Artículos de opinión Opinión

También de mentiras se vive.

Julio Ángel Ruíz González Calero

Una grave idea ha sido admitida entre los vivos. La soledad ya no es tan solo un estado más o menos intermitente en el que uno encuentra razones que le alienten, o donde se ve capaz de darse las que ya encontró hace tiempo y no se ha atrevido a arrostrar. Quedarnos solos a voluntad, un fenómeno viejo como el mundo, o aceptar las ausencias impuestas con entereza, ha mutado en epidemia de miedo y desolación. Hoy, estar o verse solo es, además de una calamidad insalvable, una enfermedad. Así lo aseguran en cada vez más y diversos foros que califican esa vasta región de la condición humana como el origen de toda desgracia física y mental.

Ante semejante afirmación (que no confirmación), la percepción del peligro se activa tan a prisa como el instinto de permanencia. Y uno no puede por menos de acotar esa amenaza con toda herramienta que se le presente a su alcance. Supongo que es el cumplimiento de una determinación antigua, salir indemnes o lo menos tocados posible ante toda señal de daño o fin -uno de esos propósitos que no nos fijamos en ningún momento concreto de la vida porque venimos a ella sabiéndolos y priorizándolos-. El fondo gregario de nuestra naturaleza nos hace difícil de erradicar, incluso de moderar, por mucho que las circunstancias vayan cambiando, la búsqueda urgente de mecanismos que compensen la sola insinuación de no tenerse más que a uno.

Yo he encontrado consuelo en el teatro. ¿Por qué no admitirlo? Hace ya años que lo encontré.

Me dejé persuadir por una suerte de circunstancias de índole diversa: la influencia familiar una de ellas, tal vez, la más romántica cuando me preguntan. Y lo supe: “es divertido”. Pero no crean que la apreciación quedaba ahí. Divertido porque nunca pensé que mentir pudiera arrojar tanto premio. Cuanto más y mejor mientas -me alentaba-, quien te acepte y pida el infundio siempre va a tener una palabra de agradecimiento hacia ti, y, muchas veces, por más razones de las que puedas descubrir. Así asumí lo que sin duda es una afición, cuando no oficio para muchos, camaleónica y forzosamente impostora.

Extraño, ¿verdad? Fundar el triunfo de algo en el dominio adquirido sobre la mentira. Pero no para burlar al espectador, eso lo advertí secundario a la luz del auténtico reto. Que la mentira recaiga sobre ti mismo, porque vas a tener que defender a muerte a tu personaje. ¡Bravo, Teatro! Cuánto pides a aquellos que nos atrevemos a llamar a tus puertas. Róbale al texto todas esas construcciones verbales que permanecen inaudibles, como si hasta en ese momento solo las pronunciaran fantasmas o astronautas perdidos en el espacio. Abrázalas, mastícalas, créetelas. Más que extraño, en este punto, paradójico. Creerse que uno ama u odia, que está al borde del colapso o que le espera un porvenir inmejorable. Que te ataquen, te seduzcan, te jaleen o te humillen. Miéntete a ti mismo -dice el escenario- y no engañarás al público; bien al contrario, lo conducirás, por momentos, a la lucidez. Querrá ver más de lo que se le enseña y, con un poco de suerte, se identificará con lo que pasa ahí arriba. Y vendrán el festín, el reconocimiento: la catarsis, en suma.

Pero no todo queda dicho. El asunto no se reduce a lo estrictamente individual. Este arte se expande hacia un ‘nosotros’ tan necesario como el aire. Ya no solo porque el escenario beba de la apreciación del espectador, que también. Es la suma inestimable de reparto, dirección, escenógrafos, vestuario, técnicos… la que ofrece garantías suficientes para hacer creíble la gran mentira. Reparto, digo, pero podría decir colegas, o mejor, cómplices. Antes de cada ensayo, compartimos saludos, bromas, llamadas al ánimo. Y uno ya sabe en qué ecosistema emocional van a moverse los diálogos, las interpelaciones, las miradas y, si cabe, el timbre de la voz en ciertas inflexiones del papel. También el ritmo de la respiración cuando se guarda silencio.

Y te das cuenta de lo mucho que les debes a unos tipos que disfrutan como tú en este dichoso juego. Porque escuchan a tu personaje y te piden que hagas lo propio con los suyos. Acabas sabiendo que la dimensión del papel -el de todos- agota más espacio que el de las palabras. Y, juntos, sonreímos ante la contradicción del teatro como suceso efímero, y como algo que no se va a repetir al día siguiente, al menos de una forma exacta. Con buen ánimo aceptamos lo inevitable porque deja un poso que seguirá haciendo preguntas mucho tiempo después. He aquí, quizás, el valor de todo esto; el adiós no es definitivo y la posibilidad de un hermoso recuerdo o de un pequeño aprendizaje aguardan en la recámara.  

 La vida es imposible sin ilusiones, decía Ortega.

Y, ya ven, el teatro, tal y como yo lo entiendo, es el parto feliz de una ilusión, por lo que tiene de enigma, de espejismo y, al mismo tiempo, por la grandeza y la esperanza que infunde en el ánimo. No he encontrado mejor manera de darle la espalda al cataclismo de soledad que amenaza a cada minuto, en cada resquicio. De todo corazón. Bendita manera de encarar el desastre. Gracias.

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