Concepción Moya García y Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil

El 11 de noviembre de 1910 tuvo lugar un nuevo suceso sangriento en Manzanares, cuando Ramón Clemente Casado abrió fuego contra una pareja de guardias civiles, matando a uno e hiriendo al otro, tras lo cual inició una larga huida al ser perseguido por decenas de guardias. Su perfecto conocimiento del terreno y astucia para escapar del cerco al que le sometieron, alargó la fuga durante 15 días, concluyendo con su entrega a las autoridades. El seguimiento exhaustivo de la prensa de todo el país, lo convirtieron en una leyenda, llegando a ser catalogado como el “último bandido”.

     Para buscar las causas del suceso, hay que retrotraerse en el tiempo. Ramón Clemente Casado, apodado “Uñas”, era un joven de 22 años, soltero, pequeño de estatura, delgado y moreno, que se dedicaba a la caza furtiva desde los 12 años, acompañando a su padre, con el objeto de alimentar a su humilde familia. Dos años antes del suceso fue sorprendido por dos guardias, uno de ellos conocido como Maroto, cuando estaba cazando pájaros, los cuales le golpearon hasta que entregó la escopeta. Un segundo incidente tuvo lugar el 8 de septiembre de 1910, durante la feria, cuando estaba cazando junto con Antonio Vázquez en “El Cuartillo”. Fueron descubiertos por dos guardias civiles a caballo, Antonio Hornero y Patricio Morales, que los persiguieron y tras capturarlos, los abofetearon y les dieron varias patadas, que le provocaron a Ramón la rotura de un oído y la descomposición del muslo, causándole una cojera que le duró dos meses. Fue atendido por el curandero Eugenio Calleja, debiendo prestarle Felipe López Cano una burra, para que pudiera desplazarse.

     En noviembre fue condenado por el Juzgado Municipal a 20 días de arresto, por sus actividades furtivas, denunciadas por un guarda de la finca de “La Mancha”, enviando a un alguacil para darle a conocer la pena y conminarle a que se presentase en el Juzgado. Ante su negativa y actitud amenazante, el empleado solicitó la presencia de la guardia civil para que le acompañara. A las 6 de la tarde del 11 de noviembre, la pareja formada por el cabo Juan Ramírez y el guardia Antonio Hornero, junto a Servando Fernández Muñoz, se presentaron en casa de Ramón, para conducirlo ante el juez. Pero Ramón al verlos llegar huyó, por lo que tras un infructuoso registro, regresaron al centro de la población sin él.

     El prófugo saltó las tapias del corral de su casa y se dirigió hacia el camino de la Cruz que debían seguir los guardias, escondiéndose en la tapia de la era de Capilla. Al llegar la pareja, el fugado efectuó dos disparos de postas hiriendo mortalmente a Hornero, el cual falleció horas después, y levemente a Ramírez. Los guardias dispararon infructuosamente sobre el atacante, que tras realizar los disparos, saltó al extremo de la pedriza, dándose a la fuga por el campo.

     Los heridos fueron auxiliados por los vecinos de las casas próximas que salieron al oír las detonaciones y atendidos por el personal de la Cruz Roja que llegó poco después junto con el médico, el Dr. Roncero. Hornero fue trasladado en camilla al hospital, donde falleció a las cuatro de la mañana, mientras que su compañero se desplazó por su propio pie, al ser leves las heridas. Ramón Hornero era natural de Almagro, tenía 31 años y dejaba a su viuda embarazada y con tres hijos. Fue enterrado a las cuatro de la tarde, presidiendo la ceremonia el teniente coronel jefe de la Guardia Civil, un comandante de zona, el alcalde, el juez de instrucción y el municipal, junto a varios concejales. El cabo Ramírez estuvo en tratamiento 15 días, recuperándose plenamente de sus heridas[1].

     A partir de ese momento se llevó a cabo una larga e infructuosa persecución. El teniente coronel jefe de la Benemérita en la provincia se dirigió a Manzanares para coordinar la operación, donde fueron encaminados todos los guardias civiles disponibles para participar en ella. La prensa de todo el país se dedicó a magnificar sus hazañas tachándolo de bandido o bandolero. Las informaciones indicaban que había herido a un guardia del campo en el brazo diciéndole “no te mato, pero te dejo manco”, cuando solamente lo desarmó, poniendo en su boca declaraciones como: “catorce cartuchos me quedan, trece son para los guardias y uno para mi”, e incluso algunas informaciones lo situaban en la sierra de Alcaraz o en la aldea de El Salobral, cuando no salió de los alrededores de Manzanares.

     Ramón tras el tiroteo huyó hasta el corral de “la Retamosa”, donde un vecino de Daimiel le dio de cenar. El día siguiente estuvo merodeando por los alrededores de Manzanares, encontrándose con un pastor que le aconsejó entregarse a las fuerzas del orden. Después cenó y pernoctó en la casa de Filiberto Lozano, de la que salió el 13 por la mañana, día en el que no se cruzó con nadie, eludiendo el operativo montado por los guardias civiles para su persecución.

     El 14 se refugió en un chozo de pastor, donde sorprendió a los guardias de campo León Gutiérrez y Francisco Córdoba, que estaban al servicio del ayuntamiento de Daimiel, cuando iban a penetrar en él. Les obligó a entregar sus armas y municiones, manifestándoles a continuación “que no se mataba, porque quería defender su vida matando”. Después, les conminó a que se marcharan de allí.

     Los guardias informaron de estos hechos a las fuerzas de la guardia civil, que montaron un operativo con quince parejas al mando del capitán Herrera y del teniente Alderete, reforzados con guardias de campo, consiguiendo localizar al prófugo en la corraliza de “la Retamosa”, cercándola para evitar su huida. Tras ello se produjo un intenso tiroteo entre Ramón y sus perseguidores, en el que el primero procuró limitar el uso de las municiones. Los guardias ante el riesgo que suponía asaltar el corral a campo abierto, más teniendo en cuenta que Ramón se encontraba atrincherado y era un experto tirador, decidieron esperar la llegada de la noche.

     La acción más audaz de Ramón fue la que realizó a continuación, pues al sentirse acorralado dio muestras de gran astucia, escapando de un cerco en el que participaban unos cuarenta hombres. Armó un pelele con dos palos y sus ropas, colocándole una de las carabinas que había sustraído a los guardias jurados, y lo dejó junto a una tapia a la vista de sus perseguidores. Al verlo, los guardias se acercaron y abrieron fuego contra él, tras lo cual el capitán Herrera, el teniente Alderete y el guardia de campo Hilario Vallejo, se dirigieron al galope al corral, donde solo vieron el muñeco dejado por Ramón. Éste vestido con su ropa interior y una americana, junto con la escopeta, eludió el cerco aprovechando la confusión y la oscuridad, pasando incluso al lado de un guardia de caballería que no lo vio. En el fracasado asalto resultó herido leve el guardia Vallejo, al ser confundido con el prófugo[2].

 


[1] El Imparcial, 13 y 15 de noviembre de 1910; La Mañana, La Época, El Liberal, El Siglo Futuro y El Día de Madrid, 15 de noviembre de 1910; Diario de la Mancha y El Correo Español, 16 de noviembre de 1910; Heraldo Militar, 18 de noviembre de 1910; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911.

[2] Diario de la Mancha, 16 de noviembre de 1910; El Día de Madrid, 16 y 19 de noviembre de 1910; El País, 16 de noviembre de 1910; El Imparcial, 17 de noviembre de 1910.

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