por Silvia Gordillo de la Cruz

Hace unos años, en la despedida de solteros (conjunta, así somos de modernos) de mis amigos Mariola y Foso, alguien tuvo la brillante idea de dejar que me apoderara del micrófono en la cabina del pinchadiscos (DJ para los milennials). Pues bien, no debían ser conscientes de lo “abundanta” que puedo llegar a ser. En una de las canciones se formó una conga y empecé a ordenar alternativamente el cambio de sentido durante el baile, según me venía en gana. ¿La consecuencia? El mareo, los choques, y las risas.

Pues así es como me siento con el nivel de propuestas de algunos políticos de los que rigen nuestros destinos. Lo que ayer era bueno y era concordia, hoy es rencor y disputa. Mareo y choques.

Tengo que advertirles que nací en abril de 1975. Franco es en mi vida algo parecido a Cristóbal Colón o Alfonso XII, es decir, personajes que llenaban mis libros escolares.

Supe que fue el anterior Jefe de Estado, que designó al Rey Juan Carlos como su sucesor a título de Rey, que murió en el Hospital de la Paz y que miles de personas acudieron a su capilla ardiente en ese Palacio de Oriente que yo creía que era donde vivían los Reyes, pero los Magos de Oriente.

Digo esto porque nunca tuve una especial aversión o simpatía por ese señor. En mi casa no se hablaba demasiado de política en mi niñez. Mis padres, trabajadores de puertas para afuera y hacia adentro, nos proporcionaron educación y valores. En su ánimo estaba el que nos formásemos, fuésemos personas de provecho y nos resolviéramos la vida con nuestro esfuerzo y capacidad.

Nunca supe si mis abuelos, esos que ahora tantos reclaman tener en las cuentas (alguno menos será), eran de un bando u otro. Sé que igualmente eran gente trabajadora, unos en un pueblo de Salamanca y otros en Madrid.

No tengo consciencia de haber oído hablar de rojos y fachas hasta ser mayor. Y desde hace unos años existe una crispación y una continua acidez que me hace lamentar que parte de las nuevas hornadas de españoles tengan en la boca todo el día la palabra fascismo, guerra civil y similar, cuando al menos son la tercera generación desde aquel triste episodio de la historia de España.

Pero es que lo que nos sucede hoy en día, no creo que sea lo que necesitamos la gente de a pie. Cuando la situación económica está a punto de tornarse insostenible para muchos, nos despistan con un proyecto de Ley de Memoria Democrática que supongo que tendrá la misma motivación de urgencia que la exhumación de Franco. Vamos, ninguna.

Tenemos el gobierno más numeroso de nuestra historia, y ni el presidente, ni los ministros, ni los secretarios y subsecretarios de Estado, ni asesores, ni directores generales, ni… ¡uf! Ya me canso de enumerar. Como decía, ninguno de todos esos “servidores públicos” han sido capaces de gestionar una pandemia en la que han muerto más de 50.000 compatriotas nuestros.

Y lo peor es que no dejan de echar la culpa a todos los demás: a las Comunidades Autónomas por no controlar el virus en sus territorios, a los Ayuntamientos por querer ayudar a sus vecinos, a los ciudadanos por no ser responsables, a… vaya, que todos tienen la culpa, menos ellos.

Y después descubrimos que realmente ese gobierno no hizo nada: ni hubo comité de expertos, ni hubo confinamiento (porque eso dijo el presidente en una entrevista reciente, que no hubo confinamiento. Que los tres meses que ustedes y yo hemos estado en casa han sido un sueño… vaya, como el de Los Serrano…)

Y por eso creo que alguien se ha equivocado dejando subir al presidente a la cabina y dejándole el micro: nos va a tener de un lado para otro, despistándonos y mareándonos para poder mantenerse en su estrado. Pero sin risas.

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