Por Silvia Gordillo de la Cruz

Hemos empezado el año y seguramente a muchas casas hayan llegado muñecas para las niñas y balones para los niños. También habrán llegado muñecos para los niños y balones para las niñas. Cada uno habrá puesto en su carta a los Reyes Magos lo que más deseaban.

Digo esto porque parece que hoy hay que forzar a los niños a cambiar sus roles y con ello sus deseos. Está casi mal visto que una niña se decante por un vestido rosa o que un niño sea bruto jugando en el patio del cole. Se les hace creer que deben experimentar, lo cual es fabuloso, pero cuando desvelan sus pulsiones se les intenta, en algunos casos, reorientar para que sean más o menos sensibles, dependiendo de no se sabe qué.

De chiquitita me gustaban más los juegos tradicionalmente de “niños”. Las muñecas me parecían aburridas, y lo más que me acercaba a ellas era para pintarles la cara a las que mi hermana mayor cuidaba con esmero. Si acaso, alguna Barriguitas, que me sorprendían por sus diferencias, pues las había negras, orientales… En cualquier caso, prefería los Madelman, jugar al destornillador en los areneros frente a casa o al frontón en la tapia de Altagracia con mis amigos del cole. Bueno, y jugar con todos los cliks de Famobil (hoy Playmobil, todo cambia) que tenía mi amiga Lidia en aquella enorme habitación de su casa.

Quizás por eso, siempre me atrajeron las cosas que se construían. Desde pequeña me apasionaron los aviones, y mi sueño siempre fue trabajar en algo relacionado con la aeronáutica. Lo de ser piloto, por mi hipermetropía y astigmatismo, nunca fue una opción. Y aquella Ingeniería tenía unas notas muy altas en la época, así que tampoco pudo ser.

Y me decanté por otra rama similar, la arquitectura, y estudié para ser aparejadora. Luego completé otra ingeniería y añadí la sociología a mi curriculum académico.

Y en todas esas decisiones de juegos y carreras profesionales nadie, absolutamente nadie, me dijo que, por ser niña, estaba mal visto. De hecho, hoy me puedo montar un mueble de Ikea sin ayuda. Y eso no está mal visto, sino que da cierta envidia, ¿o no?

Lo digo porque llevo un tiempo oyendo hablar de fomentar en las niñas el que elijan carreras profesionales de las denominadas STEM (acrónimo en inglés de Science, Technology, Engineering and Mathematics) e incluso se ha llegado a plantear la posibilidad de aplicar la gratuidad en los primeros cursos de las mismas para las mujeres que las elijan como opción de formación académica.

De hecho, a finales de octubre la Reina Letizia recibió a representantes de la Cátedra STEM que ha creado la Universidad de Comillas, para, según se define, “fomentar las vocaciones STEM en las niñas y jóvenes”

Sé que, si hace 27 años, cuando iba a iniciar mis estudios universitarios, alguien me hubiera dicho que sí, por ejemplo, me matriculaba en Medicina (con todos mis respetos para tan excelsa titulación), me pagaban el primer año de carrera, les hubiera dicho que no. Por qué no me atrae, no tengo vocación y hasta hace poco no podía ver como una aguja atravesaba la piel.

Dejemos que las niñas, pero también los niños, exploren, experimenten y elijan. Pero respetemos sus elecciones. No forcemos situaciones que no son naturales, solo por el hecho de lograr cuotas.

Y ya de paso reflexionemos sobre porqué esta sociedad, que se pretende la más progresista y avanzada, se esfuerza por inventar tantas etiquetas. A veces lo natural es lo más sencillo. Y lo más moderno.

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