Después de leer las primeras páginas de “Conversación en La Catedral” nos dimos cuenta del truco de Vargas Llosa: La Catedral era un bar. Un bar donde el periodista Zavalita y el zambo Ambrosio daban cuenta el uno a otro de sus vidas y, de paso, le daban un repaso a la historia reciente del Perú. “¿En qué momento se había jodido el Perú?” preguntaba uno de los dos. Eso le podríamos haber preguntado a Agustín, el de Macondo, al hablar del mundo de la noche manzanareña: “¿En qué momento se había jodido Manzanares?” Después de la crisis del 2008 al 2012, la hostelería del pueblo quedó muy tocada y la vida nocturna, más. Sí, es verdad, la despoblación, los jóvenes emigran a la universidad… Pero los jóvenes de Manzanares siempre han ido a la universidad y unos han vuelto y otros no. Muchos se han quedado y siempre hay generaciones nuevas. Cambios de costumbres, tiendas que venden alcohol las veinticuatro las horas del día y el dichoso botellón. Pero Agustín resiste. Cambió de local justo antes del confinamiento (a partir de ahora la historia se dividirá entre “antes del Confinamiento y después del Confinamiento) y ahora nos tomamos con él una Heineken un viernes cualquiera tras la tímida apertura que las autoridades nos regalan antes de Semana Santa.

RECUPERAR LA NOCHE

“Las leyes que han intentado que los jóvenes beban menos alcohol han conseguido justo lo contrario de lo que perseguían” “¿Y eso?” “¡Claro! Hace unos años, cuando la edad legal para la venta de alcohol era de 16 años, los muchachos de esa edad estaban esperando al día en que los cumplieran para poder entrar al bar y tomar unas cervezas. Antes de eso, ni se lo planteaban. Las bebidas alcohólicas se consumían en los bares donde además se bailaba y se hacía vida social. Nunca antes de los 16. Ahora en el botellón encuentras chicos desde los trece años. Nadie controla eso”. Reflexionamos un buen rato sobre este hecho. Efectivamente, beber en un bar era un aprendizaje y había un control social.

–El precio de la bebida funcionaba como límite. Los jóvenes no manejaban mucho dinero y cuando se les acababa, se les acabó la bebida. Ahora con el mismo dinero, comprando una botella en cualquier sitio beben cuatro veces más. Además, los camareros ejercíamos una labor de control. Si alguien iba muy pasado, sobre todo si era jovencito, no le servíamos más. No había drogas, no había coches, no había peleas.

­–También se daba la circunstancia, y más en un pueblo, de que en el bar se mezclaba las generaciones. Tú estabas en el bar junto con tu hermano mayor, tu vecino, el amigo de tus padres… eso hacía que te sintieras vigilado y que no pasaras ciertos límites. Obviamente en el botellón eso no pasa. Definitivamente hay que prohibir el botellón.

–¡Pero si ya está prohibido! ¡No se puede beber en la vía pública!

Nos miramos los tres con cara de circunstancia…

A Agustín también le preocupa el precio de las copas tan barato en algunos locales que no son de copas, a precio de coste: “Es una competencia desleal porque nosotros no servimos comida y sólo vivimos de las copas…”

LOS INICIOS

Hace más de treinta años que Agustín abrió su Macondo. Su figura espigada, su bigote inconfundible, forma parte de la memoria colectiva. Los que lo vemos habitualmente por el pueblo siempre lo vemos igual. Pero que juzguen las fotos.

–Fueron años muy bonitos. Trabajé en el primer discobar del pueblo, bar con ambientación musical: era el Azafrán. Antes no existía nada igual y recuerdo que la gente se sorprendía y, sobre todo, cotilleaba. Me río mucho cuando me acuerdo. Teníamos un escobero y algunos decían que era una habitación clandestina donde entraba la gente a drogarse.

–Debían ser los años ochenta.

–Si en torno a esos años.

–Como si fuera una especie de “movida” manzagata.

–Era lo que tocaba. Luego vinieron otros bares míticos del pueblo. Idea, Macondo, Génesis, Idea Verano, El Pijama y en Membrilla, La Cama.

–¿Génesis?

–¡Sí! Era una terraza. Estaba en el solar que luego fue de Zaguán, que antes fue Idea. Para mi fue un local inolvidable.

–Pero, ¿cuándo llegaste al pueblo?

—Bueno, yo soy del pueblo. Mi madre era de aquí y mi padre de La Solana. Lo que ocurre es que me fui de aquí con un añito. Viví en Plasencia, Agudo, Puertollano… volví con 18 años a trabajar en Santana.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—Al año y medio ya me fui a la hostelería. En el Azafrán al principio sólo ayudaba hasta que poco a poco se fue convirtiendo en mi trabajo. Luego ya vinieron los bares: Génesis y Macondo.

DINAMIZACIÓN CULTURAL

–Lo bueno que tenía la vida nocturna de la época es que era también una forma de dinamización cultural.

–¡No exageres! ¿En qué sentido?

