Las cosas no existen si no se nombran, si la “cosa” en cuestión no es en la mente del sujeto-creador, del sujeto-demiurgo. Es la conciencia del sujeto, su mente, la que en primer lugar crea para que luego esa cosa se recree en su relación con él. La palabra como motor creativo, como fuerza primitiva, como electricidad surgida desde la pila del imaginativo primero.

La palabra, sí. ¿Y qué decir del trazo, del color, de la forma? Y me refiero ya a la pintura (o al dibujo) de Pedro Miguel Pérez Villegas.

Hay muchas formas de crear realidades, de crear mundos; muchas formas de hacer surgir lo que hasta un momento era una idea latente entre millones. Es facultad del artista elegir de entre esos millones, una posibilidad (precisamente ésa) y construir en ella un edificio del que será arquitecto, víctima, prisionero y mago.

Pedro elige (es elegido por) el modo figurativo y, dentro de él, la manera precisa, realista (si es que un dibujo, una pintura, puede serlo). El porqué de esa elección es un hecho que entra en lo inevitable. Porque las fuerzas creadoras, cuando son ciertas, son ineludibles, irrenunciables, hasta (en algún caso) crueles, con la letalidad de una femme fatale: abismo a cambio del éxtasis que supone el singular y solitario hecho creativo.

Las formas por las que Villegas es poseído, son sacadas de una realidad para construir otra, paralela, que pudiera confundirse por el ojo cándido con aquella, pero que en ningún modo pertenecen a la “tangibilidad” del objeto, a la presencia de tal o cual persona, a la dureza de aquella luz. Son pues un camino por recorrer, una colección de silencios que buscan una génesis en lo vivido, en lo pronunciado, en los sonidos que pasaron dejando su huella intangible, sus cicatrices, su función de duda.

Pedro, con vocación de relojero, construye pieza a pieza un mundo que debe tener la pieza exacta en el lugar exacto y no en otro, un poco más allá o un poco más acá. Porque cambiar un milímetro supondría meterse en otro mundo distinto al que Pedro pretende llevarnos. Porque los mundos, el mundo de Pedro, lo es porque requiere de una extrema precisión en la medida, en la valoración de la sombra y de la luz, en la disposición de las masas. Mover una sombra, un reflejo acaso, supondría un terremoto, una catástrofe y todo el tinglado se hundiría para formar otro, ciertamente, pero sería “otro”, no el que Pedro quiere para su orden en constante construcción/destrucción.

En este orden de cosas, borrar una línea es una cuestión de responsabilidad y puede suponer atentar contra la geometría del aire o contra el idioma irracional que la mano puede dirigir (o no).

Construir el mundo es tarea paciente, necesita de la paciencia del niño que apila pequeños cubos de plástico para levantar edificios imposibles que, una vez construidos, son reducidos a mera señal en las arenas de la playa, a mera indicación de la fragilidad que a la vertical somete.

Construir el mundo, hablar lenguas muertas, recibir a la luz cada vez de una manera, elegir el paso más cercano, la perpendicular más corta al corazón. Saber que la mano nada es si no pasa antes por esa habitación llena de dudas cambiantes que lleva a la médula.

Cirujano también: Pedro saja, separa, sana, extrae, reconstruye y cose la herida que él mismo infligió a la otra realidad: esa que no le interesa; ésa que es la extraña, la que se coló en la óptica, cuando apuntaba con su objetivo.  A partir de ahí, de la precisión cirujana que tapona la sangre, que coagula el dolor, surgirá otra luz. Y surgirá  como la fosforescencia en las agujas de los despertadores: sólo podrá verse en la oscuridad, en el silencio de las alcobas, en la distancia precisa para que los números no se borren, para que cobre la matemática del tiempo su exacto sentido y dé la hora exacta.

Un mundo construido entre tantos mundos posibles. Un mundo que no puede dejar de ser, porque sin él, el nuestro (nuestro mundo) sería un poco más pobre, un poco más incierto. Un poco más lejano.

Teo Serna. Manzanares, 5 de agosto, 2021.

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