Pedro Lozano Martín-Buro
lfpabogados@lfpabogados.es

Gracias al condensador de flujo, los agujeros de gusano y el envolvimiento cuántico ya es posible viajar por el tiempo. El 16 de junio del año 2032 el aterrizaje se efectuó sin dificultad en un lugar de la Mancha, en una Plaza, llamada de las Palomas. La comunicación estaba lastrada por un críptico intercambio de datos, no era muy fluida, aun así, ya se percibían los cambios producidos, especialmente, en el comercio local como consecuencia de la pandemia.

17:00 Hora local. Cumpliendo órdenes me preparo para tomar contacto. Abriendo la escotilla 23. Abandono la nave. Tiempo despejado, mayormente soleado con ligeros vientos de la sierra de siles; temperatura, 32 grados centígrados; humedad relativa, 40 por ciento. Corto.

17:08 Hora local. Observo personas que caminan rápidamente, todas con un móvil en su mano y separadas unas de otras por una distancia de dos metros. Van con mascarillas de diferentes colores y formas. Nadie se fija en mi. Corto.

17:09 Hora local. Hay carteles digitales que informan del número de infectados con diferentes gráficas. De forma intermitente y con luces de neón, qué curioso, aún se anuncian controles de velocidad en el polígono y cortes en el suministro del agua debido a mejoras de la red, se piden disculpas a los vecinos que parecen estar acostumbrados a esta situación. Corto.

17:11 Hora local. En el perímetro observado se aprecia una apuesta decidida por la vigilancia digital, hay cámaras por todos sitios. Por el móvil se investigan los movimientos, las compras, la velocidad, las amistades y los comentarios críticos en las redes sociales. Se controla cada clic. No existe la esfera privada, repito, no existe la esfera privada. Corto.

17:12 Hora local. Las cámaras captan las imágenes faciales y la temperatura corporal. Atención, atención, observo que en este lugar no hay comercios, ni tiendas, ni bares, está todo cerrado. Silencio ensordecedor. Sobrevuelan restos de carteles perdidos donde se puede leer “se alquila local comercial”. No hay espontaneidad, flexibilidad, capacidad de sorpresa ni cercanía. Es todo muy raro. Corto.

17:14 Hora local. Primer acercamiento a un ciudadano. Consideremos a ese chico con el móvil. Sigo sus pasos, avanza sólo, se detiene, reacciona, levanta la cabeza y continúa su ida siguiendo el horizonte de la punta de sus zapatos, manipulando y tocando el móvil sin soltarlo. Sigue su marcha. Levanta su mirada, me ve, soy un extraño y no me puede bloquear. Pido instrucciones para contactar. Corto.

17:23 Hora local. Primer contacto con habitante de la zona.

  • Hola, ¿qué buscas? ¿puedo ayudarte?. —se dirige a mi en forma amistosa—
  • Algún comercio en la zona. —contesto rápidamente—
  • Ya no quedan, ¿no lo sabe? El pueblo luchó hace 10 años contra la pandemia con grandes medidas higiénicas, controló el virus, pero olvidó, tras el confinamiento, que comprar podía ser un acto moral y no sólo económico y que debía prevenirse del consumismo sin ética y sin sentido social. Pasó lo que pasó, nos dejamos llevar por las compras masivas por Internet. En una sociedad del exceso como aquella, tan acelerada, el mejor antídoto hubiera sido no dejarse llevar. No lo hicimos…Hubo una segunda oleada que nos golpeó con ese otro virus que fue aún peor, el del egoísmo indiferente. Nos fulminó. Nos aisló e individualizó y el pequeño comercio desapareció.

18:05  Hora local. Vuelvo a la nave. Hay que hacer algo para cambiar el futuro. Corto y cambio.

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