Por Juan Ramón Morales Sánchez Migallón.

Hace un par de meses, en una comida informal de familia, mi compañero de mantel por la derecha lanzó, casi como sin venir a cuento, una pregunta que apostilló con el relato evangélico de los pájaros que no se preocupan de la comida o el vestido y no les falta porque Dios se los procura.

Hoy me viene a la memoria y quisiera compartir con vosotros algunos pensamientos al respecto, aunque con mucha menos enjundia que la pregunta lanzada, que intentaré contestar volviendo la oración en pasiva.

Me gustaría meterme en la piel de los pájaros, aunque sé positivamente que por mi peso y mi carencia de alas nunca podría volar, tampoco creo que me acostumbrase a su dieta de semillas o un pequeño gusano y unas migas de pan de vez en cuando.

Además, cuando pensamos en los pájaros, nos viene a parecer que no tienen pasado ni futuro, por eso hablamos de ellos en presente. El pájaro vuela, canta, come, juega, persigue a su pareja, cuida a sus pequeños, hay veces que sale volando para huir ante un niño que trepa el árbol para buscar nidos; otras veces gira, sin rumbo, y sin prisas; vuela bajo sobre el agua de la piscina para beber. Juega con el viento en la cara, o se moja las patas y se baña en una charca en un día de calor. Y es que el mundo de los pájaros está lleno de misterios, ¿serán felices?¿Qué piensan cuando comen unas migas de bizcocho? ¿Acaso la golondrina disfruta haciendo equilibrios en el cable de la luz? ¿Y las gaviotas cuando se elevan sobre el mar, no se marearán?¿Qué sentirá el buitre buscando carne muerta para la comida de sus crías? Y ¿cómo se siente el pájaro que extiende sus plumas para cortejar a su nueva pareja?

Y, sin embargo, parece ser que cada uno se ha intentado especializar en aquello que resulta hermoso, el jilguero canta, el canario juega con sus trinos, el loro da los buenos días a su dueño. Cada pájaro tiene su historia. Nace, crece, cuida a sus pequeños. Un día muere, dejando un lugar vacío en el mundo de los vivos. Quizás un niño lo entierre, una señora llore por su muerte, unos pajarillos, huérfanos, noten la falta de su padre. Sentimos envidia por su simplicidad, por sus cantos gozosos, por su saltar al vacío como quien juega con la vida, por su huir, veloces, cuando sienten el paso de un hombre curioso o pensativo.

En la mayoría de las ocasiones, nos complicamos la vida lo suficiente como para no darnos cuenta del milagro de un nacimiento, de la sonrisa de un amigo, de la caricia de alguien que nos quiere, de la palabra de aliento de cualquier conocido. Aunque también tenemos un corazón que es capaz de amores y de heroicidades…

De vez en cuando deberíamos hacernos sencillos, como las aves del cielo, para aceptar la vida, para cantar el gozo, para dar lo que recibimos, para mirar al cielo y pensar en ese Dios que viste los lirios del campo, inspira el canto de los jilgueros y nos mira, con una sonrisa de Padre bueno, detrás de las nubes, mientras unas gigantescas águilas vuelan, majestuosas, hacia otros mundos lejanos.

 

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