Por Julio Ángel Ruíz González Calero

A Elena, que también quiere a Pepe desde la otra orilla.

Manzanares, 1928-2008

Las contadas crónicas que corren sobre González-Calero López coinciden en afirmar que sus conocimientos fueron tan resplandecientes como espinosa fue su vida –el inicio de esta, al menos- y tal vez no les falte razón. De orígenes humildes, artesano del hielo y repartidor ayudante de su padre, soltero y sin hijos, la vida de González-Calero López fue una sucesión de reveses familiares, ofensas personales y bandazos del destino, siempre entre la fábrica del negocio familiar y la cadencia de un caballo que, a la vez que tiraba de un carro lleno de gaseosas, en muchos casos, hacía las veces de compañero atento a los poemas del Romancero Gitano que memorizó puntualmente y no habrían de abandonarlo hasta el final de su vida.

Segundo de cuatro hermanos, a los once años, manifiesta a su madre la necesidad de acompañarla a Burgos, lugar donde, en las postrimerías de la Guerra, un ministro ya legitimado los atiende y accede a firmar un indulto que, según informes oficiales, acabará llegando un día después de que fusilen a José, el padre. Sin conocer todavía el desgraciado final del que fuera vicealcalde de la localidad, no exentos de la moderada esperanza a la que en ocasiones se aferran los vencidos, regresan al pueblo una tarde desapacible de marzo con un sabor amargo en la boca y, aun entrelazadas con fuerza, frías las manos. Pocos días después, con el dolor de la noticia retumbando en sus oídos, González-Calero, sin entenderlas, empieza a leer unas páginas que hasta años después no sabrá que pertenecen a Unamuno y, con un desaliento que tardará en moderarse el tiempo que la vida le tiene reservado, escribe lo que veinte años después titulará como Filosofía rítmica de un dolor crónico, aún sin publicar.

A los quince, según sus biógrafos, González-Calero intenta ingresar en la Escuela de Arte de la capital de la provincia, por entonces, una réplica modesta y ensimismada de la madrileña Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Las pruebas de ingreso exigen un abandono inasumible de su puesto de trabajo y, ante la negativa materna, viuda convencida en cauterizar las heridas familiares a fuerza de no desatender en lo más mínimo el negocio familiar, Pepe renuncia a presentarse. Como firme defensor de la causa familiar, digiere con entereza sus lágrimas y continúa con su formación autodidacta. Algunos coinciden en afirmar que desde ese momento guarda un rencor a la madre que oscurecerá su carácter hasta la muerte. Entendí que el único y mayor aprecio con que algunas personas pueden obsequiarte es el silencio y una taza de caldo caliente en ciertas noches frías y desapacibles –confesará González-Calero a su sobrino-nieto, en clara alusión a su progenitora, pocos años antes de morir.

Los años que siguen los ocupan numerosas lagunas que, a día de hoy, aún no han conseguido esclarecerse. En conjetura de su último biógrafo, su adolescencia transita por una especie de letargo al que lo somete la existencia rutinaria y mecánica del trabajo y la consecuente escasa vida social a que el ambiente familiar da lugar. Acompañado de su hermano Julio, el menor de los hermanos, Pepe acude por las tardes a las clases que el maestro y fundador del colegio don Cristóbal les ofrece en un claro gesto de estima y respeto por el dolor de la familia. Con el paso de las semanas y su innato talento artístico, reaviva su amor por la pintura y el joven gaseosero, contagiado por la excitación creativa de sus caricaturas y sus rótulos futuristas, se inicia en la escritura. Unos meses después, en una tarde de un junio todavía de primavera, confiesa a su hermana María que sigue sintiéndose huérfano, separado del mundo. Tras unos minutos en que no logra sofocar unas lágrimas desconsoladas, admite que una pesadilla recurrente desde hace años lo empuja a salir de la cama a altas horas de la madrugada y a arrodillarse en el patio de la casa para alternar arañazos sordos en las piedras del suelo y gritos ahogados hacia cielo, como un lobo domesticado que quisiera liberarse de una cadena invisible. María siempre dudará de la veracidad del episodio debido a un cielo que Pepe describe como púrpura y verde, plagado de luces asfixiantes y amargas, en evidente sinestesia que sus cronistas han querido ver como un signo de la “ferviente imaginación poética” que mueve al joven artista en aquellos años.

Pasa el tiempo y, con él, los versos, las lecturas y las largas conversaciones con sus sobrinas y su sobrino-nieto. Declarado simpatizante del Athletic Club de Bilbao, único equipo verdaderamente español –le insistirá a su sobrino en numerosas ocasiones-, Pepe seguirá viviendo más de noche que de día y poblará las madrugadas con la polifonía de voces que le procuran los muchos programas de radio que graba en casetes. Sus versos permanecen bajo custodia familiar y piden ser publicados en el espacio de muy pocos años. La voluntad de un Pepe adulto y, más tarde, anciano, reposa intacta en los deseos de unas sobrinas y un sobrino-nieto que guardan con amor los restos de aquel hombre roto y herido que supo querer con silencio y orgullo discreto.

Muere la madrugada del 1 de enero de 2008, arropado por el desconsuelo de sus dos sobrinas y unas sábanas frías de hospital.

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