Historias de antaño y de vida

Tesitura Santera

Manuel Rodríguez Mazarro

 

Recuerdo los días que anteceden a la Semana Santa, marcaban una etapa en el año. Los fríos se habían pasado. Obligado era poner en orden la casa, renovar las ropas.

Por nuestras calles se oía  pregonar aquel hombre que con carro y mula voceaba: –¡a la cal vivaaaa!, era tiempo de los blanqueos. Personal especializado en tal arte de manejo y arreglos, remiendos de fachadas, zócalos y tapiales. Maestría de buen pintor de brocha gorda como fue Cipriano F.-Pacheco conocido por “Chan”, subido a la escalera dándole a los caballetes de los tejados.

Aquella señora Sebastiana Jiménez “la ciega de las brochas” fabricaba y vendía tal artilugio, muchos años su residencia fue La Milagrosa. Con una de las brochas iba recorriendo las calles del pueblo, le servía de lazarillo, dando golpecitos a la pared salvando cualquier impedimento.      

En las casas se preparaban sábanas viejas o telas grandes, sacos de arpillera para cubrir las rejas de los ventanales y suelos, evitando los chorreones de cal y yeso. Tinajas y calderas, cubos preparados con tal elemento desinfectante. —Sorprendía aquél hervor, del contacto agua con piedras de óxido de calcio.–Se raspaban los desconchones, repellaban las grietas, dejaban secar el yeso y por último dar varias manos de cal.

 

El tema de las brochas tenía su arte. El mango era de madera, atadero fuerte con alambre al esparto, materia prima que anteriormente se había cocido, machacado, cortado los flecos, quedando perfecta y no fuese soltando pelanas.

Las hacían de varios tamaños, las más pequeñas se utilizaban para los “fuegos bajos”, le llamaban hisopo, para pintar de negro el frontal y ribetear las jambas, mejunje que se hacía con polvos de venta en droguerías, mezclados con vinagre.

Actualmente son contadas las casas de patio y corral, aparte de los adelantos que han sustituido los primitivos trabajos. Aquella preparación de limpieza a fondo,  habitaciones, cocina, despensa, retrete, armarios, cajones de la cómoda, airear ropas, cobertores, mantas pesadas, muleras o de tiras. Las casas adquirían otro encare distinto, se abrían las ventanas, entraba el sol, todo olía a lejía.

La tesitura santera, era tiempo de hacer “priorillos” de cochura, preparar los dornillos de barro, harina de la fábrica, huevos de las gallinas de la Paca, azúcar de A. Enrique, mantequilla de la granja, aceite de Julio. Se decía un rezo antes de hacer la masa. Rosquillos, pastas, mantecados, rosca y otros dulces tradicionales de estas fechas.

Nosotros los muchachos andábamos remolineando entre aquellos tejemanejes de cocina y algún que otro rosquillo desgraciado con poco fuste se escapaba, de los defectuosos y de mal ver, no digno de bandeja de invitados. –Y el oportuno coscorrón. La frase aquella de: ¡vete a la calle a jugar, cuánta cruz estás dando, hijo mío!

El Miércoles de Ceniza, obligada aquella pizca de ceniza en la frente, recuerdo de ser polvo y en ello volveremos algún día, tristeza que el humano tenemos colgado en la vida.   

Santo recorrido procesional, todos los pasos juntos, los balcones con bombillas en los laterales. Había costumbre de invitar a los parientes y amigos a ver la procesión en casa y al mismo tiempo degustar “la cochura” y beber sendas copitas de María Brizar, mistela, Pipermín, vino dulce, Calisay,…arrope.

Aquel ritual que se hacia todos los años por estas fechas, abrir el baúl “mundo”, llamado así por tamaño y volumen, verdadero armatoste de cosas dentro con olor a naftalina. Preparar y airear la túnica, el farol y todos los elementos que requería la uniformidad del nazareno. Envueltos en periódicos –“Arriba”, “Informaciones”, “Pueblo”, «Lanza”,… preparar la vela, planchar la arruga, el capuchón o cucurucho que era de cartón, encasquetado en la cabeza, ¡eso era penitencia…!

Los balcones luciendo las mejores dotes de “colgaduras”, colchas bordadas a mano, mantones y nuestra Bandera Española.

Miramiento de reojo a las autoridades, el bastón de mando tras del paso del Cristo Yacente o La Dolorosa, saludos de cortesía, sonrisa forzada, lucimiento de unos y otros, señoras portando la tradicional mantilla, rosario enlazado en la mano, misal Kempis, retoque de mejillas, el aderezo de la abuela, tacón impecable, caída de ojos, clavel y murmullo de espectadores.

Costumbre había de: “Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos”. Eslogan comercial que en la actualidad no tiene sentido, las prendas y modas van dando aire a tal frase primaveral. Ir quitándose la zamarra, gabán, tabardo y pelliza. Dando paso al lucimiento personal y escotes libres.

Tradicional paseo por la antigua carretera N-IV, el “parterre”, “Calicanto”, “fábrica de la luz”, repecho al “Cristo de la Agonía”, incluso se llegaba al “Albergue” y reposo al ir o venir en el “puente de los pobres”. Nombres de Manzanares que aún perduran.

Esto era nuestra tesitura santera, hermosura, recuerdos, algún rescoldo de aquello ha quedado, opino que en decadencia. Sin dejar de mano a los cientos de ausentes, familias que nos visitan por estas fechas y otros que se fueron a criar “malvas”.  

                                                                     

 

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1 Comentario
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    Francisco Cantarero Fernandez-Pacheco
    22/04/2019 en 15:36

    Todo esto que relata Manuel, los que tenemos cierta edad, lo hemos vivido, y al leerlo, nos trae ciertos recuerdos.

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