Por Consoly León Arias

Iniciamos 2021 en peores circunstancias de las ya existentes, cuando hace tan sólo unas semanas sepultábamos el annus horribilis que ha supuesto para la humanidad 2020.
La pandemia cercenó las ganas de disfrutar de la pasada primavera como un mal presagio, donde la catástrofe ha superado cualquier previsión posible. Una estratosférica crisis sanitaria imparable, caótica y sin precedentes, donde nuestros sanitarios se han dejado la piel, demostrando su calidad humana y profesionalidad desde el principio. Nuestro recuerdo a los miles de fallecidos, y afecto a cuantos supervivientes se hallan ligados de por vida a un lastre de secuelas con las que tendrán que convivir. A este dantesco escenario se suman otros de gran calado, como las terribles y temibles consecuencias que acucian la vapuleada realidad económica y social española, que arrastraba con debilidad, los efectos de crisis pasadas y que retratan la crónica de la agonía más lacerante de nuestra querida España.
Es casi imposible ser optimista en medio de tanta ofensa, tristeza y desesperación. Quizás el término más apropiado para englobar las extraordinarias circunstancias que concurren en España, y en el mundo globalizado sea INDIGNACIÓN, como palabra asociada a un evidente sentimiento de pesadumbre.
La desazón se magnifica por momentos con imágenes tan plásticas y desoladoras como las de las interminables “colas del hambre”, en los bancos de alimentos, comedores sociales de la Iglesia, y otras ONG que en un grito desesperado ante la situación, se afanan desde la solidaridad, y el compromiso, en hacer el bien mediante la caridad.
No hay espacio para lo positivo en esas colas, que junto a las del desempleo baten records históricos y nos trasladan a tiempos de posguerra, allá por el año 1940, el llamado año del hambre, a juzgar por todas las penurias y sufrimientos de aquellos que vivieron en aquellas fechas y cuyo testimonio hoy es crucial para conocer una dura realidad que muy a nuestro pesar, cada día es más semejante a la nuestra. Llegar a estos niveles es descorazonador, por no hablar de esas ansiadas vacunas que ahora observamos con recelo, y que pretenden inocularnos como meros conejillos de indias, sin atender razón alguna, y caiga quien caiga.
Mientras buena parte de nuestros mayores han sido el centro de la diana en esta pandemia, los más jóvenes se encuentran presos del desconcierto en un sistema educativo que hace malabares para formar, a veces, on line, a quienes algún día tendrán  que desempeñar la compleja tarea de recomponer las piezas de este puzle. Tendrán que trabajar  incansablemente  desde el sentido común y  la responsabilidad, enmendando los gravísimos e inenarrables errores cometidos por un puñado de ignorantes, los cuales aún sueñan  con una gobernanza de España asociada a una barita mágica y una poltrona de vagos.
Si en este desbarajuste hay algún resquicio de luz y esperanza, sin duda lo aportan nuestros jóvenes, a pesar del alto precio que estos tiempos les harán pagar.
La aparición de nuevas cepas del Covid-19 en Reino Unido y Japón, nos reafirman en la idea de un virus  harto difícil de extinguir, y por ende,  cobra fuerza la idea de un implacable virus diseñado en un laboratorio con cariz exterminador, y a sabiendas de que diferentes empresas farmacéuticas y adyacentes, serán las grandes beneficiadas  de esta hecatombe mundial.
En definitiva, es complicado ponerle al mal tiempo buena cara cuando llueve sobre mojado, en una estampa marcada por la ruina, la incertidumbre, el abandono, la tristeza, la enfermedad y la muerte, a la que ha querido sumarse un devastador temporal marcado por el frio y la nieve, llamado Filomena, en un momento histórico donde se disparan los precios de la luz, amen de una interminable lista de impuestos con los que el gobierno pretende avasallar  hasta el extremo al pueblo español, definiendo así a la española, como una sociedad tan empobrecida que  en demasiados casos roza niveles de marginalidad.
En medio de tanta inquietud, sólo nos queda aferrarnos a la fe, dar gracias a Dios por lo afortunados que somos y pensar que cada día ocurren milagros, a pesar que nuestro frenético ritmo de vida a menudo nos impide observarlos.

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