Juan Miguel Contreras

“Canciones de cuna y de rabia”

Tema: “Quiero caer en un letargo y dejar mi destino en tus manos. No quiero saber si dejo rastro ni a dónde conducen mis pasos. Canciones de cuna y de rabia se mezclan en la madrugada… en mi cabeza rugen tormentas imaginarias”. Estos versos resonaron en mi coche mientras volvía a casa después de terminar la jornada de uno de mis últimos trabajos. No voy a decir cual; tampoco creo que importe. El otoño de 2017 se estaba volviendo demasiado frío para no haber terminado octubre. Hacía algunos meses que había terminado una novela, la historia de un hombre zarandeado por su pasado, por el momento histórico que le ha tocado vivir, por sus amigos, sus hijos, su pareja y la memoria de su relación, golpeado por un pasado sin cicatrizar, un futuro implacable y por un presente rancio y tormentoso.

Un libro en el que llevaba trabajando varios años y que en esos momentos, mientras reprimía las ganas de pisar el acelerador y poder llegar antes a casa, estaba librando su guerra particular buscando editor. Alguna respuesta había recibido, esperanzadora y que invitaba a imaginar cosas, pero ninguna fructificó. Aquellos días dilataba el momento de asumir esa nueva y conocida derrota (“colección de rechazos”) para no afrontar el hecho de que tenía un manuscrito de más de 600 páginas al que tenía que volver a enfrentarme y, de alguna manera, reescribir de nuevo. Eso en el mundo editorial se llama trabajo de edición, pero yo lo supe después, cuando Pilar Gómez y Andrés Sorel (responsables últimos de que este libro haya visto la luz) me obligaron a hacerlo, a solas, como es la escritura, sin red ni guía, como esas cosas que nadie cree que se deban enseñar pero que forman parte del proceso.

Este libro surge del convencimiento de que todos nosotros no sólo compartimos historias que nos contamos unos a otros, sino que somos historias, y que todos pasamos por las mismas cosas. Lo especial y único no existe; empezamos escribiendo buscando lo especial y descubrimos que solo merece la pena reflejar lo común, así que como escritor tenía que mojarme, tomar partido y pertrecharme con las armas debidas, las palabras.

Escribir para comprender. No hay más. Contarlo todo sin importar si la pistola de Chejov aparece en el capítulo tres y nunca se usa. Contar como Tolstoi que todas las familias felices se parecen y que las desgraciadas lo son cada una a su manera, pero ambas son algo y hay que ver por qué. La memoria como reconocimiento, como descubrimiento. Pero la memoria también es interrupción, final de proceso. Que el perdón y la reconciliación aparezcan después de todo es algo que no puedo asegurar, ni siquiera como autor.

Coda: Aquella noche, escuchando esa canción escrita por José Ignacio Lapido, me agarré a sus versos como si fuesen el timón de una barca algo cochambrosa que debía conducir hasta un amarre firme donde dejarla descansar. Encontré el título que necesitaba cuando la novela-casa estaba hecha, y descubrí que sólo escrita podía tirarla abajo y rehacerla de nuevo. Es lo menos que podía hacer por unos personajes que buscaban su lugar en un mundo que también es el mío, el nuestro.

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