–En mis bares, por ejemplo, se reunían todos los artistas del pueblo: Teo Serna, Patricio, Miguelito, José Legassa, Federico Gallego Ripoll, Juan Patata, Alfonso Carreño… Organizábamos fiestas de disfraces, desfiles…nos lo currábamos mucho. Recuerdo una fiesta mexicana de Coronita en la que traje Mariachis de Madrid, de los que iban con Rocío Dúrcal, ¿eh? –advierte– No era cualquier cosa. En Idea, cada pintor se cogía una pared y hacía unos murales preciosos, en negro, con pintura fosforescente –era la época de los neones–, simulando perspectivas… Recuerdo la fiesta del Bronx o cuando metimos en Idea verano un coche y moros antiguas.

–¿Y la música?

–En la época en la que Macondo estaba en Plaza Santa Cruz y Lope de Vega traíamos mucha música en directo. Ha habido pop, rock, pero también Jazz. Otro año se colaboró con Lazarillo en el FICT. El mundo de la noche no era sólo beber.

–Creo que Macondo ha hecho mucho por el carnaval de Manzanares.

Agustín sonríe con ojos melancólicos…

–¡Jo! Esas fiestas de carnaval han sido irrepetibles. Recuerdo una noche en la que entraron dos máscaras que de ninguna de las maneras logré identificar. Estuvieron toda la noche aquí bromeando con todos, contando historias, bailando. Yo pensé que no eran del pueblo, pero al mismo tiempo me conocían y alternaban con la gente. Unos días después Luis Fernando Carrasco me confeso que eran él y Sara Montiel.

–¿Has conocido a mucho famoseo detrás de la barra de Macondo?

–Bueno, muchos actores que han actuado en Manzanares luego se venían a tomar la copa a Macondo. Y los cantantes que tocaban en la feria luego se dejaban ver en Macondo o en otros bares, como La Chancla… Pero, ¿quieres que te diga cuál es que más me ha emocionado? Gabriel García Márquez.

–¡Anda ya! Te estás quedando con nosotros.

Se ríe, pero al tiempo adopta una actitud desafiante. Se reivindica.

–¡Para nada! Era verano, a las seis de la tarde más o menos en la plaza Santa Cruz. Lo trajo un amigo que trabajaba en una ONG en Colombia y era amigo suyo. Iban camino de Marbella y pararon un momento. ¡Venían con un príncipe indígena! Que pena que no había móviles con cámara y todo eso. Si no, ahí colgada estaría la foto.

–¿Y anécdotas?

–¡Mil! Se me viene a la cabeza una de hace muchos años… una pareja se casaba al día siguiente y habían invitado a sus amigos a tomar unas copas. Entre los amigos estaba el cura, que había venido de otro pueblo a casarlos y estaba de celebración con ellos. En un momento de la noche les dijo “Pero, ¡cómo”! ¿no habéis confesado? ¡Pues ahora mismo!” Y se fue al coche, regresó con una estola, se fueron a un rincón del bar y allí confesó a uno y después a la otra. Ya quedaba muy poca gente. Me resultó muy gracioso.

UN PROYECTO DE DOS…. Y MUCHOS, MUCHOS AMIGOS.

Estamos en medio de la conversación. Paramos para hacer las fotos. Paseo distraídamente por el local escuchando la música. Ahora suena Bad Romance, de Lady Gaga y se me ocurre que Agustín no iba a caer nunca en la tentación de pinchar trap y perreo. Un grupo de clientes fijos, de los de toda la vida, se reparte entre el interior y la terraza. Traspaso la puerta del almacén. En realidad, es lo que queda de la antigua discoteca Barra Central, primeramente Discoteca Don Perico, con su pista, su cabina, sus reservados… hoy se nos antoja como los restos de un barco sumergido a kilómetros de profundidad, como un Titanic rebozado orín, óxido y líquenes, solo frecuentado por besugos silenciosos.

­–No se puede reabrir todo el local completo porque no tenía salida de emergencia.

–Supongo que después de tantos años tendrás muchos recuerdos.

–Tenemos. No olvides que yo sólo soy el 50% de Macondo. El otro cincuenta por ciento es Nati. Ella siempre me ha acompañado. Esta historia ni hubiera existido sin ella.

–Cierto, todo el mundo la conoce. Sois “Nati y Agustín, los de Macondo

–Y muchos, muchos amigos. Algunos ya no están, como Ramón Rodríguez González Nicolás y muchos otros. Pero también Chupi, Laura, Tegüe, Antonio, Beatriz

–¿Apellidos? –no doy abasto a escribir–.

–Ellos saben quienes son.

Nos terminamos la copa. El local se va animando y Agustín ya tiene que atender a más clientes. La entrevista se ha acabado. “Una última cosa. Si tuvieras que resumir en una frase la historia de este bar, ¿cómo la resumirías?” “Me lo has puesto fácil; con la cita de Gabriel García Márquez: «Macondo, más que un lugar en el mundo, es un estado de ánimo».

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