que embalsamar el cuerpo y la dureza de la situación, no exime de la necesaria responsabilidad.

Y caminan, probablemente, por el mismo camino que llevó a Jesús al Calvario y todavía con las huellas de sangre, sudor y dolor de hace unas pocas horas. Y, sin embargo, la historia olvida tan pronto.

Hay tristeza, pero son mujeres galileas. La vida y la muerte se entremezcla de manera natural en su día a día.

Y buscan el sepulcro, cerca de la cruz, cerca del sufrimiento.

Y ya desde lejos vislumbran algo anormal, no hay custodia romana. Aquella que Pilatos había puesto para que no hubiera altercados.

Pero la pregunta de estas mujeres es práctica ¿Quién moverá piedra de la tumba? Pregunta de quien vislumbra el misterio de Dios, pero tiene miedo de dar respuestas de vida.

Y al llegar se dan cuenta que no hay que mover lo que ya está movido, que no hay que apartar lo que ha sido roto y reventado. Y, lo más importante, que no hay que embalsamar lo que ya no está.

Porque no está.

No hay cuerpo, no hay cadáver, no hay vida destrozada.

¿Y ahora como entender esto? ¿Qué buscamos? ¿Qué queremos?

¿Embalsamar muertos? ¿Añorar la ausencia?

Y en ese silencio de la sorpresa e la incomprensión se oye el grito de este alba: ¡NO ESTÁ AQUÍ! ¡HA RESUCITADO!

Cristo no está en el sepulcro. No busquemos a Cristo en la muerte, Él está vivo. Porque ÉL ES LA VIDA.

¿Y a partir de aquí qué?

Pues todo es distinto.

Las mujeres volvieron corriendo. La limitación humana no puede parar la alegría de un corazón con tal mensaje en su interior. Y les dan a los demás este gran mensaje. No hay miedo a proclamar que está vivo.

Y todo cambia. Y este nos es el final, sino que es el principio. Este alba es principio de vida, de fe, de luz y de amor.

No te quedes en sepulcros, sal al día y grita con toda la Iglesia, desde aquellas mujeres galileas, que está vivo y que le hemos visto con los ojos de la fe.

Porque solo desde aquí será posible una vida nueva, una familia renovada, una Iglesia portadora de vida y un mundo mejor.

¡ FELIZ PASCUA !

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