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Rebelión en la Granja

Pedro Lozano Martín-Buro

Manzanares no es ajena a los flujos migratorios, lo vemos en las diferentes campañas agrícolas en las que se palpa un ir y venir de personas. Su presencia se hace notar en el devenir de la vida del pueblo. Están de paso, no sabemos nada de ellos, nada más que lo que vemos, básicamente, nada.

Todo pasa, todo cambia, hasta la vida del campo. Los que fueron agricultores, peones o temporeros de antaño y que trabajaban de sol a sol, hoy, en mayor o menor medida, se han convertido en agricultores profesionales que han ido más allá y han llegado a ser auténticos empresarios y, como tales, buscan maximizar sus beneficios. Acuden al mercado en busca de mano de obra especializada y en pleno apogeo del capitalismo agrícola se busca que sea buena, especializada y barata. Encontrarla parece que no es fácil, deben maximizar sus beneficios, lógico, entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, gracias a que nuestro estado de derecho dispone de reglas y mecanismos que compensan esta balanza. El problema es que no siempre es así.

En el prólogo de Rebelión en la Granja, George Orwell decía que si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír. Al menos, removamos conciencias. Recuerdo el incendio ocurrido el año pasado en una fábrica de colchones, ocupada por personas de nacionalidad extranjera donde hubo dos fallecidos y 6 heridos y tras indagar en Internet para obtener información pude escrutar que se destapó una red de contrabando de tabaco de la que nunca hemos oído nada. Pero eso es otra historia. Probablemente, nadie los vio en esa nave abandonada. Cierto. Sin embargo, otras escenas similares se nos han presentado y hemos actuado de forma salmódica, siguiendo a lo nuestro ¿Quién no ha visto a temporeros habitar de forma miserable en casas o fincas abandonadas? Hay una cita de Cicerón que dice que por la costumbre de nuestros ojos el espíritu se habitúa a las cosas, ya no se extraña de lo que ve a diario y no busca más las causas. Nos pasa a todos. Sin advertirlo, nos acostumbramos a lo que vemos y lo normalizamos, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros. Nos damos golpes en el pecho hablando sobre lo que habría que hacer—el pecado del «habriaqueísmo»—que dice el Papa, en el conflicto humano del Open Arms, mientras nos convertimos en lánguidos espectadores de algo que nos pilla más cerca. No puede ser que no sea noticia que personas vivan en condiciones lamentables y que sí lo sea el uso del glifostato o las corridas de toros. Eso es exclusión. Mi crítica va dirigida a todos los organismos e instituciones, no solamente a ti o a mi. Me pregunto si se hace todo lo que se debe, si se vela por la seguridad y salubridad de las zonas donde habitan estos temporeros. No lo sé, me falta información. Me pregunto si hay problemas de seguridad ciudadana en esta época, lo desconozco, no se facilita información o noticia alguna sobre hechos delictivos en ninguna época del año. No hay transparencia y sería loable disponer de más información, no solamente ahora. Da la sensación de que se escamotea. Creo que es justo y es algo a mejorar.

No puede ser que no sea noticia que personas vivan en condiciones lamentables y que sí lo sea el uso del glifostato o las corridas de toros. Eso es exclusión.

Hay que ser exigente con todas las partes implicadas, empezando por los propios temporeros que cada año serán más, no me cabe duda, para que conozcan nuestras normas de convivencia; con la administración para que sea más transparente y si cabe se implique más; con los sindicatos para que denuncien y exijan mejores condiciones y con aquellos agricultores indolentes (que son los menos) para que no les suceda como en Rebelión en la Granja, donde, pasado algún tiempo, la estructura que renovaron se volvió tan injusta y represiva como la anterior.

 

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