De todas las visitas que he hecho a Logroño, me atrevería a decir que solo tienen una cosa en común. Por lo demás, nada que ver. Absolutamente nada.

La primera vez que conocí la capital riojana me adentré en la ciudad a pie por el Puente de Piedra sobre el Ebro. Agotado, sucio y hambriento. Esto es lo que tiene ser peregrino del Camino de Santiago en pleno mes de agosto. Duchita reparadora en el albergue de turno, ropa limpia y a devorar una tapa tras otra empezando por la célebre calle Laurel y terminando por la no menos conocida calle San Juan. Patatas a la riojana, caparrones con sus sacramentos o pimientos rellenos. Cada tapa con su vino tempranillo, claro está, hay que respetar las costumbres locales. Siesta merecida y a seguir pateando el casco histórico. No faltó aquella vez un rato para contemplar el esplendor renacentista de la Concatedral de Santa María, con sus armoniosas torres barrocas y un precioso retablo tallado en piedra en la fachada occidental. Aunque para disfrutar del sosiego que exige el peregrino, me quedo sin duda con la iglesia de San Bartolomé, la más antigua de Logroño. Románico y gótico al servicio de quien busca un rato de recogimiento antes de volver al dormitorio compartido con los ronquidos de un puñado de caminantes.

La segunda vez que me hospedé en Logroño fue para hacerle justicia a la ciudad y su comarca, pues bien se merecían una visita más pausada. Ilusionado, relajado y expectante. Esto es lo que tiene ir de turista en unos días de puente. Hotel a dos pasos del Espolón, el parque por antonomasia de los foráneos, y desde ahí a recorrer con calma las calles, a descubrir el Museo Provincial, la Casa de las Ciencias, la muralla del Revellín o hasta el Mercado de San Blas. Todo ello con el bullicio de una capital animada y que te hace sentir a gusto. Aunque había que reservar un par de días para hacer incursiones por la provincia. Si se va de turista, se va de turista. ¡Cómo no acercarse a los Monasterios de Yuso (el de abajo, el conocido como “El Escorial de la Rioja”) y el de Suso (el de arriba, donde el eremita San Millán se fue a retirar), dejándose atrapar por el encanto de los escritorios donde se compusieron las Glosas Emilianenses, verdadero germen escrito de nuestra lengua castellana! ¡Cómo no visitar Santa Domingo de la Calzada, y rememorar en su catedral el milagro de la gallina que cantó después de asada fotografiando el gallinero que alberga entre sus muros! ¡Cómo no conducir hasta Nájera y dejarse seducir por su impresionante Monasterio de Santa María la Real! Cultura, arte, naturaleza e historia en perfecta simbiosis. Y vuelta al hotelito de Logroño como buen turista que se precie.

La tercera vez que visité Logroño fue para dar rienda suelta a otra de las pasiones que desde hace ya algún tiempo me tiene cautivado: el mundo del vino. Estirado, refinado y exigente. Esto es lo que tiene ir de esnob dejándose caer por un puñado de bodegas y sitios de moda. Esta vez ni albergue de peregrinos ni hotelito por el Espolón en la capital, sino el Hotel Viura en Villabuena de Álava, el pueblo con 43 bodegas para 300 habitantes (más caro, eso sí, pero la ocasión lo merecía, y además después de ver las fotos de este hotel no puedes resistirte a su encanto). No hay mejor sitio para comenzar el recorrido por un rosario de bodegas, desde las impresionantes Marques de Riscál o Ysios, con una arquitectura que quita el hipo, a las más tradicionales como Muga o López de Heredia. Toda una experiencia, que resultará completa al visitar el apabullante museo de la cultura del vino de la bodega Dinastía Vivanco. Totalmente imprescindible en este mundillo del vino. Y para rematar esta escapada, había que ir a comer donde hay que ir a comer por estos lares. Esto es, a “El Portal del Echaurren”, en el encantador pueblo de Ezcaray, que con sus dos estrellas Michelín te ofrece desde las mejores croquetas que he probado hasta unos emplatados que te dejan sin palabras.

De todas las visitas que he hecho a Logroño, me atrevería a decir que solo tienen una cosa en común. Y es que siempre que me acabo el último sorbo de la última copa de sus preciados vinos, me hago el firme propósito de volver a disfrutar por estas tierras riojanas.

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