Por Pablo Nieto-S. Gutiérrez

La actual clase política nos deleita en cada sesión plenaria con una buena dosis de “brilli-brilli parlamentario”. Ello quiere decir que, en lugar de debatir sobre las cuestiones que de verdad tienen relevancia para el conjunto de sus representados, discuten sobre nimiedades, a menudo magnificadas, que no le importan al buen entendedor. Este sabe que el meollo de la cuestión está en otro lugar y ve con resignación como se cae en la confrontación por cuestiones que carecen de importancia. Ello sucedió infinidad de veces el año pasado, 2020, con cuestiones tan variopintas como el estado de alarma, la “nueva normalidad”, los presupuestos, etc., en las que el debate estéril sobre menudencias usurpó el lugar del necesario debate sereno. No me voy a centrar en ninguna de estas cuestiones; el propósito de este artículo es mostrar el “brilli-brilli” del debate sobre la LOMLOE, la recién aprobada ley de educación.

Se ha debatido muchísimo sobre el castellano como lengua vehicular en la educación, cuestión que solo aparece en la LOMCE y no en ninguna de las otras 6 leyes educativas aprobadas en los últimos 40 años. Hace unas semanas, conocí a una estudiante de Bilbao con motivo de un congreso estudiantil. Según nos confesó, su único contacto con el castellano era el de la asignatura Lengua y literatura castellanas, de obligada implantación en todo el sistema educativo. Nada más: el resto de las asignaturas y el contacto con familiares y amigos los realizaba por medio del euskera. No obstante, esta estudiante hablaba divinamente castellano. ¿De verdad merece la pena enconarse días y días con la lengua vehicular? Es una cuestión absolutamente irrelevante, pues no tiene repercusiones prácticas. Lo mismo sucede con la educación especial (para la que ley recoge precisamente lo que resuelva la ONU) y con la concertada (de la que nadie nos ha explicado en concreto en qué se ve afectada por la nueva ley): mucho ruido y pocas nueces; debates bizantinos que ignoran lo esencial.

La LOMLOE es una mala ley educativa, desde luego. Pese a que el Congreso aprobó por unanimidad devolver un lugar preponderante en el sistema a la filosofía, denostada vilmente por la LOMCE, parece ser que los legisladores se han olvidado de sus propios actos y la han condenado a la optatividad (salvo en 1.º de Bachillerato).

Pese a las reiteradas peticiones de la Red española de Filosofía y de muchos amantes de la disciplina, los legisladores no han hecho ni puñetero caso y la ley sale casi sin filosofía.

Lo mismo se puede decir de la situación de otras asignaturas, grandes olvidadas de la ministra Celaá. De eso, y de más fondos para la educación, y del fracaso escolar y de los itinerarios formativos y de la formación profesional, por ejemplo, es de lo que se debería haber hablado, pero, según parece, la corta inteligencia de nuestros legisladores les impidió pensar con la profundidad suficiente para afrontar un debate serio sobre estas y otras cuestiones que quedaron en el tintero.

Así las cosas, seguiremos teniendo nuestra dosis semanal de Sálvame parlamentario con “brilli-brilli”. De las cuestiones esenciales, mejor ni hablar. ¿Para qué? Seguramente, no entiendan qué es discutir sin recurrir a gritos, insultos y palabrería vacua.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *