Jesús Sánchez Migallón

La evolución que haya tomado la epidemia de coronavirus desde el día 20 de febrero que se entrega este escrito, hasta  marzo en que la REVISTA SIEMBRA llegue a sus manos, es imprevisible, desde que las medidas tomadas en China hayan sido efectivas y se produzca un descenso muy lento (nunca será de forma rápida) de los contagios y la desaparición de los casos que se están declarado en el resto del mundo, o por el contrario, que la epidemia siga un curso no controlable y se continúe extendiendo como lo hacen las olas de un lago en calma cuando tiramos una piedra.

Los coronavirus son una gran familia de virus que habitualmente afectan solo a los animales,

Algunos de ellos tienen la capacidad de trasmitirse de los animales a las personas, produciendo cuadros clínicos que van desde un resfriado común con tos, dificultad para respirar, fiebre y malestar general, hasta casos más graves produciendo neumonías, insuficiencia respiratoria severa, insuficiencia renal y llegar a la muerte, como ocurre con el actual coronavirus.

La trasmisión inicial se produjo desde animales infectados, y a partir de ello, se contagia de persona a persona por contacto directo de las secreciones respiratorias, la tos y estornudos, pareciendo poco probable, la trasmisión por el aire a distancias mayores de uno o dos metros.

Esta es la última epidemia. ¿Pero cuál es la primera de la que se tiene conocimiento? Fue la Peste de Atenas, en el siglo V a.C. en la que falleció una tercera parte de los habitantes de Grecia y cuyo origen fue un barco procedente de Etiopia.

Luego vendría la epidemia de Peste de Justiniano, en el siglo VI, que duro nada más y nada menos que 60 años, falleciendo unos 50 millones de personas. Solo en Constantinopla morían diariamente unas 10.000.

En el siglo XIV, una epidemia de Peste Bubónica asoló Europa, considerándose que su origen estaba en China (¡que coincidencia!) y traída por unos comerciantes genoveses.

Otra epidemia curiosa, la sífilis, enfermedad venérea por antonomasia, causó estragos en Europa, hay teorías de que la trajo Colón tras su descubrimiento, otras que ya existía en la vieja Europa.

En 1918 la mal llamada gripe española (España fue el único país que la reconoció, por estar Europa inmersa en la primera guerra mundial) y cuyo origen estaba en EEUU, mató a 40 millones de personas.

No podemos olvidar en este relato la epidemia de Legionella padecida en Manzanares en 2015 con la peculiaridad, que fue la que tuvo la tasa de más infectados por mil habitantes y la de menos mortalidad de las conocidas hasta ahora.

En su prevención todas estas enfermedades tienen algo en común, El aislamiento, que es apartar al enfermo (el que ya tiene síntomas de la enfermedad) del resto de la población. Y la cuarentena, nombre, cuyo origen está en los cuarenta días después del parto, y que en tiempos remotos se consideraba a la mujer impura y no se podía tener contacto con ella. O en los cuarenta días que Jesucristo pasó en el desierto. A diferencia del aislamiento, la cuarentena se impone a la persona sana, en el coronavirus, se estableció inicialmente en 14 días, pero últimamente se están ampliando a 21.

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