Pablo Nieto-Sandoval Gutiérrez

Jorge Manrique, uno de los grandes autores de la historia de la literatura española, pasó a la historia por la utilización de un molde estrófico novedoso y característico para la realización de las Coplas a la muerte de su padre, una de las cumbres de las letras hispanas. Este molde consistía en la repetición dos versos de ocho sílabas y uno de cuatro; a este último se lo conoce como verso de pie quebrado y simboliza la ruptura de la vida (o lo que es lo mismo: la muerte).

Lo que los estudiantes —en todos los niveles del sistema— hemos vivido este año es un auténtico curso de pie quebrado: lo que empezó con ilusión y ganas se truncó de golpe con la llegada de la COVID-19.  Esto, por supuesto, es extrapolable a un servidor, que en septiembre del año pasado comenzó sus estudios de Filología Moderna en la Universidad.

Comenzar una nueva aventura —escribir un nuevo poema— es siempre algo interesante. Durante meses, con los estudios, con los compañeros, con las actividades, con los viajes…, todo —y todos— parecíamos fluir como las aguas del río de Heráclito un año más. Nadie pensaba que, tras los dos primeros versos, llegaba un tercero mucho más corto. El placer, la alegría, se esfumó tan rápido como llegó, de improviso, fugaz.

Esto fue lo que pasó en marzo. Los rumores del impacto de la enfermedad que iban llegando no perturbaban demasiado nuestro tranquilo devenir; nadie daba una importancia excesiva a un virus que, semanas antes del colapso, tildábamos, al igual que nuestros compañeros estudiantes de salud, de “gripe rara”. Que el verso se truncara fue, por tanto, aún más dramático. Se suspendieron las clases y se nos confinó en casa casi sin tiempo para recoger algunos de nuestros enseres. Los tres meses que pasaron nos enseñaron a valorar lo que tuvimos y a soñar con recuperarlo, a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que aquel que vivíamos.

Ahora parece que vuelve la normalidad. Despacio, el poeta que escribe nuestro poema esboza un nuevo verso de ocho sílabas, un verso de vida, de cambio, de esperanza. Merece la pena vivirlo, merece la pena luchar por recuperar lo que la pandemia nos quitó, pero siempre sin olvidar que, tras dos versos de ocho, viene el de cuatro con todo lo malo que tiene cortar de raíz las ilusiones que nos hemos hecho. ¡Carpe diem!

 

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