Por África Crespo

De pequeña me gustaba que llegasen las fiestas de calle Santa Beatriz de Silva. Durante toda la tarde disfrutábamos de juegos populares todos los niños del barrio, competíamos por premios que nos darían por la noche, antes de que se celebrara el espectáculo del día. Pasaba a casa para arreglarme y volvía a salir a tomarme un montado del bar que montaban en la calle y seguir jugando con mis vecinos. Y así durante los días que duraban las fiestas del barrio. Unas fiestas que marcaban la cuenta atrás para que acabara el verano.

Aquellos días de finales de agosto solíamos aprovechar para preparar la vuelta al cole. Me encantaba visitar Malva. Aún paso por delante de la puerta con nostalgia. Siempre ha sido nuestra papelería. Llegábamos allí con la ilusión de un nuevo curso, de volver a empezar, de estrenarlo todo. Sacábamos la lista y le decíamos a Merce todo lo que necesitábamos. Era muy probable que tuviésemos de todo aquello en casa, pero nada mejor que una nueva caja de lapiceros de colores Alpino, otra de ceras Plastidecor y de lapiceros nuevos para comenzar el curso con ilusión o de un par de gomas de borrar Milán que acabarían perdidas entre los estuches. Después pasábamos a los cuadernos nuevos, las carpetas y el forro para forrar los libros.

A veces comprábamos algún libro de segunda mano. Íbamos con papá a la imprenta para cortarles medio milímetro de canto, así no se vería sucio y parecerían nuevos. Después, en casa, aprovechando una tarde de tormenta, los forrábamos con cuidado en la cocina. Recuerdo el olor a nuevo, a libros recién estrenados y recién forrados. Recuerdo decorar los cuadernos y las carpetas con pegatinas y con forros de dibujos.

Los primeros días de septiembre preparábamos los uniformes. Siempre había algo nuevo que comprar e íbamos a Román a probarnos la nueva falda a la que había que coger un poco para que nos sirviera para varios cursos. Siempre coincidíamos allí con alguien del colegio. Me encantaba perderme por los pasillos de aquella tienda. La recuerdo oscura y llena de percheros con uniformes de colegios envueltos en plásticos protectores.

Saliendo de la tienda ya anochecía. Sin duda, aquellos cambios de luz eran aprovechados por mamá para ir cambiando al horario de invierno. ¡Qué difícil resultaba ir a la cama cuando aún era de día! Cenar cada día más temprano y retomar los menús de invierno que habíamos abandonado. Un puré de verduras y alguna salchicha o guisantes con jamón mientras veíamos Lo que necesitas es amor. Creo que recuerdo las cenas de mi infancia con aquella banda sonora de fondo. Nunca llegábamos a ver el telediario, siempre íbamos a la cama antes.

Septiembre es el mes de la nueva oportunidad. No creo que el año empiece en enero.

Septiembre siempre vuelve tras el verano para devolvernos la ilusión por hacer cosas nuevas o mejorar lo que dejáramos inconcluso en junio. Recuperar las normas, los buenos hábitos, el orden.

El mes de septiembre nos deja un periodo de adaptación. Sin prisas para organizar el nuevo curso. Buscar las deportivas nuevas, el primer pijama para el invierno, el chándal para hacer deporte. Hasta que llega Jesús, el 14 de septiembre. Fecha que, sin duda, las vacaciones llegan a su fin. Ya no quedan niños por las calles al caer el sol, ni familias paseando ni bares cerrando a las tantas entre semana. Han sido catorce días de adaptación gradada que nos han ido avisando: hasta el año que viene Verano.

 

África Crespo

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