Por Concepción Moya García y Carlos Fernández-Pacheco Sánchez-Gil

Tras eludir el cerco se escondió en el Herrador donde durmió. Aunque la prensa informó que la mañana siguiente Ramón se había encontrado con un pastor y su madre que se dirigían a Manzanares, y le había robado al muchacho la ropa para vestirse, en realidad durante la madrugada se presentó en la “Casa de Cantó” donde se encontró con Juan Taravilla, Sebastián López y otro paisano apellidado Sánchez, los cuales le facilitaron ropa y comida. Al marcharse para evitar problemas a sus benefactores, les dijo que cerraran la puerta y no miraran por dónde se iba. Durante el resto del día estuvo recorriendo los campos, procurando evitar a sus perseguidores.

El día 16 se escondió en la noria “del buen agua”, y por la noche disfrazado de mendigo, entró en las calles de Manzanares y fue a una casilla de la vía, donde vivía su novia Dolores Lujan. Ella, tras hablar con él, le pidió que se marchara al no estar su padre en la casa. La noche siguiente volvió a recorrer las calles del pueblo, en este caso disfrazado de mujer.

Entre el 18 y el 20 de noviembre estuvo deambulando por el campo, recorriendo el monte de la Mancha, Madara y el Torreón, durmiendo en una cueva situada cerca de este último lugar. El 21 se presentó en la finca de Rogeros y el día siguiente en Madara, donde los jornaleros y gañanes del campo le dieron de comer así como papel de fumar. El 23 llegó a la finca de Tomé, en la que Apolonio Granados le facilitó comida, marchándose a la media hora. Ese mismo día, el dueño de la finca, Gabriel Criado Romero, se trasladó a Manzanares, para informar a Francisca, la madre de Ramón, que lo había visto y se encontraba bien, entregándole ésta un pedazo de tocino y unas cajetillas de tabaco para su hijo1.

Ante el fracaso del operativo para capturar al prófugo y la sospecha de que se encontraba en las proximidades de Manzanares, y era ayudado por su familia, amigos y trabajadores de la zona, el teniente coronel Enrique López Millán, jefe de la comandancia, se entrevistó con el alcalde Antonio Rubio y le pidió que negociara con sus padres y amigos una posible entrega.

El padre de Ramón, al tener conocimiento de que su hijo acudía a la casa de campo de Tomé, se trasladó a ella con el objeto de convencerlo para que terminara con su huida. Ramón manifestó su deseo de entregarse a las autoridades, pero tenía miedo de que le pegaran o torturaran, convenciéndole para que lo hiciera ante el alcalde, el cual garantizaba que no sería maltratado.

La noche del 25 se presentó en la finca a las doce de la noche, cenó con la familia del dueño, acostándose a continuación. A la mañana siguiente, Gabriel Criado lo escondió entre sacos de patatas en un carro de su propiedad, y acompañado por su padre, se dirigieron al ayuntamiento, donde Ramón se entregó a dos alguaciles que había en la puerta, los cuales lo llevaron ante el alcalde, que lo acompañó personalmente hasta la guardia civil. El detenido fue tranquilamente por las calles de Manzanares sin necesidad de ir esposado, siendo trasladado con posterioridad a la cárcel de partido.

Las circunstancias del suceso y su larga huida crearon una corriente de simpatía en Manzanares hacia Ramón Clemente, y aunque reprobaban la muerte del guardia civil, pedían clemencia para él, al imaginar que sería condenado a muerte. El 29 de noviembre, tres días después de su entrega, el alcalde convocó una reunión de los concejales, mayores contribuyentes y “personas de valía” acordando la formación de una comisión formada por él mismo, el diputado provincial Ángel García Noblejas, Joaquín Sánchez Cantalejo y el párroco Inocente Hervás, para trasladarse a Madrid, donde en compañía del diputado de distrito, el conde de Casa Valiente y el senador Muñoz Jarava, solicitar al presidente del Gobierno, al ministro de Guerra y al presidente del Congreso que si el recluso fuera condenado a muerte, influyeran para que le fuera conmutada la pena por la inmediata inferior2.

