Por Silvia Gordillo de la Cruz

 

Este octubre de 2020 hará treinta y cinco años desde que, por cuestiones familiares, me trasladé de Manzanares a Madrid.

Me subieron en uno de aquellos Intercity amarillo y marrón (los “platanitos”) con mi madre. Tenía diez años y dejaba atrás mi Colegio Altagracia, mi Parroquia de Altagracia, y quedaban en las vías muchas cosas de mi incipiente vida.

Para mi Madrid era la ciudad donde vivía mi yaya, la de la Cabalgata de Reyes con camellos de verdad, los autobuses azules (después rojos y de nuevo azules), el Metro, la cafetería de El Corte Ingles, el zoo…

En Madrid todo era grande. Si en Manzanares ibas a cualquier sitio andando, yo, los primeros días de clase, tenía que coger un tren que, además, no iba al aire libre, sino por túneles.

Incluso llegando a un cole nuevo y teniendo que hacerte a los compañeros de clase, Madrid me acogió de maravilla. Nunca me sentí forastera. Pasé de vivir en una casa desde dónde veía el Parterre y las carteleras, a otra donde los edificios eran todos de ladrillo y jardines entre medias, con sus praderitas de césped que recordaban a los de algunas vacaciones en la playa.

Crecí, y volvía a Manzanares, primero con mis padres y luego, más mayor, según mis apetencias.

En Manzanares recuperé amigas del coro de Altagracia, que ya adolescentes, habían ampliado su pandilla y en la que me incluyeron sin alboroto. Era gracioso, porque pasé a ser “Silvia, la de Madrid”, y tampoco así me sentía forastera en mi pueblo.

Y dirán ustedes que a qué viene toda esta reflexión. Por ser mi primera colaboración en esta querida revista, que lleva entrando en casa tantos años, quería que supieran un poco de mí.

Curiosamente mi madre, que tanto disfrutaba leyéndola, porque a ella “tan de Madrid” le encantaba seguir unida al pueblo donde vivió trece años, no va a poder leerla. Porque en estos meses tan raros, se nos ha marchado. Bueno, creo que con estas moderneces del siglo XXI, quizás llegue este ejemplar al cielo de las madres y disfrute leyéndome.

Les decía que se preguntarán por esta reflexión. Pues viene a un concepto, que con esto de la COVID (aún no sé si masculino o femenina), se ha desarrollado en cierto imaginario común: la “madrileñofobia”.

Si no les suena, les explicaré un poco en qué consiste. Se trata de cierto reparo que han manifestado en algunas zonas de nuestro país a la llegada de visitantes madrileños, ya que, por venir de una zona donde el virus ha tenido mayor número de casos, se les considera de alguna forma peligrosos.

El miedo, suele decirse, es libre. Pero no creo que el problema de esta pandemia sean quienes desde Madrid llegan a otras zonas. Se solucionaría levantando una valla en el límite provincial o teniendo que lucir en el brazo un parche con el oso y el madroño una vez que se pasara el Tajo en Aranjuez, el túnel de Guadarrama, el puerto de Somosierra….

Según el índice de incidencia acumulada de la enfermedad en España, Madrid ni encabeza ni ha encabezado rankings de casos porcentuales. Sí de totales, pero porque hay más población. Pero en este agosto, provincias como Burgos, Cuenca o Ávila doblan el índice.

Será en septiembre, en octubre, o el año próximo, pero Madrid volverá a ser tierra de acogida de estudiantes, trabajadores buscando oportunidades o cualquier otro motivo.

Y entonces, no preguntarán de dónde eres, como nadie lo ha hecho conmigo en estos treinta y cinco años. Porque se sabe que uno es de donde nace y, según el sabio refranero, también de donde se pace. Y si los de Bilbao nacen donde quieren, los de Madrid, o Manzanares, también.

Abandonemos esos sentimientos. Pensemos que de esta saldremos juntos, no por quienes nos gobiernan. Se hará como siempre ha hecho este país: ignorando el DNI y arrimando el hombro.

 

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