Al haber matado a un guardia civil, el juez de Manzanares se inhibió, y el caso pasó a la jurisdicción militar, por lo que el 26 de enero fue trasladado a la prisión de Ciudad Real, donde se celebraría el consejo de guerra. El 16 de mayo de 1911, a las nueve de la mañana en el Cuartel de la Misericordia, se constituyó el tribunal que había de juzgarlo, formado por el teniente coronel Juan Cervera Perojo como presidente, el capitán Jacinto Pérez de Hoz de juez de actuaciones, el teniente auditor Manuel Fernández Callepaja de asesor y los vocales Baldomero Calfuentes, Celso Guelbenzo, Jesús Martínez, Arturo de Arigoncedo, José Ruiz y Cándido Soto. El fiscal fue Julián Gómez Díaz y el abogado defensor, el capitán Alfonso Martínez Campos.

La expectación del juicio hizo que la sala estuviera totalmente llena, así como las habitaciones inmediatas y las galerías exteriores del cuartel, sobre todo de gente humilde. El procesado se mostró sereno e incluso ajeno en la sala. Los hechos fueron relatados siguiendo las diligencias realizadas por el Juzgado instructor, y al tratarse de un juicio militar no se interrogó a los testigos, sino que se procedió a la lectura de las declaraciones contenidas en el sumario que relataban la odisea de Ramón durante su huida, incidiendo la mayoría de ellas en el hecho de que habían dado alojamiento y comida al acusado de forma voluntaria, no ejerciendo éste la fuerza en ningún momento. Otro detalle que relataron los testigos, fueron los malos tratos y las palizas que recibió Ramón de la guardia civil y en especial de Hornero, cuando fue detenido por practicar la caza furtiva en varias ocasiones, así como las lesiones que sufrió como consecuencia de ellas.

Ramón, en su declaración, había alegado que no se presentó a las autoridades al ser requerido porque temía que lo llevaran al cuartel de la guardia civil en lugar de a la cárcel. Cuando vio llegar a la pareja temió que vinieran a matarlo, pues Hornero le había amenazado de muerte en la última ocasión que lo detuvo, por lo que tomó la escopeta y realizó dos disparos contra él, no explicándose como pudo herir al cabo Ramírez. Finalmente, indicó que se entregó al alcalde, porque no quería verse en la necesidad de matar a más padres de familia.

El fiscal calificó en sus conclusiones el hecho como maltrato de obra a la fuerza armada, con el resultado de un muerto y un herido, con las circunstancias agravantes de nocturnidad, ejecutar el hecho en un descampado, huida al campo y desarme de guardias jurados, solicitando la pena de muerte. El abogado defensor justificó su actuación por el miedo insuperable, su ineducación y los prejuicios que en él habían arraigado contra la guardia civil, presentándolo como un muchacho montaraz y falto de educación, pero bueno y honrado que no frecuentaba las tabernas ni los malos ambientes. También destacó que había sido maltratado en varias ocasiones, que la escopeta estuviera cargada con postas “como para ir de caza de animales y no de hombres”, y que al ocurrir los hechos a las seis de la tarde se excluía la circunstancia de nocturnidad3.


1 El Día de Madrid, 18, 19 y 25 de noviembre de 1910; La Correspondencia Militar, 18 de noviembre de 1910; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911.

2 La Época, 26 y 27 de noviembre, 3 de diciembre de 1910; El Liberal, 27 de noviembre de 1910; La Mañana, 28 de noviembre de 1911; El Día de Madrid, 28 y 30 de noviembre de 1910; El Globo, 3 de diciembre de 1910; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911.

3 La Época, 27 de enero de 1911; El Pueblo Manchego, 16 de mayo de 1911; La Mañana, 18 de mayo de 1911; La Época, 19 de mayo de 1911.

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